La arquitectura paleocristiana

 



En los primeros tiempos, los cristianos se reunían en casas particulares. En una sala se leían los evangelios y las epístolas, se celebraba el ágape (comida en común), se dialogaba sobre la Fe y se juntaban donativos para ayudar a los cristianos necesitados. En las reuniones, sólo los bautizados podían permanecer durante toda la ceremonia. Los catecúmenos, que eran los cristianos en preparación para recibir el bautismo, sólo podían presenciar la primera parte de la ceremonia, luego debían retirarse al patio de la casa, el atrium.

 

Primeros cristianos

 


En la época de las persecuciones, los cristianos enterraban a sus muertos y mártires en galerías subterráneas llamadas “catacumbas”. Éstas eran canteras de roca de Puzzolana abandonadas que se extendían como laberintos por los alrededores de Roma. También las había en Alejandría, Antioquía y otras ciudades importantes del Imperio.


El reinado de Constantino marcó el fin de las esporádicas persecuciones. El nuevo emperador estableció la libertad de culto a través del edicto de Milán, en el año 313. Esto significó la aceptación oficial de la nueva religión y su sustento económico.


Así las cosas, Constantino encomendó la construcción de los primeros templos cristianos. A veces, éstos se ubicaban sobre la tumba del mártir a quien iban dedicados, tal es el caso de la primitiva basílica de San Pedro, que fue emplazada en el Vaticano, cerca del circo de Nerón cuyas gradas enmarcaron el martirio del apóstol. También es el caso de San Pablo extramuros y de Santa Inés extramuros. Estas iglesias se construían siempre de forma tal que el sepulcro quedara debajo del altar, lo cual se debe a un pasaje del Apocalipsis: “cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían”.


Otras veces, las iglesias se ubicaban en el solar que había ocupado la casa de algún cristiano en la que, en los primeros tiempos, se hubieran reunido los fieles para celebrar la misa. Como en San Clemente y Santa Pudenciana. En la época de la persecuciones muchos de los dueños de dichas casas habían sido martirizados, por lo cual, los templos allí construidos están dedicados a ellos.


También era frecuente que las iglesias se adaptaran a construcciones preexistentes en desuso. Éstas eran abundantes en Roma puesto que la ciudad, en plena decadencia, estaba siendo abandonada. A veces, los edificios eran cedidos por familias cristianas o, como en el caso del palacio de Letrán, por el emperador. Este palacio había sido confiscado por Nerón a un acaudalado romano llamado Sixtus Lateranus y, desde entonces, había pertenecido a los emperadores. Constantino lo cedió a la Iglesia para que funcionara como asiento de los Papas. Allí se consagraría la primera iglesia, San Juan de Letrán, que es considerada “madre y cabeza” de todas las demás y es la catedral de la ciudad.


En el inicio debió resolverse cuál sería la tipología edilicia más apta para la congregación de los fieles. Los templos paganos fueron descartados de entrada debido a que su tamaño era inadecuado para alojar a los feligreses. Habían sido concebidos para guardar la estatua del Dios, siendo los sacerdotes los únicos que tenían acceso al interior. Por otro lado, sus evidentes implicaciones simbólicas no resultaban gratas a los ojos de los cristianos, lo cual los condujo a buscar alternativas en los edificios laicos. Entre éstos, las basílicas -que eran los tribunales romanos- tenían una connotación positiva dado que eran lugares donde se impartía justicia. Además de las públicas, había en algunos palacios de Roma basílicas privadas. En ellas, los dueños de casa se reunían para hacer negocios y tratar con sus clientes. Se cree que San Juan de Letrán y Santa María Mayor pueden haber sido basílicas privadas.


A esta altura conviene aclarar que la palabra basílica alude a una reunión de personas y luego a una tipología edilicia: el tribunal de justicia romano. El hecho de que los cristianos adaptaran basílicas romanas o construyeran nuevas para utilizarlas como iglesias derivó en el empleo de una tercera acepción que es hoy la más corriente: iglesia de gran tamaño o importancia.

 

 


Las basílicas romanas presentaban una nave central flanqueada por dos laterales más bajas. La diferencia de altura entre dichas naves permitía la apertura de ventanas en lo alto de los muros de la central, llamados parietales. Así, la nave central recibía la luz del exterior y la volcaba hacia las laterales que quedaban en semipenumbra. Cuando no había construcciones adyacentes, también se abrían pequeñas ventanas en las naves laterales. Las iglesias paleocristianas, siguiendo el esquema basilical típico, presentan por lo general, tres naves. Sin embargo, cuando se trata de templos de peregrinación, el esquema se amplía a cinco con la adición de dos naves laterales más. Este es el caso de San Pedro, de San Pablo extramuros, de San Juan de Letrán, de la basílica de la Natividad y de la del Santo Sepulcro.


