La “cruzada de las catedrales”



El Laberinto de ChartresEn el lapso de tres siglos, de 1050 a 1350, Francia extrajo muchos millones de toneladas de piedras para edificar ochenta catedrales, quinientas grandes iglesias y varias decenas de millares de iglesias parroquiales. Francia acarreó más piedras en esos tres siglos que el antiguo Egipto en cualquier período de su historia, y eso que la Gran Pirámide tiene, ella sola, un volumen de dos millones y medio de metros cúbicos” Con estas impactantes palabras comienza Jean Gimpel su estudio sobre la epopeya que significó la construcción de las iglesias francesas de la Baja Edad Media.

 

La “cruzada de las catedrales” comenzó en el segundo tercio del siglo XII y se extendió hasta mediados del XIII. En 1133 se empezó la catedral de Sens, en 1151 la de Noyon, en 1160 la de Laon, en 1163 Notre Dame de París, en 1192 la de Bourges, en 1194 la de Chartres, en 1202 la Ruan, en 1211 la de Reims, en 1217 la de Le Mans, en 1221 la de Amiens y en 1247 de Beauvais. Este impulso constructivo de Francia se extendió a toda Europa occidental y contribuyó a la rápida difusión de la arquitectura gótica.

 

Durante mucho tiempo se creyó que en el año mil llegaría el fin del mundo. El hecho de que éste no se produjera creó un sentido de gratitud, de confianza y de optimismo que redundó en un espíritu festivo y expansivo de la civilización occidental. Florecieron el comercio y la vida urbana, las ciencias y las artes. La construcción de puentes y la mejora de los caminos hicieron posible el comienzo de las peregrinaciones hacia los lugares donde se hallaban los restos de los santos o sus reliquias. La cristiandad, actuando como una unidad, difundió la Fe en el oriente de Europa, se lanzó a la reconquista de los Santos Lugares -usurpados por los musulmanes en 1076-, prosiguió exitosamente con la de la península ibérica y expulsó a los islámicos del sur de Italia.

 

Esta civilización, consciente de su unidad cultural y llena de optimismo y devoción, fue la que emprendió la construcción de las imponentes catedrales góticas, en un clima de tranquilidad general, de libertad de trabajo y competencia.

 

La naciente burguesía, celosa de la independencia que, recientemente, había conseguido arrebatar a los señores feudales, contribuyó pecuniariamente al engrandecimiento de la ciudad, que era su patria y el símbolo de su libertad. Sus esfuerzos se centraron en el edificio más representativo de su ciudad: la catedral. Los burgueses querían que los extranjeros quedaran impresionados por su iglesia, cuyas torres y agujas podían verse desde la lejanía. Esto produjo una competencia entre las ciudades por el record de altura, tamaño y belleza de las catedrales. Así, la nave central de Notre Dame de Paris, de 35 metros de altura, será superada sucesivamente por la de Chartres, de 36,55 m, luego por la de Reims, de 37,95 m, después por la de Amiens, de 42,30 m, y, finalmente, por la de Beauvais que alcanzará los 48 m.

 

El orgullo del pueblo por sus catedrales se transmitía a sus artífices, cuyos nombres eran grabados en laberintos dibujados en el suelo de la nave central. Éstos simbolizaban, en sentido concreto, la peregrinación a los Santos Lugares cuya realización, según la creencia de la época, era compensada por las mercedes e indulgencias obtenidas por los medios que describiré más adelante. En un sentido más profundo, evocaban el camino que el hombre debe recorrer para hallar el “centro”, punto abstracto e inmaterial en el cual se revela el sentido de la vida mediante la fe. El laberinto de Amiens decía: “En el año de gracia de 1220 fue comenzada la obra de esta iglesia. El obispo de esta diócesis era entonces Everardo; el rey de Francia, Luis, hijo de Felipe el Sabio; el que fue maestro de obra se llamaba Robert de Luzarches, después de quien vino Thomas de Cormont y, después de éste, su hijo Renaud, que hizo colocar esta inscripción en el año de la encarnación de 1288”. Al lado de la inscripción se encontraban, incrustados en el mármol blanco, los retratos del obispo y de los tres arquitectos. Los fieles que, de rodillas, seguían el laberinto descubrían, así, a los artífices en el centro del mismo. El hecho de que los arquitectos hubieran elegido la forma del laberinto no es casual puesto que esta forma reúne el simbolismo mencionado anteriormente a la vez que evoca a Dédalo, constructor del laberinto de Creta y padre mítico de los arquitectos de occidente.

 

En la Edad Media, la iglesia era el emblema de cada ciudad puesto que, en la mayoría de éstas, era el único edificio público o, al menos, el más importante. En la construcción de la iglesia se centraba el mayor esfuerzo comunal. En la actualidad, los templos cumplen una función exclusivamente religiosa; por el contrario, en la Edad Media eran utilizados para funciones laicas. La jurisdicción del obispo abarcaba solamente el coro (que es el espacio que se encuentra por detrás del altar, por esa razón, éste es tan prolongado en las catedrales góticas), las naves estaban reservadas al pueblo; en ellas se dormía, se entraba con animales, se comía, se hablaba en voz alta, se hacían representaciones teatrales y se celebraban reuniones para discutir asuntos públicos y de las corporaciones de oficios. Hasta en la decoración es visible el carácter popular que tenían estas iglesias; los vitrales, que eran donados por los distintos gremios de la ciudad, presentaban en su parte baja –bien a la vista de sus clientes- representaciones de las actividades que los donantes realizaban. Hay vitrales que muestran escenas de los mercaderes textiles, de los carpinteros, de los picapedreros, de los carreteros, etc.

