EL JUDAÍSMO ANTES DE JESUCRISTO

 

 

 

EN EL DESIERTO

 

Hace tres mil quinientos años debieron existir centenares de tribus en el vasto desierto que se extiende desde el mar Rojo hasta el altiplano sirio. Puesto que era muy difícil, si no imposible que un grupo de pastores pudiera existir de forma aislada, las tribus estaban unidas en confederaciones, enlazadas por un antepasado común pero distante y por una historia mitológica compartida, constituida a menudo por una maravillosa amalgama de cuentos transmitidos oralmente de generación en generación.

 

Las tribus confederadas se llamaban a sí mismas los hijos del antepasado común, pero eso era un mero medio de identificación que los pastores del desierto utilizaban para todas y cada una de las naciones. Nuestro interés se concentra en un grupo singular de tribus que se llamaban a sí mismas Los Hijos de Israel, o en su propia lengua, los Bené-Israel.

 

Todo lo que sabemos de esas tribus, con algún grado de certeza, es que, generación tras generación, compartieron la amarga existencia del desierto luchando entre sí, guerreando de vez en cuando unas contra otras y vagando por el desierto durante cientos y cientos de años.

 

Periódicamente, cuando la sed y el hambre empujaban a los Bené-Israel a la desesperación, cruzaban el río Jordán o se marchaban del Sinaí para cruzar sus espadas de punta de bronce y sus cuchillos de cobre contra las disciplinadas filas de soldados revestidos de malla. Y en las raras ocasiones en que su valor desesperado salía vencedor, eran detenidos por las murallas de piedra.

 

Y de nuevo, debilitados, medio muertos de sed y de hambre, dejaban a un lado su valor y suplicaban ayuda, y, algunas veces, esa súplica les era concedida. En algunas ocasiones, cuando el rey de Egipto necesitaba esclavos para trabajar, o tenía otras necesidades, permitía que los pastores llevaran su ganado al delta del Nilo. Otras veces, algún reyezuelo palestino les concedía el derecho a usar el agua y el permiso para pastar, posiblemente a cambio de mujeres.

 

Tras un sinfín de años de sufrir la esterilidad del desierto, tuvieron lugar tres cambios que canalizaron las vidas de aquellos pastores, de aquellas criaturas de campo abierto, en una dirección diferente.

 

En primer lugar, desde el oeste les llegó el hierro de los hititas, quienes habían aprendido que un hombre armado con cobre y bronce no podía enfrentarse y vencer a otro que llevase un casco y una espada de hierro.

 

En segundo lugar, apareció el caballo. No sabemos en qué lugar encontraron los caballos por primera vez los hijos de Israel, pero lo más probable es que entrase en sus vidas al mismo tiempo que el carro, aquella increíble invención de la humanidad que iba a cambiar no sólo la forma de guerra, sino todo el estilo de vida de la antigüedad. Como quiera que fuese, el carro apareció en toda la cuenca mediterránea más o menos al mismo tiempo, unos mil doscientos años antes de nuestra era.

 

 

Tras estos dos cambios, llegó un tercero: un hombre llamado Moisés.

 

Sin Moisés los judíos son impensables, inimaginables, en un sentido tanto histórico como contemporáneo. Moisés fue el judío, entro en la historia como el judío, y así entró el judío en la historia y se convirtió en parte de ella.

 

Desde hace más de cien años, expertos críticos en el Antiguo Testamento han indagado acerca de la persona de Moisés, pero, al parecer, todos ellos han pasado por alto el hecho de que hace dos mil años también había eruditos críticos del Antiguo Testamento, y ninguno de ellos dudó de la existencia de Moisés. El motivo más probable es que en las grandes bibliotecas de Egipto, particularmente en la de Alejandría, existía mucho material acerca de Moisés.

 

Posteriormente todas esas bibliotecas fueron destruidas, así que si bien tenemos referencias de la existencia de libros sobre Moisés, estos ya no existen. Los judíos, como parte interesada, no sintieron necesidad alguna de documentar la existencia de Moisés, ya que su propia existencia era prueba suficiente de la de aquel.