En las iglesias paleocristianas, al final de la nave central hay un ábside semicircular en el cual se ubica la cátedra del obispo, a cuyos flancos, se extienden los bancos de los presbíteros. Esta disposición de asientos es análoga a la de las basílicas romanas, cuyo asiento central era ocupado por el pretor y, los laterales por sus asesores. El ábside va enmarcado por un arco triunfal, está más elevado que las naves y su cubierta es una semicúpula. En San Pedro y San Pablo extramuros, grandes iglesias de peregrinación, la planta se completaba con una nave transversal en la cabecera del edificio, entre las naves y el ábside. Esta nave cumplía la función de dar lugar a los peregrinos que visitaban las tumbas de los apóstoles y a las mesas en que se celebraban los ágapes funerarios. Con la incorporación de este espacio, las iglesias adquieren un aspecto tímidamente cruciforme, morfología que evoca el martirio de los santos a quienes estaban dedicadas. Este fue el primer antecedente de la planta cruciforme que, con distinta función y motivada por el simbolismo más general de la cruz, alcanzará su máximo desarrollo en la baja edad media.


El altar, centro espiritual de la iglesia, se ubicaba al final de la nave, delante del ábside. Esta disposición es análoga a la de los altares de las basílicas romanas, en los cuales se ofrecían a los dioses los sacrificios propiciatorios.


Una de las características más útiles del espacio basilical para la función litúrgica es que su forma longitudinal permite focalizar la mirada de los fieles hacia el altar. Esta particularidad confiere al espacio su carácter direccional o axial, el cual predominó siempre en las iglesias de Occidente en contraste con la centralidad que primó en de las de Oriente.


En las iglesias paleocristianas los fieles se ubicaban en la nave central, los hombres de un lado y las mujeres del otro. Entre los fieles y el altar, también en la nave central, se ubicaba el coro. Éste estaba rodeado por un cancel bajo que lo aislaba de los feligreses. A cada lado del coro había un púlpito, desde el derecho se leían las epístolas y desde el izquierdo los evangelios. En las iglesias con nave transversal, ésta estaba separada de las naves longitudinales mediante un muro bajo llamado septum. Por ello también se denomina transepto –transeptum- a la nave transversal.


Algunas iglesias presentan galerías sobre las naves laterales, tal es el caso de Santa Inés extramuros y de San Lorenzo extramuros. Dichas galerías se denominan matronium debido a que a veces se usaban como gineceo. A pesar de su nombre, su función más frecuente era la de ubicar a las autoridades políticas.


Las basílicas paleocristianas presentan un esquema organizativo análogo al de las casas romanas, resabio de las primitivas reuniones en dichos lugares. El acceso se produce a través de un vestibulum o pórtico de entrada, luego se pasa al atrium (atrio) que es un patio con galerías a los costados. Éste era el lugar en el cual los catecúmenos presenciaban la misa desde afuera, tal como sucedía cuando el rito era doméstico. También servía para recibir a los fieles que se reunían antes de entrar y al salir de la misa, función que siguen cumpliendo hasta el día de hoy. Entre el atrio y la iglesia hay un espacio de transición llamado nártex, éste es una galería, generalmente más alta que las que flanquean el atrio. Desde el nártex los catecúmenos podían seguir la misa a través de un cancel que separaba el interior del exterior. A partir del siglo V algunas iglesias presentan doble nártex: el exonártex que es exterior, como el descrito y el esonártex, que queda incorporado al interior. Este último, funcionando como un vestíbulo de acceso será el que se imponga en las iglesias de épocas posteriores.


Como los no bautizados no podían entrar a la iglesia, los baptisterios se encontraban fuera de la misma, generalmente a un costado. La planta de los baptisterios era centralizada y estaba basada en los ninfeos (nymphaeum). Éstos eran templetes que decoraban los jardines de los palacios de los romanos, estaban dedicados a las ninfas y en el interior tenían una piscina con estatuas y plantas. Muchos baptisterios paleocristianos no son más que ninfeos reconvertidos. La forma solía ser circular o -más frecuentemente- octagonal debido a que este polígono es un símbolo de la resurrección. En el interior de los mismos, rodeada por un deambulatorio, se hallaba una piscina bautismal, cuyo tamaño -que era el de las de los ninfeos- era mucho mayor que el de las pilas actuales debido a que el rito era de inmersión y no de aspersión como lo es en la actualidad. El baptisterio más famoso es el de San Juan de Letrán.


Además de ser utilizada para los baptisterios, la planta central también fue empleada -siguiendo la tradición funeraria de los romanos- para los mausoleos y cenotafios de los cristianos más importantes, genéricamente llamados martyrium. Éstos eran circulares, octagonales o en cruz griega, que es aquella cuyos brazos son iguales. Un ejemplo de planta circular de esta tipología es el mausoleo de Santa Constanza, hija de Constantino, que en realidad nunca fue santificada. Otro ejemplo, en planta de cruz griega, es la tumba de Gala Placidia en Ravena.


