Sólo parece haber una forma de interpretar todo esto. Podemos asumir que los apologistas filósofos estaban familiarizados con la historia del Evangelio y su figura de Jesús de Nazareth. Pero, con la excepción de Justino, escogieron no integrarla en su propia fe; decidieron no identificar este supuesto maestro fundador histórico con su Logos divino e Hijo de Dios; optaron por no considerarlo como la fuente de las enseñanzas cristianas.

 

Esto es posible sólo si la religión del Logos a la cual estaban suscritos los apologistas, especialmente en el momento de sus conversiones, carecía de la figura de Jesús de Nazareth. Sólo si pudieran ver la historia del Evangelio y su personaje central como un injerto reciente, como un relato ficticio como los de los griegos, sólo así les resultaría posible rechazarlo y sentir que podrían presentar la fe cristiana legítimamente. Sólo si ellos hubieran sentido que era posible que los paganos aceptaran la historia de Jesús como un mito como el de sus propios mitos religiosos, hubiera sido posible para los apologistas el presentarles un cristianismo que ignoraba o rechazaba la figura de Jesús.
A los apologistas les hubiera resultado aceptable el presentar a los Griegos un cristianismo que ignoraba o rechazaba la figura de Jesús, solamente si hubieran sentido que era posible para éstos el aceptar el relato de Jesús como un mito, en la misma forma como aceptaban sus propios mitos religiosos.

 

Como mezcla de Platonismo y Judaísmo helenista, la rama de la cristiandad de los apologistas se volvió prominente a lo largo de todo el imperio en el siglo segundo. (El Paulinismo se eclipsó hasta el ascenso de la Iglesia de Roma y su rehabilitación de Pablo a medida que progresó la mitad del siglo segundo.) Como hemos visto, este Cristianismo Platónico se definió a sí mismo en formas que no tenían nada que ver con un Jesús histórico. Tampoco es verosímil que haya surgido del Paulinismo, pues no tienen prácticamente nada en común.

 

Si el desarrollo fue como los académicos gustan de presentarlo, a saber, un desplazamiento en el énfasis desde el estilo Palestino del Cristianismo a uno basado en la filosofía Griega y el Judaísmo Helenista, entonces difícilmente se hubiera desechado la figura de Jesús de Nazareth; se hubiera integrado en el cuadro platónico. Esta no es una "utilización" cristiana de la filosofía griega. La fe de los apologistas es el platonismo religioso de la época trasladado a un entorno ético y teológico de corte Judío. (que causó el surgimiento del Logos y de la fe "señalada" o Cristiana). Es significativo que ninguno de ellos (exceptuando posiblemente a Teófilo) tuviera vínculos con iglesia alguna.

 

Dicha imagen respalda la perspectiva de que el Cristianismo, durante sus primeros 150 años, fue un mosaico de expresiones descoordinadas. Fue un organismo diversificado que enraizó y floreció a lo largo del panorama del Imperio, una mezcla ampliamente divergente de características judías y griegas. A medida que transcurrió el tiempo, la destilación de Jesús de Nazareth a través por ciertos poros en este organismo se diseminó inexorablemente a lo largo de la totalidad de su superficie, hasta que para el año 200 estaba firmemente atrincherada en cada aspecto de la fe.

 

Incluso Justino da evidencia de esta imagen. Después de llegar a Roma en los años 140, encontró algunos de los Evangelios y acogió al hombre-dios histórico del cual hablaban. En sus escritos apologéticos redactados en los años 150, Jesús y los evangelios ocupaban un papel central. Para Justino, la Palabra/Logos "Tomo forma, se hizo hombre y fue llamado Jesús Cristo" (Apología, 5). Sin embargo, inadvertidamente nos dejó un registro acerca de la naturaleza de la fe a la que se convirtió antes de su encuentro con el relato del Jesús humano.

 

El Diálogo con el Judío Trifón se escribió después de la Apología y la última puede datarse en los primeros años de la década del 150. Pero la acción de Trifón se sitúa en las épocas de la Segunda Revuelta Judía, en los años 130 y los académicos están seguros de que éste representa el momento de la conversión de Justino, la cual describe en los capítulos iniciales.