 

Pero el hecho es que no sabemos quién fue Moisés, en términos de su origen. ¿Pertenecía realmente a la casa real egipcia? ¿Fue rescatado de las aguas por la hija del rey? ¿Fue un niño abandonado por los levitas? ¿Fue él en verdad, como escribió el antiguo historiador greco-egipcio Maneto, un despreciado arribista que condujo a los “leprosos” fuera de Egipto por orden de los dioses egipcios? Esta última propuesta está llena de interés, aunque la palabra leproso es una traducción errónea. El sentido que utilizó Maneto era sucio, siendo un leproso alguien a quien se considera sucio en un sentido físico. El empleo que hizo del término, tenía el sentido religioso, o sea, ritualmente corrupto.

 

¿Entonces, a quiénes sacó Moisés de Egipto? ¿Quiénes fueron esas gentes? ¿Qué habían hecho para ofender a los dioses egipcios? ¿Eran los levitas? ¿Y quiénes fueron los levitas? Esa curiosa tribu de los Bené-Israel que no recibió tierra alguna en el reparto de la Palestina conquistada, sino sólo el derecho al sacerdocio. ¿Y por qué sólo los levitas entre todas las tribus tienen nombres egipcios?

 

Hasta la fecha no hay respuestas para estas preguntas, tan sólo sabemos que en algún momento del siglo XIII antes de nuestra era, probablemente durante el largo reinado de Ramsés II, un hombre llamado Moisés condujo a sus seguidores fuera de Egipto.

 

Podemos extraer ciertas conclusiones sobre los levitas más o menos precisas: eran pastores, y por lo tanto no eran egipcios, porque no había tribus de pastores que formaran parte de la nación egipcia; también tenían alguna conexión con los Bené-Israel, puesto que de lo contrario su fusión con las tribus de Simeón, Judá y Ken no habría sido tan pacífica; habían residido en Egipto, como testimonian sus nombres egipcios; aceptaron a Moisés, bien porque era uno de ellos, o bien porque provenía de la casa real egipcia; y, además, adoraban a un dios particular.

 

Aquel dios era su Dios, y se habían constituido como una tribu de sacerdotes porque su Dios había conquistado a los demás dioses de los Bené-Israel. Luego su dios fue Yahvé, el dios celoso y justo.

 

Moisés y el pueblo al que guiaba no eran monoteístas: Los levitas tenían un dios que era el primero entre todos los dioses.

 

Éste era un dios del desierto, un dios al que no se podía adorar en templos u hogares, como a los demás dioses. Los levitas tuvieron que adentrarse en el desierto a una considerable distancia para poder verlo y servirle. Y si vieron a Yahvé, ¿qué vieron, entonces? El Éxodo es muy explícito:

 

“Marcharon de Sucot y acamparon en Etam, en los límites del desierto. El Señor iba delante de ellos, en forma de una columna de humo durante el día, para guiarles en su camino, y de noche en forma de una columna de fuego.”

 

Humo de día y fuego de noche, ¿podría darse una descripción de un volcán en erupción? Un Dios que vive en la cima de una montaña, que no consentía los ídolos. “Aquel que toque la montaña, morirá,” nos dice el Éxodo.

 

Un volcán a punto de entrar en erupción: un dios de lo más temible.

 

Cuando toda Palestina fue conquistada por los Bené-Israel, en el reparto de tierras, los levitas no obtuvieron una porción de tierra, sino el derecho a ejercer el sacerdocio y a recaudar impuestos en 48 ciudades.

 

Ya en tiempos de David, los levitas se habían dispersado por toda Palestina, y no todos ejercían el sacerdocio.

