No puede borrar el tiempo
aquel lugar que visitamos
la pasada primavera
cuando la lluvia bañó
nuestras conciencias
y el viento
horadó nuestros espíritus.
Santificamos
en el altar de piedra
nuestro vínculo. Y
nos juramos amor eterno.
Escritas quedaron las palabras
que no se llevó el viento
cabalgando en su grupa
sino que, calcinadas al fuego
sellaron nuestros labios
al juramento.
Ese lugar es mi trono
y en el ara estoy
sentada, aguardando espero
a que salga la luna.