El monasterio medieval




Monasterio medievalA mediados del S. IV, San Basilio el Grande organizó la vida monástica en Oriente y San Martín de Tours introdujo en Francia una primitiva forma de vida monástica. En Italia, San Benito de Nursia sentó las bases del monaquismo occidental mediante su regla para los monasterios. En el año 529 fundó el monasterio de Montecassino, el cual se convertiría en la matriz de los monasterios occidentales.


A la caída del Imperio Romano las ciudades se despoblaron y Europa Occidental se hundió en el desorden general y la fragmentación política. La vida monástica, sin embargo, no dejó de extenderse y los monasterios devinieron en activos centros de cultura y producción. Por estar sujetos a la misma regla, los monasterios mantenían fluidas relaciones entre sí, configurando una vasta red. Ésta unificó a Europa, cultural y materialmente, a la vez que ejerció una influencia estabilizadora y fue el motor del progreso de Occidente durante Alta Edad Media. Carlomagno, carente de la red administrativa de los romanos, se valió de los monasterios para gobernar sus dominios. A la vez que conquistaban pueblos por la Fe, los monasterios difundían la agricultura y la industria. Muchas veces se formaban aldeas en torno a ellos. También contribuyeron a la apertura de vías y eran posada para los viajeros.


La vida monacal se expandió a un ritmo vertiginoso. Al final de la edad media había cerca de 40.000 monasterios benedictinos diseminados por toda Europa.


Los monjes hacían voto de obediencia, pobreza y castidad. Su actividad diaria se repartía entre el rezo, los trabajos manuales y la copia de manuscritos. Esta última actividad posibilitó que las obras de los antiguos llegaran a nuestros días.


La diferencias de tamaño e implantación determinó variantes en cuanto al diseño de los cenobios; sin embargo, el hecho de que éstos constituyeran parte de una red, hizo que todos se ajustaran a un mismo esquema organizativo, cuyo origen se halla en Montecassino. Además de la innumerable cantidad de monasterios medievales que subsisten en Europa, ha llegado hasta nuestros días el plano de un monasterio ideal de la época Carolingia. El mismo fue confeccionado por el abad Haito para presentar en una reunión con sus colegas de toda Europa, a realizarse en Reichenau en el año 814. Con ligeras variantes ése sería el esquema que se repetiría en toda Europa occidental.


El monasterio medieval se organiza en torno a un patio central cuadrado que funciona como distribuidor. El mismo está rodeado en sus cuatro costados por una galería abierta llamada claustro. Por estar aislado del mundo exterior, el claustro es un lugar de meditación, corazón del monasterio y símbolo de la interioridad espiritual. Hacia el lado norte se encuentra la iglesia. Hacia el sur, el refectorio (comedor) y la sala capitular, lugar de reunión del Capítulo. Hacia el este, contiguas a la iglesia, las habitaciones de los monjes. Hacia el oeste, la bodega. En el ángulo sudeste, entre la sala capitular y las habitaciones, se ubican las letrinas. En el sudoeste, entre el refectorio y la bodega, se halla la cocina. La disposición de las distintas dependencias del monasterio tiene su razón de ser. La iglesia, que es la construcción más alta, está al norte a fin de no ensombrecer el patio.


Debemos tener en cuenta que en el hemisferio norte los rayos del sol vienen del sur. El bloque de las habitaciones de los monjes se emplaza contiguo a la iglesia a fin de tener un cómodo acceso a la misma para asistir al rezo de maitines, a las cuatro de la mañana. La razón por la cual los aposentos de los monjes se ubican hacia el este del patio es que éstos ingresan al templo por la cabecera, orientada hacia ese punto cardinal, que es símbolo de la resurrección. También la sacristía se halla unida a la cabecera, hacia uno de sus lados. Hacia el otro, algunas veces se encuentra la biblioteca.


Queda así constituido el núcleo central del monasterio. En torno a él se disponen otras dependencias. Estas son: los dormitorios, comedor y cocina para huéspedes; la escuela, la residencia del abad, la residencia del médico, la enfermería, el huerto, el cementerio, la destilería de cerveza, el granero, el molino, la panadería, la prensa, dormitorios para trabajadores de la granja y los establos para ovejas, caballos, ocas, cerdos y vacas.

 



La complejidad funcional de los monasterios responde a que los mismos debían ser autosuficientes para que los monjes no rompieran la clausura. Ello deviene mandato de San Benito: “El monasterio ha de construirse de tal manera que todo lo necesario, es decir, el agua, el molino, el jardín y los diversos oficios, radique en su interior, de suerte que los monjes no se vean obligados a andar fuera de acá para allá, porque esto no es bueno para sus almas”.


La planta de los edificios monásticos se mantuvo sin grandes alteraciones durante toda la Edad Media. El mismo esquema organizativo cambió sólo sus vestiduras; primero fue paleocristiano, luego románico y posteriormente gótico. En otros artículos ya he hablado del tratamiento espacial y estético que cada uno de estos períodos de la arquitectura confirió a los edificios. La diversidad de órdenes monásticas no alteró la uniformidad de la tipología. Sólo dos órdenes monásticas sobresalen por sus características particulares: la cluniacense y la cisterciense. La primera fue fundada por Guillermo de Aquitania en 910 y se difundió rápidamente, convirtiéndose en una red de más de 1400 cenobios.


Su sede matriz, el monasterio de Cluny, fue el mayor edificio de la cristiandad medieval. Infelizmente, este magnífico edificio fue vendido por los anticlericales revolucionarios franceses y demolido años después. La segunda orden fue fundada en 1098 por Robert de Molesmes. Gracias al impulso de Bernardo de Claraval, ésta también creció incesantemente y llegó a tener una cantidad de monasterios similar a la de Cluny. Los cluniacenses se destacaban por la fastuosidad y el tamaño de sus edificios y contribuyeron en grado sumo a la evolución de las formas arquitectónicas. Los cistercienses, de acuerdo con los anatemas de San Bernardo contra el lujo y los placeres materiales, construían monasterios más austeros.


Generalmente, éstos carecían de esculturas y de torres-campanario, sus muros estaban despojados de toda ornamentación, sus vitrales eran incoloros, las iglesias no tenían triforios –galerías sobre las naves laterales- y las cabeceras de las mismas terminaban planas y no en ábside, que era lo habitual. Esta última particularidad tuvo gran influencia en la arquitectura eclesiástica de Italia e Inglaterra. Casi todas las características de la arquitectura monástica, en general, y de la cisterciense, en particular, pueden verse en el monasterio trapense de Pablo Acosta, en el partido de Azul. Recordemos que los trapenses son una rama del Císter, nacida en el siglo XVII.


Los monasterios medievales eran construidos por obreros del oficio, altamente calificados. Eran los mismos que construían las iglesias y, los castillos de los señores. Sólo los cistercienses tenían cierto grado de participación en la construcción de sus edificios. Dicha orden contaba con hermanos legos, especializados en los diversos oficios. Éstos hacían voto de obediencia, pobreza y castidad pero no podían convertirse en sacerdotes.


Para costear los ingentes gastos que las obras demandaban, los monasterios contaban con recursos propios, a la vez que recibían importantes donaciones de los señores, los cuales hacían estos actos piadosos con el objetivo de obtener indulgencias.


Muchos monasterios medievales han sobrevivido los avatares de los tiempos. Ya sea que hayan sido absorbidos por grandes ciudades, se hallen en recónditas aldeas quedadas en el tiempo o en la soledad del campo, estos venerables edificios todavía exhiben los muros entre los cuales se dio forma a la naciente cultura occidental.





Por Augusto Rocca Arq.

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