 

 

 

LA TIERRA

 

“La Tierra de Israel”, Erets-Israel, es tan antigua como el tiempo, como la memoria del hombre, como la historia escrita del hombre. Es el lugar donde se formó el primer alfabeto verdadero, para que los hombres pudieran escribir su historia. Y, paradójicamente, ya era la tierra de Israel mucho antes que los bárbaros guerreros de los Bené-Israel le invadieran y la conquistaran con sus carros de combate.

 

Palestina, o Canaán, sufrieron tres invasiones, todas ella llevadas a cabo por los Bené-Israel:

 

La primera invasión se inició hace unos cuatro mil años, y duró algo menos de quinientos años. Los pastores de aquella primera invasión no sabían nada del Señor Yahvé. Con el tiempo fueron olvidando el pastoreo y sus dioses, y empezaron a adorar a la diosa madre, Astarté.

 

La segunda invasión debió comenzar hace unos tres mil quinientos años, y duro al menos cien. Es la que está referida en el libro de Josué y en el de Los Jueces.

 

La tercera invasión data de hace unos tres mil doscientos años, o al menos se inició en esta época bajo la dirección de Moisés. La principal diferencia entre esta invasión y la de Josué era que una sola tribu de Bené-Israel dominaba la invasión, la tribu de los yehudim. Además esta tribu adoraba a un dios desconocido por el resto de los Bené-Israel: el Señor Dios Yahvé.

 

La construcción de una gran alianza entre los yehudim y las otras muchas tribus de Bené-Israel tiene que haber surgido como respuesta a la amenaza de los filisteos. Éstos formaban un pueblo guerrero, con una población numerosa y un ejército disciplinado, que había construido cinco ciudades fortificadas en la llanura costera del sur de Erets-Israel. Hay indicios de que en tiempos de Moisés y durante los cien años siguientes, mantuvieron en el desierto puestos militares, construidos sin duda para hacer frente a las incursiones de los judíos.

 

Los judíos eran conocidos entre los filisteos y las demás tribus de Bené-Israel con un nuevo nombre: Judá (Yehuda), “el cachorro del león”.

 

La historia del judío es la historia de su Dios, de sus creencias. Se podría decir que Moisés estableció el monoteísmo, pero este punto de vista, de alguna manera, falsea la verdad. Yahvé, el Señor Dios de Moisés, era un dios entre muchos, al que Moisés unió a un pueblo, los yehudim, una tribu perteneciente al numeroso y diseminado pueblo semita de los Bené-Israel. A este contrato entre Yahvé y un pueblo se le dio el nombre de berit, y dicho berit o tratado, permaneció con los judíos. “Yo soy el señor tu Dios, quien te ha sacado de las tierras de Egipto, la casa de la esclavitud. No tendrás más dioses que Yo.” Cada tribu tenía sus propios dioses, y en cada olivar y bosque de cedros podía encontrarse altares a diferentes dioses. De norte a sur se erigían templos a Astarté. Pero estos eran los dioses de los demás. Yahvé era el dios de Moisés, el dios de los levitas, el dios de los judíos.

 

 

 

REYES

 

Samuel fue un levita, un sacerdote de Yahvé, a quién se encomendó la difícil tarea de unir a dos enemigos irreconciliables contra los filisteos: los judíos adoradores de Yahvé y la confederación del norte de las tribus de Josué.

 

Al unir Judea y Samaria, Samuel se topó con un problema: escoger a un señor de la guerra que gozara tanto del favor de las tribus del norte como de las del sur.

 

Al final escogió a Saúl, miembro de la pequeña tribu de los benjaminitas. Él era del norte, y odiaba el culto a Astarté, culto que persiguió cruelmente mientras estuvo en el poder. Al principio pareció que además de detener a los filisteos, lograría derrotarlos, pero su naturaleza oscura y su persecución casi fanática de los cultos, aplastaron a la confederación.

 

Tras la muerte de Saúl, el sacerdote dio su bendición a un joven judío cuyo nombre era David. Éste fue quien dio el primer paso a la paz, y fue el primer verdadero rey de todas las tribus de Bené-Israel. Pero esta hegemonía de los yehudim sobre los Bené-Israel duró sólo dos generaciones: la de David y la de su hijo Salomón. Tras la muerte de éste, el reino se dividió y la confederación del norte se separó de los judíos para siempre.

