Cruz del Languedoc 

 

El nombre de cátaro, viene del griego "katharos" (puro). También recibieron el nombre de albigenses, derivado de la ciudad francesa de Albi, una de las diócesis cátaras, pero esta denominación se debe más bien a que su raíz "alb" significa blanco.

 

La historia sabe de sus primeros movimientos en el sur de Francia por unos escritos del siglo XI entre obispos católicos, en los que se ponían mutuamente en guardia sobre ciertos grupos a los que denominaron cátaros. Más tarde, en la época de la Cruzada contra los cátaros, que arrasó la región del Languedoc, los cronistas los citan como los albigenses, o más generalmente, los herejes.

 

Hablando de sí mismos, los cátaros se llamaban sencillamente cristianos. Y el pueblo les llamó les bons hommes, los hombres buenos, porque veían que predicaban la caridad y la austeridad de Cristo con su mismo ejemplo.

 

A principios del siglo XI, por los polvorientos caminos del sur de Francia, aparecen estos extraños personajes. Caminan por parejas de ciudad en aldea, y de aldea en castillo a la manera de los trovadores y, como éstos, reciben techo y comida a cambio del encanto de su verbo. Llevan en lugar de la "vielle" (instrumento de cuerda de los trovadores), el báculo del peregrino. Visten hábito negro o azul oscuro con capuchón y de sus labios salen prédicas en lugar de canciones.

 

A estos personajes el Papa de Roma les describe: "Ciegos, perros mudos, simoníacos, que venden la justicia, absuelven al rico y condenan al pobre, no observan las leyes de la Iglesia, acumulan los beneficios, confían el sacerdocio a gentes indignas, tienen una bolsa en lugar de corazón y son la irrisión de los laicos".

 

Ahora bien, estos hombres son delgados, no poseen ni caballos ni mulas, van con la bolsa vacía, no tienen ojos para las mujeres y, cosa todavía más rara, trabajan con sus manos, si la ocasión se presenta, para ayudar a un tejedor a terminar su tarea o a un labrador a arar. "La fe sens obras morta és" (muerta es la fe sin las obras), solían decir.

 

Verdaderamente, si son religiosos, hace mucho tiempo que por aquellas tierras no se habían visto religiosos como ellos. Pronto el pueblo, con afectuosa familiaridad, les ha dado el nombre de les bons hommes (los buenos hombres). También se les llamará Perfectos.

 

Estos perfectos son los apóstoles de una doctrina, que, en menos de un siglo, va a conquistar todo el País de Oc (región del sur de Francia conocida con el nombre de Languedoc, literalmente "Lengua de Oc"). Los que abracen su fe serán llamados cátaros o albigenses.

 

 

 

Origen del catarismo

 

 

Al catarismo se le emparienta con varias escuelas antiguas. Principalmente,  con el maniqueísmo y con el gnosticismo. 

 

De los maniqueos nos dice Krum-heller: "El maniqueísmo, aquellos gnósticos del segundo siglo, al cual perteneció como sacerdote San Agustín, aunque la Iglesia dice que sólo aparentemente".

 

En el siglo VII, en medio de un catolicismo que se iba imponiendo, el maniqueísmo estaba presente en la futura región cátara, en Narbonne, en Cataluña, etc. Lo cual, los católicos consideraron como una herejía que debía ser exterminada por la fuerza.

 

La presencia de las llamadas "herejías" siempre han acompañado a la Iglesia Católica. Porque allí donde hay dogma, hay herejía, es decir, contestaciones, discusiones doctrinarias, levantamientos que no aceptan el despotismo de Roma, aún a riesgo de terminar en la hoguera. Así en el s. X, en Cambrai, fue quemado un hombre sólo porque protestó contra la evidente simonía y fornicación de los clérigos.

 

En el siglo XI se produjo un resurgimiento del antiguo maniqueísmo y varios maniqueos perecieron en la hoguera cerca de Turín en 1030; otros, como el sacerdote Pierre de Bruys, buen orador, de vida intachable, que impresionaba a las multitudes predicando la doctrina maniquea no tardó en ser alimento de las llamas en Saint-Gilles, ante el asombro y la conmoción del pueblo que lo estimaba.

 

A pesar de todo esto, en el Languedoc, se esparce todo un movimiento "herético" que recoge antiguas tradiciones y es contestatario a las circunstancias de su momento. Estos herejes tienen en común un fondo maniqueo, una raíz dualista en su visión cosmológica. Aunque ellos mismos se definen, simplemente, como verdaderos cristianos.