 

En las proximidades del mar cercano a Éfeso, Justino encuentra un anciano, un filósofo cristiano. Después de una discusión de los gozos y beneficios de la filosofía, el anciano le cuenta acerca de antiguos profetas judíos que hablaron por el Espíritu Divino. Estos profetas, dice, habían proclamado la gloria de Dios Padre y su Hijo, el Cristo. (Esta era la interpretación de la Biblia Hebrea en términos platónicos.) La sabiduría sólo podría llegar a aquéllos que la hubieran recibido por parte de Dios y su Cristo.

 

En este punto, dice Justino (8: 1), "se encendió una llama en mi alma; y un amor de los profetas y de aquéllos que son amigos de Cristo me poseyó." Justino ni siquiera dice (no obstante los mejores intentos de algunos comentaristas) que hubiera sentido un amor por Cristo mismo, porque en el cristianismo al cual se convirtió, Cristo era un concepto filosófico. Era parte del Dios Supremo que estaba en el Cielo, una entidad del mismo tipo del Logos. Este Cristo es un Salvador por virtud de la Sabiduría que imparte (8:2). Éste es el concepto de Salvación que Justino tiene aquí, porque prosigue para concluir la historia de su conversión, diciéndole a Trifón: "Si estás buscando ardientemente la salvación y si crees en Dios, puedes familiarizarte con el Cristo de Dios y, después de ser iniciado, vivir una vida feliz." (Posteriormente, bajo la influencia de los Evangelios, Justino hizo un énfasis creciente en el valor redentor de la muerte y resurrección de Cristo, pero en la religión del Logos básica, el Hijo salva al revelar a Dios.)

 

¿Dónde está Jesús de Nazareth en todo esto? El viejo filósofo no tenía ni una palabra que decir acerca de él o de cualquier encarnación del Hijo. Somos afortunados de que Justino no hubiera remodelado el recuerdo de su experiencia de conversión a la luz de sus posteriores creencias basadas en los Evangelios. En estos capítulos de apertura del Diálogo con Trifón, podemos ver que todo lo que los apologistas llegaron a la misma fe cristiana: una filosofía religiosa platónica basada en el Judaísmo Helenista que deja de incluir a un Jesús histórico.

 

Trifón mismo puede ser una invención literaria, pero Justino pone en su boca (8:6) una acusación muy reveladora, una que debe haber representado una opinión extendida en esa época: "Pero Cristo- si de hecho hubiera nacido y existiera en algún lugar - es desconocido... Y ustedes, habiendo aceptado un reporte sin base, se inventan un Cristo para ustedes mismos... “ Trifón también expresa la opinión de que la encarnación es increíble y que los cristianos son locos al colocar a un hombre crucificado en segundo lugar después de Dios. Como veremos, incluso los cristianos pudieron estar de acuerdo.

 

Mencionaré de pasada que tal vez la apología sobreviviente más primitiva, la de Aristides al emperador Antonino Pio, un trabajo corto y de poca importancia escrito en Siríaco alrededor del 140 depende claramente de algún recuento evangélico. Habla de Dios naciendo de una virgen, teniendo doce discípulos, siendo crucificado y enterrado y resucitando después de tres días. Esta apología viene de un entorno diferente, uno localizado en el área sirio-palestina (donde fueron escritos los Evangelios Sinópticos), por lo que no tiene nada que contar con respecto al Logos u otros conceptos filosóficos griegos.

 

He dejado para el final la más fascinante de todas las apologías, un documento que bien podría ser llamado "una pistola humeante". El pequeño tratado Octavio se escribió en Roma, o posiblemente en África del Norte, en latín. Toma la forma de un debate entre Cecilio, un pagano, y Octavio, un cristiano, presidido y narrado por el autor, Minucio Félix, por cuyo nombre se suele hacer referencia al tratado.

 

Ha habido un largo y alternado debate sobre cuándo se escribió Minucio Félix. Existe una relación literaria clara con la mucho más larga Apología de Tertuliano, escrita alrededor del año 200. ¿Pero quién copió a quién? Una buena regla general dice que el escritor posterior tiende a expandir y no a recortar drásticamente lo que escribió el escritor anterior, especialmente porque en este caso hubiera significado que Minucio Félix hubiera recortado muchos dogmas cristianos importantes y todas y cada una de las referencias al Jesús de los Evangelios - y esto, bien entrado el siglo tercero, cuando nadie más tenía reparos para hablar de dichos temas. Con este y otros argumentos en consideración, la datación temprana entre el 150 y el 160 es mucho más factible.

