Dualismo

 

DualismoSe llama dualismo (del latín duo, dualis: dos, dual) a la doctrina que afirma la existencia de dos principios supremos, increados, contornos, independientes, irreductibles y antagónicos, uno del bien y otro del mal, por cuya acción se explica el origen y evolución del mundo; y también, en un sentido más amplio, a las doctrinas que afirman dos órdenes de ser esencialmente distintos, con más o menos radicalismo: por ejemplo, ser ideal y ser real, Dios y mundo, naturaleza y gracia (en el plano cognoscitivo razón y fe), materia y espíritu, orden físico (de la necesidad) y orden moral (de la libertad y el deber) (en el plano cognoscitivo constatación y valoración ética), conocer y querer (plano de la actividad consciente), bien y mal (plano de la actividad moral), etc.

 

En el primer caso se trata del dualismo en el sentido más estricto y usual del término, y se puede llamar dualismo teológico, cosmogónico (relativo al origen del cosmos) o religioso; en el segundo caso se puede hablar de un dualismo metafísico, que se opone de modo irreductible al correspondiente monismo, y ambos se oponen al panteísmo. Las dos formas de dualismo guardan relación entre sí.

 

Origen del término

 

El término dualismo es utilizado por primera vez por Tomás Hyde en sentido teológico para designar el dualismo de la religión persa; la misma significación tiene en Bayle y Leibniz. Wolff introdujo su sentido metafísico y ontológico, al emplear el término dualismo para significar las relaciones del alma con el cuerpo.

 

El dualismo estricto

 

El dualismo religioso aparece en muchos pueblos antiguos, como China y Egipto, pero especialmente en Persia. Su religión, impulsada y reformada por Zoroastro hacia el s. VI adC, establece un principio divino del bien, Ormuz o Ahura Mazda, y otro del mal, Ahrimán. Formas de dualismo se encuentran después en el orfismo (hacia el s. VI adC), en el gnosticismo (s. II la enciclopedia libre adC), en el maniqueísmo, en la doctrina gnóstico-maniquea de Prisciliano, y ya en la Edad Media, en los bogomilos, albigenses y cátaros.

La más influyente de estas doctrinas, después del mazdeísmo de Zoroastro, fue el maniqueísmo.

 

Rasgos comunes de las doctrinas dualistas

 

En líneas generales, las doctrinas dualistas coinciden en los siguientes rasgos: El principio del Bien es identificado con la Luz y el Espíritu; el principio del Mal con las Tinieblas y la Materia, o con el diablo o demonio (maniqueísmo). La materia es, pues, mala, y principio del mal; o bien creada por un demiurgo distinto del Dios bueno (gnosticismo de Marción), o por el diablo, principio del mal (Prisciliano).  Rigorista y extrema; o bien ceden ante lo inevitable y justifican la relajación: porque no es posible resistir al principio del mal que inclina a pecar, y es ese principio, no la persona singular, el responsable del pecado. Tanto su ascetismo como su fatalismo son pesimistas.

 

 

 

El dualismo y el mal

 

El dualismo trata de explicar la presencia del mal en el mundo, que ha preocupado tanto a los hombres, pero sin hacer responsable al hombre. Aparece cuando se descubre que en el universo todo tiene una finalidad, que le ha sido impresa por su autor, y no se quiere aceptar la responsabilidad de la libertad humana. Esa presencia del mal puede inclinar también hacia el ateísmo, en la medida en que el espíritu humano esté más dispuesto a renunciar a la finalidad universal y a las consecuencias de la responsabilidad personal. El dualismo se produce también por la tendencia simplista a hacer del bien y del mal realidades absolutas existentes en sí, como elementos puros que, en todo caso, pueden mezclarse y atemperarse. En el polo opuesto de esta actitud se encuentra la apreciación del bien y del mal como meros puntos de vista relativos de los sujetos valorantes.

 

Reacción de la Iglesia Católica contra el dualismo

 

Desde el punto de vista de la doctrina católica, la inconsistencia y error del dualismo quedan de manifiesto por los siguientes razonamientos:

 