 

Pero la Iglesia Romana "triunfante” persigue ferozmente toda diferencia y competencia porque, obviamente, ambiciona una soberanía temporal a la vez que espiritual. Las grandes órdenes católicas son "señoriales", los obispos son los dueños y señores, y junto con los abades conforman una nueva aristocracia, perciben diezmos y poseen importantes dominios. Es frecuente la vida licenciosa en todo el clero.

 

Con todo este desorden, son muchos los que ponían en tela de juicio, no solamente a los representantes de la Iglesia sino, a la Iglesia Católica, afirmando que ella había traicionado el cristianismo primitivo.

 

Y en este ambiente, llegó el ejemplo de austeridad de la Iglesia Cátara en contraste con el lujo y la vida corrupta y relajada de los clérigos romanos. Los cátaros predican una vuelta al cristianismo primitivo original. Su modo de vida se basa en la observación pura de los preceptos del Cristo y, particularmente, en su Sermón de la Montaña. Su principal libro sagrado es el Evangelio de Juan. Se dicen seguidores de Pablo de Tarso, su oración es el "Pater", el Padre Nuestro, y aman profundamente a Cristo.

 

Su doctrina se presenta como un evangelismo renovado, y recuerda a la de los maniqueos y a la de los gnósticos cristianos.

 

De su relación con el gnosticismo dan testimonio los más relevantes estudiosos del tema: "Uno de los continuadores de los gnósticos primitivos fueron los albigenses" (Krum-heller). "Muchos gnósticos fueron quemados vivos, tenemos a los albigenses, fueron asesinados también en la hoguera" (V. M. Samael)."Los albigenses, descendientes de los gnósticos..." (H. P. Blavatsky)

 

Los cátaros decían: "La verdadera religión no es la teología, es conocimiento, sabiduría y vida",  frase propia de los gnósticos. El catarismo es una forma del gnosticismo porque explica que las almas se liberan gracias a un conocimiento total, del bien y del mal. Además el catarismo desarrolló una profunda enseñanza esotérica-gnóstica frente a la doctrina literal y dogmática del catolicismo, sus continuas explicaciones del “Padre Nuestro” son un ejemplo de ello.

 

Por tanto cabe preguntarse: ¿Eran los cátaros maniqueos, gnósticos, paulicianos, o más bien cristianos juanistas? Los buenos hombres se hubiesen quedado sin duda muy sorprendidos de que se plantease tal problema respecto a ellos. Parécenos escuchar aún su respuesta: "Todas las iglesias que enseñan como verdad lo que no es más que una imagen están corrompidas, y todas estarían en el camino recto si, tras los cambiantes velos de las alegorías, supiesen descifrar el mensaje indivisible del espíritu".

 

 

 

Dualismo y Filosofía

 

El dualismo, base doctrinal del catarismo, responde a la gran interrogante, simple pero eterna y fundamental: ¿De dónde viene el Mal y su cortejo de guerras, epidemias, sufrimientos diversos e injusticias? Hay dos principios  -afirman los dualistas-, el Bien y el Mal. El Mal, cuyo dominio está en el mundo material (la tierra, el cuerpo humano), no ha sido creado directamente por un Dios de bondad, de donde sólo emana el Bien, el mundo del espíritu.

 

El catarismo, por ello, se inscribe en la gran tradición dualista nacida con Zoroastro, continuada por gnósticos, maniqueos, paulicianos, bogomiles, etc. Se considera que el dualismo se fundamenta en la religión de Zoroastro (siglos VII-VI a.C.), quien había reformado y espiritualizado el mazdeísmo, religión bajo la cual había nacido este insigne Patriarca.

 

Zoroastro anunció que Arhimán, el poder del Mal, saldrá vencido del combate contra el Dios supremo quien acogerá en el Paraíso de Luz a quienes permanezcan, hasta el fin, fieles a Él. Este mundo no es sino el escenario de la Eterna Lucha entre los principios opuestos del Bien y del Mal. En esta lucha, ser martirizado por el demonio significa escapar del Mal, este martirio significa morir en lo temporal, morir en todos los elementos inhumanos y purificar el alma para triunfar en lo espiritual y poder exclamar como el Apóstol San Pablo: "Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte con victoria. ¿Dónde está, ¡oh muerte! tu aguijón? ¿Dónde, ¡oh sepulcro!, tu victoria?" . Esta fe es lo que dio a los cátaros su extraño valor ante la muerte y los tormentos de sus enemigos.