 

En este diálogo nunca se usan los nombres de Cristo y Jesús no obstante que la palabra "cristiano" aparezca a lo largo de todo el trabajo. Tampoco hay ninguna alusión al Hijo o al Logos. El cristianismo de Octavio se centra en la Unidad y Providencia de Dios y el rechazo de todas las deidades paganas, la resurrección del cuerpo y su futura recompensa o castigo. Considerando lo último, no se hace ninguna alusión a la propia resurrección de Jesús como prueba de la capacidad e intención de Dios de resucitar a los muertos. Ni siquiera en respuesta al reto: "¿En particular, qué individuo ha retornado de entre los muertos, en el cual podamos creer como un ejemplo?" Gran parte del argumento de Octavio se dedica a refutar las calumnias contra los cristianos que Cecilio enumera, representando la opinión pagana general: todo desde concupiscencia hasta canibalismo de infantes e incluso conspiración y esperanza de una destrucción mundial por fuego.

 

Pero aquí es donde se vuelve interesante. Porque ningún otro apologista excepto Justino había proclamado y tratado con una acusación particular que el escritor pone en la boca de Cecilio. La lista de calumnias en el capítulo 9 corre así (parcialmente parafraseadas):

 

"Esta abominable congregación debe ser erradicada... una religión de lujuria y fornicación. Reverencian la cabeza de un asno... incluso los genitales de sus sacerdotes... Y algunos dicen que los objetos de su adoración incluyen un hombre que sufrió la muerte de un criminal, al igual que la miserable madera de su cruz; estos están erigiendo altares para dicha gente depravada, y ellos adoran lo que merecen... También, durante las iniciaciones asesinan y desmiembran un infante y beben su sangre... en sus festines rituales se satisfacen en desvergonzada copulación."

 

Recuerde que este pasaje está siendo compuesto por un cristiano. (La frase en itálicas fue traducida plenamente.) Él ha incluido los elementos centrales y la figura de la fe cristiana, la persona y la crucifixión de Jesús, dentro de una letanía de ridículos y calumnias inimaginables levantada en contra de su religión - sin ninguna indicación, por su lenguaje o su tono, de que esta referencia a un hombre crucificado deba ser vista de alguna forma distinta que al resto de los tópicos: acusaciones difamatorias que necesitan ser refutadas. ¿Podría ser capaz un autor cristiano, que creía en un Jesús crucificado y su divinidad, ser realmente capaz de hacer esta forma de presentación?

 

En la mitad del debate de Octavio, procede finalmente a la refutación de estas calumnias. He aquí algunas de las demás cosas que dice a lo largo del texto.

 

Ridiculizando los mitos griegos acerca de las muertes de sus dioses, tales como Isis lamentándose sobre el desmembrado Osiris, dice: "¿No es absurdo lamentase por lo que ustedes adoran, o adorar lo que ustedes lamentan?" En otras palabras, está criticando a los griegos por lamentarse y adorar un dios que es asesinado. Posteriormente dice: "Los hombres que hayan muerto no se pueden convertir en dioses, porque un dios no puede morir; tampoco pueden (volverse dioses) los hombres que hayan nacido... Yo digo, ¿por qué no nacen hoy los dioses, si en alguna ocasión lo han hecho?" Entonces pasa a ridiculizar la totalidad de la idea de que los dioses se procreen ellos mismos, lo que incluiría la idea de un dios engendrando un hijo. En todas partes desdeña a aquellos que son lo suficientemente crédulos para creer en milagros ejecutados por dioses.

 

¿Cómo pudo un cristiano expresar tales argumentos de esa manera, sin hacer ninguna aclaración? Esto hubiera confundido refutado y confundido en su propia mente las creencias cristianas esenciales, y lo hubieran dejado expuesto al cargo de hipocresía. Una cosa es que un comentarista desconcertado afirme que los silencios de loa apologista se deben a un deseo de no desanimar o irritar a los paganos con tratados teológicos largos y complicados en temas en los cuales ellos tenían ya sus prejuicios en contra o que se debieran a que sus intenciones no eran proveer de una imagen detallada de la fe. Pero cuando un apologista se pronuncia con afirmaciones que contradicen absolutamente e incluso calumnian ideas que deberían estar en el mismísimo corazón de sus propias creencias y de su devoción personal, entonces, dichas explicaciones quedan totalmente desacreditadas.