 

David fue un hombre extraordinario en todos los sentidos. Hacía gala de un gran encanto personal, belleza, coraje e ingenio. Poseía el don de colaborar con las circunstancias. Se desposó con la hija de Saúl.

 

También fue oportunista, ambicioso, cruel, encallecido y no carente de la vena paranoica que había torturado a Saúl. Cuenta la leyenda que mató a un gigante filisteo de la ciudad de Gat llamado Goliat. Si es así, los filisteos le debieron de estar agradecidos. Cuando David asumió el papel de general y rey, propuso a los filisteos una alianza contra los jesuitas. Una vez en Jerusalén, firmó la paz con éstos, y volvió las máquinas de guerra filisteas contra sus propios creadores, conquistó sus cinco ciudades y las incorporó al Erets-Israel, e hizo de Jerusalén su capital, donde comenzó los planos de un gran templo a Yahvé y estableció su culto en todas sus tierras, aunque permitió que cada tribu conservase sus dioses, siempre que Yahvé fuese el primero.

 

Se pueden decir muchas cosas sobre la supuesta “sabiduría de Salomón”. Salomón representaba la segunda generación de prosperidad y riqueza. Su padre había robado, matado y conquistado hasta lograr reunir un gran imperio. Salomón heredó la riqueza pero no el genio ni el carácter dinámico de David. También cabe decir que no dio muestras de la agudeza o la creatividad de su padre. En otras palabras, Salomón no era muy sabio.

 

Para Salomón siempre fue más fácil pagar mercenarios que tratar con los fanáticos giborim, puesto que era rico: su padre había saqueado una docena de opulentas ciudades. Y Salomón compró grandes ejércitos y contrató miles de mercenarios. Alimentar a su ejército requería más alimentos de los que se producían en toda Judea en aquella época.

 

Pero la fortuna de Salomón no era ilimitada, y al final tuvo que recurrir a los impuestos, algo nuevo en Erets-Israel. A la muerte de Salomón, la gente de las tribus del norte pidió que se anulasen estos impuestos, pero Roboam, hijo de Salomón, rechazó esta súplica, ante lo cual la antigua confederación del norte se alzó contra los judíos y proclamó rey a Jeroboam ben Nebat.

 

Y así, el imperio de los judíos, que había durado dos generaciones, se acabó para siempre.

 

Pero lo más importante de todo es que los reflexivos judíos cuando atribuyeron el final del imperio a la voluntad de Yahvé fueron capaces de ver que el que antes había sido un dios de la guerra, fiero y celoso, era entonces proclamado por los profetas como un dios que también era justo.

 

 

 

EL EXILIO

 

De toda la serie de eventos que moldearon al pueblo judío a lo largo de su historia, ninguno fue tan importante y decisivo como el cautiverio en Babilonia. Los judíos fueron conducidos a la cautividad como representantes provinciales de una confederación tribal casi desconocida que ocupaba la ciudad de Jerusalén y las colinas adyacentes. Setenta años más tarde, liberados del cautiverio por el emperador Ciro, los judíos de Babilonia se habían convertido en los primeros judíos modernos. Durante este mismo período, Yahvé se convirtió en la presencia invisible que era el Dios de todos los hombres.

 

Los judíos veían a Babilonia como la cuna de la civilización, el hogar de origen del hombre, el lugar de la Torre de Babel, de Noé, del Jardín del Edén, de hecho, el lugar de origen de sus mitos más preciados. Los babilonios hablaban un idioma no muy distinto al hebreo, y en ciertas ciudades de Babilonia era idéntico.