 

Algunos puntos básicos de su doctrina son: la creación, la caída y la salvación del hombre. Explican que este mundo con todas sus iniquidades no pudo ser creado por un Dios único y supremo, un Ser perfecto e incorruptible, y asentaron la existencia de dos principios: el Bien y el Mal. En el dios del Ben está el origen del alma y en el del dios del Mal la materia.

 

Una parte de las almas, engañadas por el dios del Mal, cayeron y se debatían en la materia, expiando sus faltas y errores. Sometidos a la reencarnación iban pasando de un cuerpo a otro hasta llegar, cumplida su expiación, a merecer nuevamente la vuelta al Padre, pues todas las almas, al ser de naturaleza divina, deben ser liberadas a la larga.

 

Afirmaban que Dios, quiso salvar al género humano de tanto sufrimiento y envió a su Hijo. Y a la manera de Pablo más que hablar de Jesús, el Cristo Histórico, los cátaros hablaban del Cristo Cósmico y del Cristo Íntimo que ha de nacer en el corazón del hombre. Por estas afirmaciones fueron calificados de blasfemos, herejes, malvados, sacrílegos...

 

Para comprender mejor sus enseñanzas, resumimos la historia que un perfecto, Guillaume Fabre, explicaba ante sus fieles cataros : “Al ver que su reino se empobrecía por la acción de los espíritus malos, dios preguntó a los que le rodeaban : "¿Quién de vosotros quiere ser mi hijo de manera que yo sea su padre?". Y como nadie contestaba, Jesucristo que era su ángel de confianza, le dijo: "Yo quiero ser tu hijo e iré donde quiera que me envíes". Y entonces Dios lo adoptó como hijo y lo mando al mundo para predicar el nombre de Dios".

 

Otras veces, ante los creyentes al hablar del Cristo Cósmico, los perfectos narraban el Mito del Pelícano, que dice: “El pelícano era un ave tan luminosa como el sol y seguía al sol en su carrera. Por lo tanto, a menudo dejaba solos a sus hijos en el nido. Fue durante su ausencia cuando intervino la bestia diabólica. Cuando el pelícano volvió, encontró a sus hijos despedazados. Enseguida los curó y resucitó.

 

Pero como los pelícanos habían sido muertos y resucitados varias veces, su padre decidió un día ocultar su luz y permanecer cerca de ellos en las tinieblas. Cuando llegó la bestia, la venció y la puso fuera de combate.”

 

La explicación que a este mito se le da en "El registro de inquisición del obispo Fournier" (tomo I, p. 358), es la siguiente: “El dios malo se encarnizaba en destruir las criaturas buenas que había hecho el verdadero dios. Y esto duró hasta que Cristo depuso o escondió su luz, es decir, hasta que se encarnó en la Virgen María. Entonces capturó al dios del mal y le relegó a las tinieblas del infierno. Y a partir de ese tiempo, el dios del mal no tuvo ya la posibilidad de destruir las criaturas del dios del bien.”

 

La idea de que el pelícano es un ave solar que sigue al sol en su carrera es una creación de los cátaros. Con ella expresaban que el Cristo Cósmico residía en la Luz inefable, en el Sol espiritual, y que para liberar a los suyos se sacrificaba, aceptando encarnarse en toda la manifestación cósmica.

 

Malentendidas estas explicaciones los católicos acusaban falsamente a los cátaros, como antes acusaron a los primitivos cristianos gnósticos, de decir: "Que el Cristo no tuvo verdadero cuerpo humano ni verdadera carne humana, como todos los otros hombres". Y, por tanto, que Jesús, una especie de eón o espíritu, no sufrió, ni murió, ni resucitó. Y que por eso los cátaros negaban la resurrección final en cuerpo de carne.

 

Respecto a su filosofía, básicamente, se reflejaba en un modo de vida. Como hemos comentado frente a la vida desarreglada de numerosos ministros católicos, el espíritu de caridad y la vida edificante de los buenos hombres les valieron la veneración y el prestigio del pueblo. Muy interesantes resultan los siguientes párrafos escritos por el inquisidor Gui:

 

Sería demasiado largo describir con lujo de detalles la manera en que estos mismos herejes maniqueos predican y enseñan a sus seguidores, pero hemos de considerarlo brevemente aquí.