 

¿Y cómo hace frente Minucio Félix a la acusación de que los cristianos adoran a un criminal crucificado y a su cruz? Como hizo en la diatriba de Cecilio, el autor inserta su respuesta en medio de su refutación de otras calumnias acerca de banquetes incestuosos y de adoraciones a los genitales de los sacerdotes. Aquí está la forma y el contexto en el cual trata con el cargo de adorar a un criminal crucificado, con los versículos siguientes:

 

  1. No deseamos escuchar estas y otras indecencias similares, es vergonzoso tener que defendernos de dichos cargos. La gente que vive una vida casta y virtuosa es difamada por ustedes con hechos que no consideramos posibles, excepto porque los vemos a ustedes mismos haciéndolos.

  2. Más aún (nam), cuando ustedes atribuyen a nuestra religión la adoración de un criminal y su cruz, se descarrían de la verdad al pensar que un criminal merecería ser digno de fe como Dios o que pudiera ser posible creer en un mortal como en Dios.

  3. De hecho, es miserable el hombre cuya esperanza depende totalmente en un mortal, porque dicha esperanza cesa con la muerte (de este)..."

 

Antes de seguir, primero debemos señalar que el verso 2, que continúa los sentimientos expresados en el versículo 1 (lo cual es enfatizado por la palabra latina nam), deja explícito que el escritor ve esta acusación como si fuera del mismo estilo que las otras "indecencias" que dolorosamente tiene que refutar. ¿Y cuál es la refutación que da? Consiste en acumular escarnio y desdén sobre aquéllos que pudieran creer que un criminal crucificado, un mortal, pudiera ser profesado como un dios. ¿Dónde está la indispensable aclaración acerca de la cual, ningún cristiano hubiera permanecido en silencio? ¿Dónde está la defensa aclaratoria de que, de hecho, este hombre crucificado no era un mortal, sino que en efecto era Dios? Ciertamente, Octavio no la provee, aunque el lenguaje aquí presentado implica que el escritor sabía de algunos cristianos que creían tales cosas, aunque no simpatizaba con ellos.

 

Es divertido el encontrar que el traductor de este trabajo en la colección de Padres Antenicenos del siglo XIX incluyera la siguiente frase en su prefacio del resumen al inicio del capítulo 29: "Porque ellos creían no sólo que el era inocente, sino que con razón, él era Dios." Dicha idea no se puede encontrar en ninguna parte del texto. Y al versículo 2, el traductor ofrece nota de pie de página que desearía que dijera el texto: "A una reverente alusión al Crucificado, en el cual se creía y al cual se adoraba como Dios." Lo que uno no puede concebir que falte, uno lo leerá en el texto, no importando lo que diga.

 

Un comentarista más reciente, G. W. Clarke (Antiguos Escritores Cristianos #39, 1949) hace esta observación en una nota final: "Una sobresaliente evasión a cualquier mención de la Encarnación. De hecho, Minucio Félix está tan ansioso de evadir la admisión de una doctrina tan difícil que da la impresión de negarla." En efecto, lo hace. Y mientras que Clarke compara esto a las reservas de Arnobio sobre el mismo tema, este último apologista cristiano (cerca del 300) de ninguna manera estuvo renuente o fue deshonesto al admitirlo, incluso aunque vivió en un tiempo de más persecución. "Adoramos a alguien que nació humano. ¿Y qué? ¿Acaso Uds. no adoran a nadie que hubiera sido humano?" "Pero el murió clavado en la cruz. ¿Y qué? Ni el tipo ni la desgracia de la muerte cambian sus palabras o sus hechos." (Contra los Paganos, I.37 y 40). En el caso de Minucio Félix, ¿podemos creer realmente que algún apologista cristianos hubiera sido capaz de este grado de - incluso "aparente" - negación?

 

En este pasaje, Minucio continúa citando la locura de las gentes paganas quienes "escogen un hombre para su adoración", pero no hace tales admisiones para los cristianos. Así, para la acusación de la adoración de cruces el dice despectivamente: "No las adoramos, ni les hacemos peticiones." Y prosigue advirtiendo a los paganos por ser culpables de usar signos de cruces es su propia adoración y en su vida cotidiana. No hay ni un solo indicio de que, para Minucio, la cruz tuviera algún significado sagrado o requiriera defensa en un contexto cristiano.