 

Por su parte, los babilonios deben haber mirado a los judíos con profundo respeto. De ahí que los cautivos judíos fueran tratados con amabilidad y consideración, y no sufrieron grandes privaciones. Una vez en Babilonia se construyeron casas para ellos, y se les dieron parcelas de tierra para el cultivo, y se les permitió quedarse con el oro y las joyas que habían traído de Jerusalén. Así comenzó la primera Diáspora.

 

Y fue entonces, durante el exilio, que los judíos pasaron de la idea de un dios que vive únicamente en su templo, idea que predominaba en la antigüedad, a la idea de un dios omnipresente que está en todas partes, allí donde haya un creyente. Y fue el hallarse tan lejos de los templos de su Dios lo que hizo que la prisión de Yahvé se rompiera de una vez por todas, lo que estableció Su universalidad y lo que inspiró la maravillosa doctrina del Profeta Desconocido. La respuesta de los judíos a esta crisis fue simple pero profunda: “Dios es mi pastor. Nada me falta.”

 

Cuando al final del período de setenta años de exilio el emperador persa Ciro garantizó a los judíos el derecho a regresar a Jerusalén, sólo una parte aceptó su oferta, y si bien fue la mayoría, una importante minoría eligió permanecer en Babilonia, que se convertiría en uno de los grandes centros judíos del mundo antiguo.

 

Ciro era amigo de muchos judíos. Ellos gustaban de su vigor nómada y él, a cambio, respetaba el inmenso conocimiento que los judíos poseían sobre el mundo y sus ciudades. Ciro y su caballería persa fundaron un nuevo imperio, y los judíos babilonios ayudaron a planear y a llevar a cabo la conquista de Babilonia. Los judíos le aconsejaron, ayudaron y proporcionaron apoyo, y posibilitaron que entrase en Babilonia pacíficamente. A su vez, él se mostraba dispuesto a darles lo que pidiesen mientras fuese razonable y estuviese en su poder.

 

Pero cuando llegaron a Jerusalén, lo que los judíos encontraron fue un erial, un valle de muerte y destrucción. Trabajaron duramente para reconstruir la ciudad, y al final lo consiguieron, bajo el mando de dos hombres extraordinarios: Nehemías y Ezra. A su muerte estos dejaron un estado judío viable. La ciudad aún era pequeña, pero estaba viva. Sus murallas habían sido reconstruidas y servían de defensa, y contaban con la amistad y protección de la poderosa Persia.

 

Así prosiguieron por más de cien años, y fue entonces cuando, de modo repentino, cayó el Imperio Persa, y en el horizonte apareció una nueva estrella: Alejandro Magno.

 

 

 

CREACIÓN DE LA TORÁ

 

Ya establecidos en Jerusalén, los judíos no perdieron el contacto con los de Babilonia, ni con todos los que se habían dispersado por el mundo a lo largo de su historia. Los judíos, ahora muchos de ellos comerciantes, viajaban de un lugar a otro, y a su regreso traían noticias de aquellos parientes lejanos que optaron por no regresar a Jerusalén. Y estas noticias cada vez se volvían más oscuras respecto a cuán confuso, supersticioso e incluso degradado se había vuelto el culto a Yahvé. De pronto, los comerciantes judíos se percataron de que su religión -que también significaba su ley, su código y su ética- se hallaba en el umbral de convertirse en una religión mundial. Era necesario encontrar algún medio que creara un tejido, una red imperecedera que mantuviera la Comunidad judía unida como un solo pueblo, sin importar lo fragmentada que estuviera.

 

Es respuesta a esta necesidad se formó un comité editorial compuesto, probablemente, por levitas e importantes jefes tribales. Este comité editorial recopiló la biblioteca completa de cuanto habían llevado a Jerusalén. Incluía sus más arcaicos manuscritos, fragmentos de pergamino de antigüedad incalculable, cientos de tablas de barro con inscripciones cuneiformes, rollos de los libros de Moisés, las leyes del Levítico y del Libro de los Números, mitos, leyendas… No sabemos lo vasta que fue la recopilación en cuanto a tradición popular, leyendas, historia, códigos y religión; pero debió de tratarse de una cantidad ingente de material, y el trabajo del comité hubo que prolongarse durante años.