  1. Dios es único, infinito y omnipotente;
  2. El principio del mal no puede ser Dios ni puede limitar la potencia infinita del único Dios.
  3. Todo ha sido creado por Dios, y como tal bueno;
  4. Todo lo que existe es bueno (Dios miró todas las cosas que había creado y vio que eran buenas: Génesis 1.4.7.10.12.18.21.25.31);
  5. También lo es, por tanto, la materia (además, el Verbo se encarnó; la Encarnación, en el cristianismo es una revalorización de la materia y del cuerpo humano frente al platonismo y al maniqueísmo, y una doctrina optimista).
  6. El mal no es ser en sí mismo, no es algo positivo; es sólo privación de bien, carencia de la perfección debida a una naturaleza.
  7. Lo positivo es el bien carente o privado; el mal sólo se da en el bien como defecto. Un mal absoluto, existente en sí, sería una contradicción: una nada que existe.
  8. Como el mal no es un ser positivo, no necesita causa; sólo el ser tiene causa o principio, y todo ser es bueno. Tiene causa la entidad positiva a la que le acontece estar privada de la perfección debida; esa privación es querida accidentalmente, o sólo permitida, y siempre en función de un bien mayor. Por tanto, no hay que buscar una causa primera del mal, un principio o Dios del mal.
  9. No hay, pues, un principio del mal que sea Dios, o simplemente un mal absoluto y positivo. El dualismo es contrario a la creación universal (habría algo distinto de Dios que se sustrae a su acción creadora) y a la trascendentalidad del bien (todo ser, en cuanto ser, es bueno).
  10. El mal ha sido introducido en el mundo por el pecado de la criatura inteligente y libre. Lejos de ser la materia, es el espíritu el origen del mal. Sólo la obra de Dios fue material, la obra del pecado es enteramente espiritual. No hay cosas malas, sino malas voluntades, y éstas no pueden hacer malas las cosas. Hay que hablar, pues, de un bien de la creación y de un mal de la caída o pecado.

 

Principales refutadores

 

Los principales autores que refutaron con más profundidad el dualismo fueron Santo Tomás de Aquino y San Agustín. San Agustín, que antes de su conversión había sido maniqueo, le opuso después la doctrina del mal como privación: todo procede y participa de Dios, y, en cuanto tiene ser, es bueno.

Los maniqueos preguntaban de entrada: ¿de dónde procede el mal? San Agustín se dio cuenta de que ese planteamiento presuponía la existencia del mal como algo positivo y forzaba así la respuesta maniquea.

 

También entendió que era anterior otra pregunta: ¿qué es el mal? Santo Tomás de Aquino combatió el dualismo en su forma albigense utilizando similares argumentos. El conjunto de su pensamiento es, sin embargo, más eficaz contra el dualismo por la importancia que da a la materia en la constitución del hombre y en el conocimiento, siguiendo a Aristóteles.

 

San Agustín, más platónico, tendía a ser excesivamente espiritualista, y cualquier espiritualismo favorece el desprecio de la materia y consecuentemente una promoción implícita del dualismo que quería ser refutado.

 

 

 

Otros dualismos

 

En diferentes autores se han dado formas muy diversas de dualismo ontológicos.

 

Se encuentra en Pitágoras, con la oposición entre límite e ilimitado, par e impar, a las que corresponden otras ocho oposiciones; en Empédocles, con el contraste entre la amistad y el odio, que Aristóteles interpreta como el Bien y el Mal ; en Anaxágoras con el caos primitivo y la inteligencia (Nous); en los atomistas, con el vacío infinito y la multiplicidad de corpúsculos invisibles.

 

Se acentúa en Platón, con los dos mundos: el mundo inteligible de las ideas, eterno, inmutable y necesario, y el mundo sensible de la materia, temporal, mudable y corruptible. Platón desvaloriza el mundo de la materia; de su doctrina procede la imagen del cuerpo como cárcel del alma.

 

El dualismo platónico reaparece completo en los neoplatónicos, aunque en éstos se añade la doctrina de la emanación, que liga ambos mundos.

 

Descartes acentúa el dualismo entre el espíritu (res cogitans) y la materia (res extensa). Kant introduce un nuevo dualismo: entre la razón pura y la razón práctica, el mundo natural de la apariencia (fenómeno) y el determinismo, y el mundo moral de la realidad en sí (nóumeno) y la libertad. Los espiritualistas posteriores insisten en el dualismo entre naturaleza y espíritu.

 

 A algunas de estas formas de dualismo se opone el monismo, que concibe todo lo real como un ser único, con diferencias no irreductibles, sólo graduales, entre sus manifestaciones; las diferencias pueden parecer irreductibles, en todo caso, por la limitación de nuestro conocimiento.

 

Estos dualismo metafísicos, ontológicos o gnoseológicos, según la radicalidad con que se admitan, pueden incidir en un dualismo estricto, o en otros conceptos de tipo racionalista que, como el monismo, tampoco reconocen el pluralismo de lo real, con sus diferentes grados y modos de ser y con los diferentes modos y métodos de conocimiento.

 

Entre los distintos seres que componen la realidad hay una unidad, pero no la identidad que supone el monismo ni la oposición en dos bandos que dice el dualismo: se trata de una unidad únicamente de origen, la que les da el formar parte de la creación, lo que lleva consigo una cierta unidad de orden y de fin.