 

Luego de esta refutación de la calumnia de Jesús y su Cruz, procede ("A continuación...") a retar a aquéllos que acusan a los cristianos del asesinato de niños. No hay nada en la forma en que Minucio ha tratado el supuesto corazón de la fe cristiana que pudiera diferenciarlo de todos estos horrores que lo rodean. No abandona el tono despectivo que usa.

 

Un comentarista, H. J. Baylis, adicionalmente a expresar su desengaño de que el escritor haya sido tan silencioso al defender la persona de Cristo, también lamenta el hecho de que perdió una oportunidad de oro para refutar la acusación acerca de festines licenciosos y ritos de iniciación caníbales por medio de una exposición de la Eucaristía. Dice Baylis, que él pudo haber defendido el significado sacramental y la pura conducta de este ágape (banquete amoroso) cristiano con el cuerpo y la sangre de Jesús. Baylis encuentra igualmente "anormal" que al hablar de las fuentes de la "verdad acerca del Dios Supremo" (38), Minucio permanezca callado sobre las enseñanzas de Jesús mismo, o del propio estatus de Jesús como Hijo al interior de esa Deidad Suprema.

 

Quizás es sorprendente la supervivencia de este documento con su total rechazo de las enseñanzas centrales del Cristianismo, pero no había duda posible acerca de su sentido sólo porque se pueda leer una cierta ambigüedad velada en un verso como el 29:2 citado arriba y dejando que esta percepción contrarreste el tono derogatorio y el perturbador silencio del pasaje y del documento en su totalidad. (Baylis ha calificado a 29:2 como "oblicuo", pero el claro y plano lenguaje de Minucio descarta por completo dicha argumento evasivo.) Aquéllos que son capaces de dejarles decir a los documentos históricos lo que ellos obviamente parecen estar diciendo reconocerán que Minucio Félix es una verdadera "pistola humeante" que apunta a una negación cristiana del Jesús Histórico.

 

Para el observador imparcial, Minucio Félix es un cristiano que no tendría nada que ver con aquéllos, en otros círculos de su religión, que profesaban la adoración de un Jesús que fue crucificado en Judea bajo el gobierno de Poncio Pilato, de lo cual habría llegado rumores a oídos paganos y hubieran generado mucho desdén  y reprobación. Alegar que toda una generación de apologistas hubieran transmitido dicha apariencia a aquéllos que deseaban ganar como adeptos, que deliberadamente hubieran cedido a esta especie de engaño Maquiavélico, no es sino una de las medidas desesperadas que han sido adoptadas forzosamente por los académicos modernos en sus esfuerzos para tratar con un registro cristiano que obstinadamente se refuta a presentar el cuadro que todos ellos desean ver.

 

Los apologistas no eran tontos. Sus talentos literarios y polémicos eran considerables. Estaban versados en un amplio rango de conocimiento antiguo, en las intrincadas sutilezas de la filosofía contemporánea. No es factible que ellos hubieran diseñado piezas de escritos apologéticos tan cuidadosa y elaboradamente y que a su vez, contuvieran omisiones y debilidades tan devastantes como las que hemos visto en Minucio Félix, en Teófilo, en Atenágoras y en Tatiano.

 

Si un autor como Minucio Félix se mantiene en silencio por razones políticas, ¿por qué hubiera escogido poner en boca de su portavoz pagano las acusaciones acerca de lo cual guarda silencio deliberadamente? ¿Por qué hubiera permitido hacer a su oponente unas declaraciones tan críticas y derogatorias acerca del objeto central de adoración cristiana, si ya había decidido que no se daría el lujo de responderlas? ¿Por qué habría colocado precisamente en la propia boca del cristiano, como lo hace en el capítulo 21 y el 23., unas afirmaciones tan abrumadoras y despreciativas que van en contra de elementos de la fe cristiana, sin ninguna posibilidad de ofrecer una aclaración? No hay ni siquiera un intento de apaciguar al lector cristiano "conocedor" por medio de lenguaje o implicaciones veladas, para mostrar que dichas excepciones están presentes en su propia mente. De hecho, su tratamiento de estos temas de fe es equivalente a una negación de ellos.