 

Fue un notable grupo de hombres, el de estos editores, y un notable fruto el creado por sus manos: cinco libros que se titularon los Libros de Moisés, o la Ley, la Torá; y toda una serie de libros adicionales sobre historia, profecía, ética y poesía en loor a Yahvé.

 

Hasta el momento, Yahvé había sido, por encima de todo, un Dios de justicia. Persistían todavía el ojo por ojo y diente por diente. Se recompensaba el bien y se castigaba el pecado, y la terrible espada de Yahvé, una espada de justicia inflexible, se blandía sin piedad. Pero entonces se planteó una nueva idea: así como el calor del sol acaricia igualmente el bien y el mal, así el amor y la compasión de Yahvé impregnan el universo. Ahora Yahvé tenía una nueva dimensión de misterio y esplendor. Los judíos eran su pueblo elegido, pero ellos no eran quienes para cuestionar los modos o las razones de su elección. Y el propósito de Yahvé era tan misterioso como Su Ser, y no le concernía al judío cuestionar o interpretar su propósito.

 

 

 

HERODES

 

Durante su corta vida ( 356 - 323 a. C.), Alejandro Magno construyó un gran imperio, en el cual estaba la tierra de los judíos. Cuando éste conquistaba Oriente Medio, los judíos, aunque hubiesen querido, no se encontraban en condiciones de resistir al ataque. Y no lo hicieron. Habían transcurrido más de mil años desde que Moisés los guiara hasta las colinas de Judea, y durante aquel tiempo habían visto nacer y morir muchos imperios, incluido el suyo propio en tiempos de Salomón. Firmaron la paz con los griegos y, en el año 330 antes de nuestra era, su diminuta tierra de Judea pasó a formar parte del imperio greco-egipcio de los ptolomeos.

 

Desde el tiempo de su retorno al exilio en Babilonia hasta el final de la protección de los Ptolomeos, los judíos experimentaron, en total, una época de trescientos años de paz, un período durante el cual su filosofía religiosa. Yahvé había perdido tanto Su nombre como Su carácter originario: se había transformado en Dios, el Supremo. Fueron los tiempos de la aparición del Shabbath. Durante aquel período pacífico la lengua judía paso de ser el hebreo a ser el arameo.

 

El helenismo llevó a los judíos a avanzar un paso más en su concepto de Yavhé. Los griegos egipcios, a su vez, quedaron fascinados con el concepto judío de Dios, por su severa ética y por su humanismo, mucho más avanzado que el griego. Para que todo este cambio pudiera tener lugar, debía producirse un intercambio de idioma: los griegos aprendieron arameo y los judíos el griego. Alejandría comenzó a reemplazar a Babilonia como gran centro de la Diáspora.

 

Cuenta la leyenda que Ptolomeo II, alrededor del año 240 a. C., se apasionó tanto con la historia y cultura de este pueblo que encargó la traducción de la Biblia a la lengua griega.

 

En el 198 a. C. Antíoco el Grande, descendiente de Seleuco, un general de Alejandro Magno cuyo reino se extendía por el norte y este de Palestina, derrotó a los ejércitos greco-egipcios y ocupó Palestina. Pero tanto Antíoco como su hijo veían al pueblo judío desde un único punto de vista: la avaricia.

 

(Durante aquellos años de paz, Judea había sido dirigida por el sumo sacerdote, título hereditario que ostentaban los descendientes de Sadoc, supuesto descendiente de Aarón, el hermano de Moisés. Tan poderosa y numerosa era esta familia que constituyó una clase especial, los saduceos. Frente a los saduceos había un grupo de antiguas familias de sacerdotes que habían quedado excluidos, y que fueron llamados fariseos. Eran mucho más pobres que los sacerdotes de Jerusalén, pero más cercanos al pueblo, y por ello más amados.)