 

En primer lugar, ellos generalmente dicen de sí mismos que son cristianos buenos, que no juran, ni mienten, ni hablan mal de otros; que no matan a hombre ni a animal, ni nada que tenga aliento de vida, y que tienen la fe del Señor Jesucristo y su evangelio tal como la enseñaron los apóstoles.

 

Ellos afirman que ocupan el lugar de los apóstoles, y, por motivo de las cosas antes mencionadas, es que la Iglesia Romana, a través de los prelados, los clérigos, y los monjes, y especialmente los inquisidores de la herejía, los persigue y les llama herejes, aunque son buenos hombres y buenos cristianos, y que son perseguidos así como lo fueron Cristo y sus apóstoles por los fariseos.

 

Además, ellos hablan al laicado acerca de la perversa vida de los clérigos y prelados de la Iglesia Romana, indicando y exponiendo el orgullo, codicia, avaricia e inmundicia de sus vidas, y otros tales males a su entender.

 

Ellos invocan con su propia interpretación y según sus habilidades la autoridad de los Evangelios y las Epístolas contra la condición de los prelados, eclesiásticos, y monjes, a quienes ellos denominan fariseos y falsos profetas, quienes dicen, pero no hacen.

 

Del bautismo, afirman que el agua es material y corruptible y es por lo tanto la creación del poder malo, y que no puede santificar el alma, pero que los eclesiásticos venden ésta por avaricia, tal como venden la tierra para enterrar a los muertos, y el aceite a los enfermos cuando los ungen, y tal como venden la confesión de pecados hecha a sacerdotes.

 

Por lo tanto ellos declaran que la confesión hecha a los sacerdotes de la Iglesia Romana es inútil, y que, puesto que los sacerdotes pueden ser pecadores, ellos no tienen potestad de soltar ni de atar, y, siendo impuros en sí mismos, no puede hacer limpios a otros.

 

Además ellos leen de los Evangelios y las Epístolas en la lengua vulgar, aplicándolas y exponiéndolas a su favor y contra la condición de la Iglesia Romana en una manera que lo tomaría demasiado tiempo describir con lujo de detalles.

 

Pero todo relacionado con este tema se puede leer de modo más completo en los libros que ellos han escrito e infectado, y pueden aprenderse de las confesiones hechas por aquellos de entre sus seguidores quienes se han convertido. (Del Manual del Inquisidor de Bernardo Gui, de principio del siglo XIV).

 

 

 

Organización

 

 

Entre los cátaros se distinguían los simpatizantes, los creyentes y los perfectos.

 

A los simpatizantes poco se les pedía, escuchar la predicación y practicar el "melhorier" (mejoramiento), gesto de respeto que consistía en arrodillarse al paso de un perfecto o buen hombre pidiéndole la bendición y la absolución.

 

Los creyentes debían de practicar la caridad, las buenas obras, la humildad, el perdón de las ofensas y la veracidad.

 

A los perfectos se les investía con el ritual del "consolament", que era la única diferencia iniciática que había entre creyentes y perfectos.

 

Pero vayamos despacio, descubriendo con imaginación la vida de estos insignes hombres, que aún hoy después de siete siglos de ausencia, siguen presentes en la región francesa del Lanquedoc.

 

 

Los Simpatizantes

 

 

Los simpatizantes escuchaban las predicaciones de los buenos hombres y los respetaban. Es más, veneraban la presencia del Espíritu Santo en el perfecto. Por esto, cuando un simpatizante cátaro encontraba a un perfecto, le saludaba de una manera muy particular: practicando "el melhorament", acto que era una petición para mejorar, es decir, para  progresar en el camino hacia el bien.

 

Era un acto en el que se arrodillaba o se inclinaba profundamente tres veces delante de ellos, y por dos veces pedía: "Buen cristiano (o buena dama), la bendición de Dios y la vuestra".  El perfecto le respondía: "Dios os bendiga". La tercera vez añadía:  "Señor (o buen cristiano o buena dama), rogad a Dios para que este pecador que yo soy, sea guiado hacia un buen final".  El perfecto contestaba: "Dios os bendiga, oramos a Dios para que os haga buen cristiano (o buena cristiana) y os conduzca a buen fin."

 

 

Los Creyentes

 

 

Eran los fieles, los hermanos, la masa de hombres y mujeres que "creían", los laicos de la Orden -constituida por los Buenos Hombres o Perfectos-.