Constantino también mandó edificar iglesias de peregrinación en los Santos Lugares. Sobre la gruta donde naciera Jesús se erigió la basílica de la Natividad y, sobre su supuesta tumba, la del Santo Sepulcro. Estos santuarios debían conciliar la función litúrgica con la conmemorativa, para resolver la cuestión, presentaban una planta longitudinal típica que servía a los fines de la misa y, un espacio centralizado, al final de la nave, que indicaba el lugar de acceso a la cueva del nacimiento, en un caso, y al sepulcro, en otro.

 

 


Una vez definido y asimilado el tipo de espacio, hubo que caracterizarlo. En las iglesias paleocristianas, las naves estaban divididas por hileras de columnas -generalmente jónicas o corintias sacadas de otros monumentos- que, en algunos casos, soportaban entablamentos continuos y, en otros, arquerías. De esta forma, los muros parietales quedaban “desmaterializados” en su parte baja. En lo alto se ubicaban, a ritmos regulares, las pequeñas ventanas. Los techos, a dos aguas, generalmente se ocultaban tras un cielorraso plano de madera formando artesones. En otros casos, las pendientes se dejaban visibles junto con las estructuras de soporte, con lo cual se ganaba verticalidad.


En la arquitectura clásica, la ornamentación consiste en la segmentación de las superficies mediante elementos decorativos de carácter estructural vinculados entre sí: columnas, pilastras, entablamentos, etc. Por el contrario, en las iglesias paleocristianas estos elementos desaparecen o se presentan en forma aislada; los muros se cubren interiormente con una decoración continua de mosaicos que reproducen imágenes de Jesús, santos y profetas. De esta forma se logra la “desmaterialización” visual del espacio que se suma a la real conseguida en la parte baja de los muros parietales.


Las primeras iglesias fueron concebidas como un reino celestial interior escindido del mundo que las rodea. Por este motivo, los exteriores, considerados una mera cáscara de cierre, lucen austeros y despojados. Los desnudos muros de ladrillo de las fachadas contrastan con la profusión decorativa del interior. Como única concesión a la estética exterior, en algunas iglesias, el testero principal está rematado por un frontón triangular. En otros casos, los frontones y una pequeña sección de la fachada se encuentran embellecidos con mosaicos. La disparidad en el tratamiento del interior y el exterior confiere a la arquitectura paleocristiana una de sus características definitorias: la interioridad.


La “desmaterialización” y la interioridad de las basílicas paleocristianas –al igual que las bizantinas- dan como resultado lo que se denomina “espacio espiritualizado”. Éste busca crear un clima hierático capaz de generar en los fieles un sentimiento de devoción y paz interior.


A partir del siglo V, siempre que sea posible, la cabecera de las iglesias se ubicará hacia el este. Esta orientación se debe al simbolismo de dicho punto cardinal: Cristo es la luz del mundo y se identifica con el sol naciente que, por renacer cada mañana, es también símbolo de la resurrección.


A diferencia de la escala colosal de los edificios públicos romanos, la arquitectura paleocristiana tiene una escala humana. Las iglesias primitivas no impactan por su monumentalidad a la manera de las termas y basílicas romanas, su tamaño es meramente funcional.


Los edificios paleocristianos que mejor conservados han llagado hasta nuestros días son Santa Sabina (432), Santa María en Cosmedín (380), Santa Inés extramuros (324), San Clemente (S. IV, restaurada a fines del S. IX, luego de un incendio), San Esteban Rotondo (468), Santa María Mayor (432) (aunque sus fachadas y su decoración han sido cambiadas en el S. XVIII) y el mausoleo de Santa Constanza (350), todos ellos en Roma. En Ravena los más importantes son: San Apolinar en Classe (549), San Apolinar nuevo (525), San Francisco (560) y la tumba de Gala Placidia (420). No todos los edificios tuvieron la misma suerte: San Pedro (329) fue demolida en el siglo XV debido a que corría peligro de derrumbe, siendo reemplazada por la actual basílica renacentista; San Juan de Letrán (313) fue muy reformada con el correr del tiempo; San Pablo extramuros (385) sufrió un incendio en el siglo XIX, afortunadamente fue restaurada en su forma original; San Lorenzo extramuros (580), resultó dañada por un bombardeo en 1943 y fue restaurada. Las Basílicas de la Natividad (333) y del Santo Sepulcro (336), reconstruidas o reformadas, han perdido bastante de su aspecto original.


La vigencia de la arquitectura paleocristiana se desvaneció en el siglo IX, sin embargo, al sentar las bases de la arquitectura eclesiástica occidental, su influencia llegaría hasta nuestros días.



Augusto Rocca Arq.

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