 

 

Catedral de ChartresEn la Edad Media, las fiestas religiosas eran muy frecuentes. La Iglesia organizaba procesiones a las que concurría gente del campo y de otras parroquias. Reyes, señores, clérigos, burgueses, campesinos y siervos, todos se concentraban bajo las naves de la catedral. Por eso no era de extrañar que éstas pudieran alojar una cantidad de fieles superior a la población de la ciudad. Los feligreses se congratulaban de la magnificencia de su catedral y a través de las imágenes en la piedra y en los cristales, se familiarizaban con las escenas de la historia sagrada. Los temas representados estaban al alcance de todos puesto que todos habían sido instruidos en ellos.

 

Para construir las catedrales, la Iglesia, siempre hostil al lucro, trató de crear entre los burgueses un sentimiento de mala conciencia. Éstos, para expiar sus culpas, debían donar parte de sus fortunas para las obras piadosas. Por otra parte, a partir del siglo XII las cruzadas dejaron de ser atractivas como forma expiatoria debido a que la Iglesia empezó a acordar indulgencias a quienes ayudasen en la edificación de la casa de Dios.

 

A diferencia de lo que comúnmente se cree, las iglesias no fueron edificadas por los obispos. Si bien, es cierto que muchos de ellos fueron férreos promotores y algunos incluso figuran en las inscripciones como sus artífices, fueron, sin embargo, figuras secundarias y muchas veces fugaces. Los que se ocuparon, año tras año, de la prosecución de las obras, de la recaudación de los fondos, de las expropiaciones cuando éstas eran necesarias, de las adjudicaciones, de la administración de los recursos financieros y de la conservación de los edificios, fueron los canónigos.

 

Los canónigos gozaban de grandes privilegios: eran independientes de la jurisdicción episcopal, no hacían voto de pobreza, recibían rentas vitalicias sobre los inmuebles y podían disponer de sus bienes por vía testamentaria. Todo lo cual los condujo a llevar una vida más secular e individualista que los otros miembros del clero.

 

El Capítulo –asamblea de canónigos- nombraba un “provisor” que llevaba las cuentas de la obra y supervisaba los trabajos. Éste podía ser un canónigo, un clérigo o, excepcionalmente, un laico. El provisor se elegía teniendo en cuenta sus conocimientos de arquitectura y su habilidad para los negocios. Debía encargarse del suministro de materiales, de transportarlos, de pagar a los obreros y de organizar un servicio de conservación del edificio una vez terminada la obra.

 

Cuando los recursos empezaban a agotarse el Capítulo desplegaba toda su habilidad para recaudar y, así, poder continuar las obras. Muchas veces apelaban a los confesores para que instaran a los pecadores a invertir en la fábrica de la catedral sus bienes mal habidos. Se empezó a cobrar a aquellos que desearan ser enterrados en las iglesias y se establecieron multas a los clérigos que llegaran tarde a los servicios. Se pedía a los obispos que aportaran dinero y, desde el púlpito, se exhortaba a los fieles a que contribuyeran. Tal es el caso de un orador que pronunciara el siguiente discurso en Amiens en 1260: “Bellas y amables gentes, en ciento cuarenta días podéis acercaros más al paraíso de lo que estabais ayer, si el pecado, la envidia, la codicia no os hacen perder esta indulgencia, e igualmente podéis acercaros así a las almas de vuestros padres, de vuestras madres y todas aquellas que asociéis”.

 

También se hacían giras de reliquias para recaudar dinero. Esta práctica rápidamente fue degenerando en falsificaciones, por lo cual, el concilio de Letrán de 1215 prohibió la veneración de objetos que no hubieran sido debidamente autorizados por el Papa.

 

En parte, fue esta obsesión recaudatoria, ya sin límites ni miramientos, la que desencadenó la reacción que condujo a la Reforma.

 

La “cruzada” de las catedrales duró hasta fines del siglo XIII. Ello permitió que las obras de las mismas estuvieran muy avanzadas para cuando, en el siglo XIV, la guerra de los cien años y la feroz epidemia de peste bubónica paralizaran la actividad. Acabada la guerra, el entusiasmo y la devoción comenzarán a declinar. Los ingentes esfuerzos que se harán hasta el siglo XVI para continuar las obras no serán suficientes y ninguna catedral francesa quedará terminada. Sin embargo, en el resto del continente se siguieron erigiendo iglesias aunque nunca con el furor con que lo hizo la Francia de los siglos XII y XIII. En el siglo XVI, el inagotable genio creador occidental volverá a alcanzar su cenit, pero, para entonces, las grandes iglesias góticas serán cosa del pasado y otras serán las ideas que determinarán el camino del arte, las cuales, ya nada tendrán que ver con las que inspiraron la “cruzada de las catedrales”.



Augusto Rocca, arquitecto

Esta dirección de correo está protegida contra los robots de spam y necesitas tener Javascript activado para poder verla




Bibliografía: Jean Gimpel, “The Cathedral Builders”, Londres 1983.