 

La actitud de los creyentes durante la represión probó su fe y fidelidad a sus pastores. La ayuda aportada a los perfectos lo fue por todos o casi todos, sin preocupación por su vida o por sus bienes.

 

La religión cátara no era una religión fácil, pero era tolerante con los creyentes que eran débiles. Los creyentes poseían la fe pero no era la simple fe de carbonero. Era una fe encendida y vivida, fundada en el deseo de justicia, en la verdad y el deseo de saber más sobre lo divino. "Saber", aprehender el conocimiento y por éste, llegar a Dios, era su esperanza y su deseo.

 

Los creyentes observaban ya, viviendo en el mundo, una parte de las reglas impuestas a los perfectos (ayuno, oración, templanza).  Además realizaban un pacto o una convenenza por el cual la Iglesia Cátara se comprometía a darles  el "consolamentum".

 

Los creyentes, parte activa de la Iglesia Cátara, asistían a diversas ceremonias religiosas, donde escuchaban los sermones de sus pastores, y asistían a la fracción y bendición ritual del pan. Además debían meditar sobre las lecciones de los bons hommes, asistir a las oraciones recitadas en común y rezar individualmente.

 

En general, la moral y la virtud eran más elevadas entre los cátaros que entre los católicos, ya que practicaban, particularmente, una de las virtudes fundamentales del cristiano: la caridad entre ellos. Se consideraban como hermanos y se dedicaban una asistencia mutua, favoreciéndose hasta en los más pequeños detalles. Se cita el caso de una mujer que vendía grano y vertiendo una medida gratuita a un parroquiano, decía: "Toma, porque eres hermano", y como otro comprador remarcara con buena fe de católico: "Todos somos hermanos", ella respondía: "Nosotros nos comprendemos".

 

El ejemplo de los perfectos y la enseñanza paciente y continua de su Iglesia, alimentaba la inquietud de salvar sus almas para prepararles a una mejor vida y acortar así el número de existencias venideras antes de alcanzar la luz.

 

 

 

Los Perfectos

 

 

No se exigía ninguna condición precisa a los creyentes que solicitaban la iniciación, pero, la regla de vida de los perfectos era tan exigente que los cátaros preferían recibir en la orden a los creyentes que tuviesen una vida larga tras ellos. Por consiguiente, los postulantes tenían una cierta edad y habían probado una pureza en sus costumbres muy grande tras una vida de familia normal desde todo punto de vista.

 

Eran numerosas las parejas que, de común acuerdo, se destinaban tardíamente al ministerio. Entonces se separaban para prepararse cada uno por su parte. Normalmente, habían esperado que sus hijos fuesen adultos, o incluso, que hubiesen fundado un hogar. De todas formas, antes de su aceptación eran sometidos a una examen minucioso. La duración del período de iniciación permitía controlar los resultados.

 

Los perfectos eran muy a menudo de origen modesto. Hubo muchos artesanos y hombres salidos de medios rurales. Aun, si el catarismo fue bien acogido por los grandes señores y sobre todo, por los pequeños caballeros que formaban un buen número de creyentes notorios, hubo, relativamente, pocos perfectos entre ellos.

 

Puesto que el alma de los perfectos había recibido el Espíritu Santo estaba purificada, poseía más fuerza y voluntad y era normal pedirles más. Contrariamente a los clérigos católicos, los perfectos eran muy exigentes para con ellos mismos y trataban con mansedumbre a los creyentes.

 

Llevaban regla de pobreza -lo que no les impedía aceptar dones para mantener las comunidades y los pobres-, pero no eran mantenidos por nadie. Sus oficios eran de los más diversos, desde preceptor, mercader a artesano. Muchos fueron tejedores, hasta el punto de que a menudo se llamó a los cátaros los "tisserands" (los tejedores).

 

Hasta 1230, aproximadamente, los perfectos llevaban la barba y los cabellos largos, con diferencia de la gente de Lanquedoc que se afeitaban y se cortaban los cabellos. Se vestían de negro o de azul oscuro y llevaban en el cinturón un estuche de cuero que contenía un pergamino, manuscrito del Evangelio de Juan. En la cabeza, llevaban una especie de toca o boina. Cuando comenzó la Inquisición, evitaron ser conocidos por, su hábito y su pelo. El hábito que habían recibido en el momento del "consolament" fue reemplazado por un cordón simbólico alrededor del cuello para los hombres y para las mujeres, alrededor del talle, sobre sus vestidos.

