Prosiguiendo con el rico relato de Nuria, quiero deciros que luego de que nos hubimos separado en Cretas, frente a la panadería medieval que aún en estos días cuece mediante un gran horno de leña y donde los manjares degustados nos hicieron sentir como priviligiados de la vida, Jesús Avila, su esposa, su hijo, esposa y nieta, consuegros, un par de amigos y quien escribe, proseguimos viaje hacia Valderrobres. Se había constituido una caravana de cuatro automóviles para ser exacta, habiendo regresado a sus hogares parte del grupo, esto es dos matrimonios y sus dos respectivos medios de locomoción.
Pese al avanzado atardecer, fotografié cuanto pude en Cretas, una vez abandonada la panadería donde la fabricación artesanal tiene como clientes a media comarca y visitantes de diversas ciudades, Barcelona incluida.
Como nefasto recuerdo de la época de Felipe II, se yergue aún emplazada en la plaza principal como un recuerdo de lo que debió ser, un monolito de piedra, no recuerdo qué nombre se le da, donde se ataban y laceraban a los sediciosos que se manifestaban en contra del régimen o que eran castigados por diversos delitos de cualquier índole. La era de Felipe podría calificarse como :" A Dios amando y con el mazo dando ", de acuerdo a lo que llevo leido de este rey con escasa piedad, quien tampoco fue un santo como lo pretendió hacer creer.
En síntesis, Cretas y sus callejas y los portales de acceso y salida hacia sus barriada extramuros, me fascinó.
Llegamos ya de noche a Valderrobres, derecho a visitar a don Octavio Serret, librero emblemático de la ciudad y aledaños, a cuya tienda acuden a comprar literatura de todos los rincones inimaginables.
Luego de intercambiar los saludos de reigor con este señor, con quien tengo el privilegio de comunicarme de tanto en tanto, y hacerle ver de la alegría que sentía de conocerle, adquirí allí dos libros de Jesús Avila que aún no había leido y don Octavio me obsequió un tercero.
Al salir, no pude a menos que comentarle a Jesús y esposa lo siguiente: "Esta tienda de libros es na mina de oro". Jamás en los años que llevo vividos, observé entrar y salir tanta gente de una librería, y todos ellos comprando de acuerdo a las sugerencias de su dueño. Esto nos muestra que, a los amantes de la lectura no nos paran ni las crisis, y si tenemos una atención personalizada, tanto más. Este parece ser la clave del éxito de Serret Libros.
Tomadas unas cuantas fotografías en el sitio con su dueño, nos fuimos hacia el hotel. "Il Castel", situado en el casco antiguo de la ciudad, a metros de la catedral y frente a uno de los lados de su antiguo cementerio, que resultó ser una casona antigua de tres plantas, completamente reciclada dentro de los parámetros del buen gusto y distinción. Allí, sus propietarias en persona nos brindaron calurosa hospitalidad y más tarde pudimos deleitarnos con una cena de ribetes, compuesta de diversos platos y con excelente vino de la zona. Cabe destacar que en España no existe el vino malo, sí mejor o de menor calidad, pero no malo. En efecto, cada cooperativa zonal cuenta con vatietales y excelencias que pueden ser servidas en no importa qué mesa exigente.
El frío en Valderrobres se hacía sentir, del mismo modo que suele disimularse en Barcelona. Allí no había medias tintas. Reitero, el frío imperante era cruel. Así y todo, salimos a caminar luego de cenar por la aprte antigua de la ciudad, iluminada a antiguos faroles. El retumbar de nuestros pasos se hacía sentir en la soledad de la noche. Ergo, cinco locos sueltos en las callejas desiertas riendo a más no poder.
Regresamos al hostal con ansias de zambullirnos en nuestras confortables camas, provistas de edredones nórdicos de ensueño. Dormimos como ángeles, lástima que mis vecinos de cuarto me despertaron una hora antes de lo estipulado, por error. De todas maneras, me encontraba mirando las noticias por tv cuando lamaron a mi puerta y a los pocos minutos, ya me hallaba desayunando en compañía de los madrugadores del grupo.
Cabe destacar que el piso del comedor era de vidrio espeso, bajo el cual se observaba un entrepiso de piedras redondeadas y blancas, lo que aqui en Argentina denominamos "cantos rodados". Algo muy inusual por cierto, muy llamativo.
El desayudno estaba compuesto por ensaimadas y medias lunas enormes, panes crocantes, rodajas de tomates, aceite de oliva para regarlas, jamón ibérico de primera y lomo de cerdo ligeramente ahumado. Café y té con leche para todos. Muchas risas y comentarios en medio de tanta buena mesa.
