Epílogo
 

Según se dice, el magnicidio de Luciani fue preparado para poner en su lugar al papa polaco con el que pensaban atacar a los países del este de Europa. Fue el inicio del desmantelamiento del telón de acero. El papa Juan Pablo I fue envenenado el 28 de septiembre de 1978. Fue el segundo papado más breve de la historia desde León XI, quien murió en abril de 1605, menos de un mes después de su elección.

 

El papado de Wojtyla se creó, pues, gracias al asesinato de su antecesor. La mafia se había liberado de la depuración y ya tenía a uno de los suyos en lo más alto. A su vez, Wojtyla sería objeto de un intento de asesinato tres años después... En Roma había más crímenes que en los peores años de Chicago.

 

Declaraciones públicas de personajes clave desmintieron la versión oficial sobre el súbito deceso de Luciani. Tras su muerte, la teoría del envenenamiento de Juan Pablo I comenzó a circular por los pasillos del Vaticano, convirtiéndose en la comidilla secreta y a media voz de los pequeños círculos del poder mundial. Los rumores casi se transformaron en evidencia al negarse Jean Villot, secretario de Estado del Vaticano, a realizar la autopsia al cadáver del papa Luciani: Debo reconocer con cierta tristeza que la versión oficial entregada por el Vaticano despierta muchas dudas, señaló el cardenal brasileño Aloisio Lorscheider a The Time el 29 de septiembre de 1998.

 

El investigador británico David A. Yallop en su libro En el nombre del Padre habla claramente de asesinato. Los hermanos Gusso, camareros pontificios y hombres de la confianza del Papa Luciani, fueron destituidos unos días antes de su fallecimiento, a pesar de la oposición del secretario papal, Diego Lorenzo. Al parecer, también por esos días una persona logró introducirse en los aposentos del papa, dejando en evidencia la falta de seguridad en el Vaticano. El obispo irlandés John Magree, que había sido secretario privado de Luciani, negó que él hubiese encontrado el cadáver del papa muerto sino Vicenza, una de las monjas que lo atendían. Días antes de su muerte, un médico vaticano advirtió al papa que tenía el corazón destrozado. John Cornwell en su libro A thief in the night (Un ladrón en la noche: la muerte del papa Juan Pablo I) asevera que nadie en el Vaticano se preocupó de la enfermedad de Luciani.

 

Tras las primeras depuraciones, se había amenazado a Luciani claramente. Por eso, desde el momento en que accedió al poder, Juan Pablo I realizó obsesivas predicciones a sus colaboradores más fieles de que su papado sería corto. El irlandés John Magree recuerda que estaba constantemente hablando de la muerte, siempre recordándonos que su pontificado iba a durar poco. Siempre diciendo que le iba a suceder el extranjero. El extranjero era el polaco Wojtyla. El propio Magree, amigo del todopoderoso cardenal Marcinkus, cuenta que, poco antes de morir, el papa le dijo: Yo me marcharé y el que estaba sentado en la Capilla Sixtina en frente de mí, ocupará mi lugar. Fue el propio Wojtyla, ya convertido en Juan Pablo II, quién confirmó a Magree que, en el momento de la elección papal, él se encontraba casi de frente a Luciani.

 

Desde Florencia las palabras del cardenal Benelli en conferencia de prensa resonaron terroríficas: La Iglesia ha perdido al hombre adecuado para el momento adecuado. Estamos muy afligidos. Nos hemos quedado atemorizados. El pánico se había adueñado de la Curia; todos tenían miedo y nadie se atrevía a hablar de los que pensaban.

 

El general del ejército estadounidense y ex subdirector de la CIA, Vernon Walters, contó en un libro de memorias escrito poco antes de morir, que fue quizá él quien ayudó al Espíritu Santo en la elección de Wojtyla, y puede que colaborase en la muerte del papa Luciani.

 

Ya papa, Wojtyla se negó a que funcionarios de la Banca Vaticana sospechosos del envenenamiento de Luciani prestasen declaración, ante las autoridades italianas e incluso se destruyeron pruebas.

 

 

 

El asesinato de Luciani se produjo, pues, en un contexto internacional clave:

 

 

  • en plena etapa final de la Guerra Fría desatada por Washington contra los países del Pacto de Varsovia.
  • en Italia estaba en auge la posibilidad de una alianza de la democracia cristiana con los revisionistas del PCI a la que se oponían los Estados Unidos, la OTAN y sus sucursales sobre el terreno: los servicios secretos, gladio, la logia P2, la mafia y los fascistas.
  • en Latinoamérica la teología de la liberación, nacida al calor del Concilio Vaticano II, se había convertido en un problema para las oligarquías locales y Estados Unidos , empeñado a fondo en los golpes de Estado fascistas (Chile, Argentina, Uruguay) y en los escuadrones de la muerte para contener la revolución.

 

En América Latina, las dictaduras militares formadas en la Escuela de las Américas, desarrollaban su guerra antisubversiva de la mano de las iglesias de la ultraderecha católica. La jerarquía católica latinoamericana, imbuida de la Doctrina de Seguridad Nacional impulsada por el Pentágono, santificaba las andanzas represivas de las dictaduras fascistas nacidas por golpes de Estado militares.

 

Toda esa política del Vaticano fue avalada y consentida por Juan Pablo II, quien se prestó al exterminio militar del comunismo ateo en Europa del este y en América Latina. En esa persecución feroz fueron asesinados, entre otros, monseñor Oscar Romero en 1980 e Ignacio Ellacuría en 1989, éste junto a otros cinco jesuítas de la Universidad Centro Americana y dos mujeres.

 

El polaco Wojtyla era el hombre de confianza estadounidense en el Vaticano, el de la caverna cardenalicia, de la logia P2, de la mafia y de gladio. Marcinkus volvió a su puesto al frente del Banco Vaticano y comenzó a desviar ilegalmente millones de dólares del Banco, vía Banca Ambrosiana, a la financiación del sindicato polaco Solidaridad y los grupos nazis operativos tras el telón de acero.

 

El 28 de septiembre de 1981, aniversario del asesinato de Luciani, Wojtyla ascendió a Marcinkus a arzobispo y presidente de la Comisión Pontifical del Vaticano, un cargo de gobernador del Estado teocrático y, naturalmente, conservó su puesto como el jefe del Banco Vaticano.

 

Más medidas: ante las dificultades financieras causadas por la quiebra del Banco Amrosiano, el papa se puso en las manos del Opus Dei con sus conexiones en los Estados Unidos y España: Continental Illinois Bank, Banco Popular Español, Esfina, Banco Atlas, Bankunión, Fundación General Mediterránea, Rumasa, entre otros.