 

Al final de Minucio Félix, el escritor presenta a su personaje pagano convirtiéndose al cristianismo. Pero ¿con qué intención se convierte a alguien como Cecilio a una religión que ha tenido escondidos todos sus elementos esenciales? Cuando, en la mañana, Cecilio llegara para su primera lección como catecúmeno, le hubiera dicho Octavio, "Oh, por cierto, había unos pocos detalles que se me olvidaron ayer"? Si un cristiano va a apelar a un pagano con respecto a principios lógicos y filosóficos, ¿cómo se hubiera retractado después para presentar subsecuentemente los misterios y dogmas cristianos, acerca de los cuales él sabía que iban en contra de tales principios? Entonces, sus propios argumentos estarían en peligro de volverse en contra de él. Y su deshonestidad lo hubiera colocado a él mismo y a su fe bajo una imagen deshonrosa.

 

Se debe enfatizar que en ninguna parte de la literatura de la época hay soporte para la racionalización académica estándar acerca del silencio de los apologistas sobre la figura de Jesús. En ninguna parte se discute, o por lo menos se mantiene en privado, el que de hecho, estos escritores dejaron de lado y deliberadamente los elementos esenciales de la fe cristiana al tratar de defenderla, por razones de diplomacia política o por cualquier otro motivo. El recuento de Orígenes en el siglo tercero citado ocasionalmente, acerca de que él a menudo expuso sus perspectivas éticas sin llamarlas cristianas puesto que temía la hostilidad de sus lectores por solamente nombrar al cristianismo o a Cristo, no es aplicable aquí, porque en tales casos, Orígenes no se estaba identificando como cristiano bajo ninguna circunstancia y no estaba ofreciendo una defensa del cristianismo, así fuera en una forma limitada. Si lo hubiera sido, ciertamente que no se hubiera abierto a retos que no se hubiera permitido responder. Sus propios escritos son una prueba de esto. Orígenes no esconde a Jesús o a su Resurrección. El refuta cada burla y calumnia de Celso con todos los recursos a su disposición.

 

Esto también es cierto con respecto a Tertuliano, el cual escribió su apología cerca del año 200, copiando o por lo menos, usando como inspiración, algunas partes del trabajo de Minucio Félix. Tertuliano no cede a tan críptico encubrimiento. En su propio momento, la hostilidad al Cristianismo no era menor que la que había una generación antes, cuando escribió Félix, o sólo dos décadas desde que Atenágoras y Teófilo habían escrito sus defensas. El trabajo de Tertuliano está lleno de vívidas referencias a la encarnación de Cristo, a su muerte y su resurrección. Finalizando su recuento de "ese Cristo, el Hijo de Dios que apareció entre nosotros," declara: "no dejen que nadie piense que es de otra forma que la que hemos presentado, para que nadie pueda dar una exposición falsa de su religión... Decimos, y ante todos los hombres lo decimos, y destrozados y sangrando bajo vuestras torturas gritamos "¡Nosotros adoramos a Dios a través de Cristo!". “Obviamente, si vamos a creer a los comentaristas, el grueso de los apologistas del siglo segundo no poseían tal convicción ni tal coraje. Tertuliano ciertamente no hubiera simpatizado con su política de encubrimiento. La cita anterior podría ser incluso una acusación velada para ellos, si es que él hubiera estado familiarizado con los del estilo de Atenágoras o Tatiano o Teófilo. O incluso podría estar dirigida al mismísimo Minucio Félix, por cuyo trabajo se sintió empujado a expandirlo y a llenar los espacios dolorosamente faltantes.

 

Como una nota final, podríamos preguntar: ¿Dónde están los escritores (pues deberíamos esperara que hubiera algunos) que abierta claramente rechazan la figura de Jesús, sin posibilidad de ambigüedad? Hasta que nos damos cuenta de que ningún documento de este estilo nos hubiera llegado a través de 2000 años de censura cristiana. Probablemente por la misma razón, no poseemos ningún escrito pagano que discutiera el caso del rechazo del Jesús histórico. Incluso Celso (que no hace esto) sobrevive sólo en pedacitos en la gran refutación de Orígenes. De otro lado, es probable que incluso los pensadores paganos prominentes como Celso ni hubieran tenido forma alguna de verificar o refutar la historia cristiana y los relatos narrativos de Jesús de Nazareth circulantes, ni hubieran tenido las herramientas y habilidades exegéticas para refutar las afirmaciones cristianas por medio de un estudio de los documentos mismos. En cualquier caso, dado el pobre estado de comunicación y de disponibilidad de materiales, todos estos documentos difícilmente hubieran estado accesibles a alguien que hubiera pensado en llevar a cabo dicha tarea.



Earl Doherty