 

Cuando Antioco el Grande conquistó Palestina y Judea, los judíos no opusieron resistencia. Una vez conquistada la ciudad, tomaron fuertes tributos al Templo, y aún más duros a los campesinos, lo que sembró el descontento entre los judíos.

 

La lucha contra Antioco el Grande fue iniciada por Matías, sus cinco hijos y un puñado de ciudadanos del pueblo de Modín. Estos rebeldes reclutaban a sus hombres entre la gente de los pueblos, ya que en Jerusalén el gobierno judío no hacía nada por ellos. Consiguieron grandes avances, y acabaron por organizar un ejército.

 

A la muerte de su padre y ante el asesinato de sus cuatro hermanos, Simón, el mayor, acaudilló la lucha y finalizó la liberación de la tierra y la ciudad. Fue nombrado sumo sacerdote y gobernador, y bajo su regencia aquella tierra gozó de paz y libertad. Siete años más tarde fue asesinado, y así acaba el extraño y noble capítulo de los cinco hermanos hasmoneos en el escenario de la historia.

 

Juan Hircano, hijo de Simón el Hasmoneo, tomó el poder tras el asesinato de su padre. Los sirios habían reunido un considerable ejército mercenario, y avanzaban hacia Jerusalén, y Juan Hircano no pudo detenerlos, y los sirios ocuparon Jerusalén.

 

El principal enemigo de Siria en esta lucha fue el pueblo de Parta, situado en el corazón del antiguo imperio Persa. Tras una reorganización de su ejército, Juan Hircano asestó un golpe mortal a los sirios, atrapándolos entre judíos y partos, y tuvieron que huir.

 

Tras esto los hasmoneos pasaron a ser la clase dominante, y los fariseos se horrorizaban de sus acciones. La respuesta de Juan fue romper definitivamente con ellos.

 

Juan Hircano murió en el 105 a. C., y su hijo Judá lo sucedió, aunque estuvo apenas unos meses en es poder. Juan tenía otro hijo, al que temía no sin razón, pues era un verdadero monstruo. Este otro hijo, Alejandro Jannay, fue encarcelado, pero urdió una trampa para matar a su hermano, y tras conseguirlo se autoproclamó rey.

 

Dio prueba una vez más de que el poder corrompe. Al parecer, mataba por placer, y aquel período fue el único en el que los judíos hicieron proselitismo a escala masiva. A ciertas poblaciones Jannay les dio a elegir entre el judaísmo o la muerte.

 

Los fariseos, horrorizados ante estas y otras acciones, organizaron una rebelión.

 

A la muerte de Jannay, reinó su esposa, Salomé Alejandra, que trajo a los fariseos a la corte. Cuando Salomé murió, sus hijos quisieron hacer gala de la monstruosidad de su padre, pero los romanos intervinieron para poner fin a esa locura, y nombraron gobernador de la reducida ciudad a un idumeo llamado Antipater. Como era frecuente en esa época, murió envenenado, tras lo cual fue sucedido por su hijo, conocido como Herodes el Grande.

 

Herodes también fue un monstruo. Como gobernador de Galilea mató a muchos fariseos que daban muestra de un mínimo de desaprobación al reinado de su padre, Antipater. Crucificó a campesinos Galileos que se negaron a pagar tributo por no tener con qué pagarlo. Por estos crímenes fue juzgado por los miembros del Sanedrín, y habría sido sentenciado a muerte de no ser por la intervención de los romanos. Una vez nombrado rey por los romanos, mandó matar a los miembros del Sanedrín que lo habían juzgado. Era un hombre enérgico, que asesinaba a todos sus enemigos. Asesinó a su cuñado, Aristóbolo III, a su mujer, Mariamne, y a los dos hijos que tuvo con ella, y a su primer hijo, Antipaper, todos ellos acusados de diferentes conspiraciones. A pesar de que todo el país prosperó enormemente, nadie le tuvo ningún aprecio, y nadie lo lloró a su muerte, cuatro años antes del nacimiento de Jesucristo.