Antes de dejar Valderrobres, fotorafiamos la catedral y el emblemático cementerio al costado de la misma. Allí, estelas discoidales cátaras y templarias y alguna que otra de origen calatravo, se erguían por doquier en el camposanto mostrándonos que antiguos caballeros, guerreros, buenos hombres de allende los pirineos, etc, se hermanaban en su eterno descanso. Ya no los persegía nadie más, todos, perseguidos y perseguidores habían abandonado este mundo. Alguien me hizo ver que dos o tres de esas estelas o piedras tombales, se hallaban dispuestas en medio del paredón de piedra caliza de la zona, que separa el antiguo cementerio de la calle. Muy curioso.
Dejamos el hostal y partimos a la librería de don Octavio Serret para despedirnos. Esa misma tarde de domingo, el susodicho era homenajeado con merecidos honores en una ciudad vecina, en reconocimiento a su labor dentro del marco de la cultura zonal y provincial. Valderrobres es Aragón, pero también se habla catalá alí, algo que llamó poderosamente mi atención.
De esta ciudad a La Fresneda, no tenemos más que 10 o 15 minutos de auto, en marcha tranquila. Allí llegamos pues dirigidos por Jesús Avila y nuevamente nos deleitamos en desplazarnos por sus estrechas callejas medievales donde el recuerdo del Temple saltaba a cada paso.
La Fresneda (de Fresno, árbol sagrado del Temple) donde no hay ya más fresnos, exhibe sin embargo la imágen de este ejemplar por doquier una/o va. Así, al frente de edificios y casas de antaño, la piedra central de los pórticos nos muestra una talla de este espécimen de la botánica. Una enorme casa que antaño fuese encomienda templaria, y que luego pasase a los calatravos como tantas otras de la ciudad, hoy perteneciente a la comuna, nos muestra su fachada de poderosa galería con columnatas y portón añejo en centurias...el tiempo parece haberse detenido. Seguimos caminando y una galería de larguísima dimensión, nos acompaña cual veredón techado provisto de columnas y asientos de piedra, la que segun me comentaron, es un sitio muy usado en las tantas festividades que se suceden casi a diario por toda la península. Otra plazoleta, su ayuntamiento con su pequeña cárcel aledaña, y su silencio que nos habla de niños inexistentes en el lugar.
Desandando nuestros pasos, Jesús nos lleva a un hermosímimo hotel, antiguo monasterio benedictino, a cuyo frente se halla un cartel que reza: "Il Convent".
Amablemente recibidos por sus dueños, recorremos el sitio, donde el agua destaca principalmente tanto en su patio principal (alrededor del cual se sitúan comedores privados y salas de lectura, bibliotecas, etc, donde antaño fuese el claustro monacal) cuanto en los subsuelos de una gruta sita en su inmenso parque. AL salir hacia el mismo, una sala con una cálida chimenea encendida nos habla de las bondades del lugar. "Aqui se descansa, parece decirnos, mientras nuestros ojos se pierden en la larga escalera que conduce a los dormitorios del piso superior.
Sobre un césped impecable admiramos un fresno plantado a instancias de Jesús, y otros árboles que armonizan con el entorno. Por mi parte, no puedo a menos que deleitarme con los muros exteriores del antiguo cenobio, hoy al servicio de la gente que busca descanso y buena mesa.
De repente, Jesús Avila me llama y manifiesta: "Bueno Mary-Su, aquí está lo prometido". Lo sigo escalares hacia abojo hasta una gruta techada estilo románico, dentro de la cual el agua canta su interminable canción de manantial inquieto. En medio de tan misterioso lugar, se yergue una piedra cilíndrica de no más de un metro o metro con veinte centímetros de altura, de cuyo centro el agua mana incesantemente. Jesús me cuenta que ha sido un lugar de iniciación de templarios, de baños ritualísticos de antaño, donde tierra y agua confluyen en acertado maridaje. Me imagino ese lugar a la luz de las antorchas y un escalofrío me recorre el cuerpo.
Más fotos se suceden y un deseo de estar horas en el lugar se ahce carne dentro de mi. Allí existe una suerte de comunión telúrica muy difícil de explicar con palabras.
Nos despedimos de La Fresneda, nos queda visitar una localidad vecina donde Avila Ganados debe contactarse con un gerente de hotel, lugar éste que será sede de unas conferencias suyas. Allí partimos y tenemos nuestro almuerzo dominical.
El regreso a Barcelona se hace entre conversaciones de hechos que sucedieron hace 700 años, y de no ser por el moderno automóvil que nos desplazaba, hubiese dicho que el tiempo se habia detenido... ¡Curiosa experiencia para alguien llegada de América en búsqueda de la senda del Temple!
La ciudad condal nos recibe espléndida como siempre, dentro del entramado de sus avenidas y bulevares bien trazados e iluminados. Pese a su febril actividad diaria, Barcelona es una urbe de fácil desplazamiento, exenta de inseguridad, en la cual visitantes de todo el mundo caminan por sus calles con una paz infinita. Su barrio gótico, sus antiguas iglesias y carrés (calles) me aguardaban en los días subsiguientes. Pero eso es harina de otro costal.
Un abrazo enorme,
Mary-Su