 

Los buenos hombres vivían, en principio, en comunidad, excepto durante el tiempo de las predicaciones. En sus peregrinaciones vivían en casa de los creyentes o en las casas de la orden, manteniendo siempre su disciplina física y espiritual. Su oración era el "Pater", dicho por la noche, antes de dormirse, antes de comer y antes de toda empresa arriesgada.

 

Ni hombres ni mujeres podían tocar el cuerpo de un miembro del sexo opuesto. Se saludaban sin abrazos, excepto en el beso de paz de las ceremonias, pero, entonces, entre sexos diferentes, se inclinaban únicamente uno hacia otro.

 

La obligación del régimen vegetariano les hacía llevar con ellos su escudilla y su cuchara y una pequeña marmita, en la que se servían. La carne se servía a los creyentes pero no a  los perfectos. No debían comer nada que tuviera vida o que proviniese de la generación. Sólo el pescado escapaba a esta prohibición. En cuanto al vino, lo mezclaban con agua, pues solo lo aceptaban como simple cortesía hacia el que lo ofrecía. Practicaban el ayuno. Si el perfecto no tenía ocupación manual, tres días de ayuno, el lunes, miércoles y viernes. Y de cualquier manera, durante tres cuaresmas: antes de pascuas, después de Pentecostés y en Navidad. La primera semana de estas cuaresmas de cuarenta días era de extremo rigor, a pan y agua.

 

El juramento les estaba totalmente prohibido, como la simple verdad disfrazada y con más razón la mentira. Para evitar mentir, el perfecto utilizaba perífrasis, ponía sus frases en condicional. Multiplicaba los "Si Dios quiere" o "nosotros creemos ..."  precauciones oratorias que ponían la paciencia de los creyentes a prueba. Lo que predicaban en el acto lo llevaban a la practica, no apoyándose nunca en el razonamiento hipócrita de "haz lo que yo te digo, pero no lo que yo hago" tan común en muchos sacerdotes.

 

El perfecto no podía golpear ni matar, incluso un animal. No podían pues, defenderse contra un ladrón o carretero. No podían ni matar a un lobo ni a una serpiente. Si se encontraban un animal cogido en una trampa, debían librarlo y dejar en el lugar una suma equivalente al precio de la bestia. Por tanto no acudían a las guerras. Sólo las sufrían. Pero, obligados a no desanimar a los que defendían la religión por las armas, decían: "Es asunto de los creyentes".

 

Básicamente, el perfecto tenía el deber de no pecar. Si se dejaba llevar por una mínima falta, pero importante para él, recitaba el "Pater", ayunaba y se mortificaba, esperando el "servicium", confesión global que se hacía en público, al principio de todos los meses en presencia del obispo o del diácono, de perfectos y de creyentes. Su máxima era: El más mínimo mal se convertirá en el mal entero.

 

Al llevar una vida espiritual, menospreciaban o, mejor dicho, disciplinaban su cuerpo, oraban mucho, meditaban y se olvidaban de sí mismos en provecho de los demás: se sacrificaban por su prójimo.

 

Las perfectas, que residían generalmente en las "casas", cuidaban a los enfermos en los hospicios y se dedicaban poco a las predicaciones itinerantes. La predicación era la tarea principal del perfecto. Se mezclaba con el pueblo y, según las circunstancias, sin hacerse reconocer en principio, como buhonero o mercader, médico o adivino, y así iba, de feria en feria. En el curso de las reuniones y de las veladas, comentaba un pasaje del Nuevo Testamento y cumplía la tarea de hacer nuevos adeptos.

 

Mientras que pudieron, los perfectos predicaron todos los domingos y los días de fiesta. La prédica dominical era para el creyente semejante a la misa de los católicos. Hasta el último momento siguieron predicando de una ciudad a otra, como ovejas entre lobos, según les gustaba decir, llevando el mensaje de la Iglesia perseguida y pobre. En el tiempo de la persecución, continuaron su apostolado, poderosamente ayudados por los creyentes. Tenemos el caso de Jacques Autier, miembro de una familia devota por entero del catarismo, que predicó en la Iglesia del Convento de la Santa Cruz en Toulouse, protegido por los tolosanos. Era el año 1305, en la época en la que el Santo Oficio extendía el terror.

 

Además del apostolado por la predicación y los oficios, los perfectos, infatigables andadores, acudían,  en todo tiempo, a los lugares más perdidos, para administrar el "consolamentum" a los moribundos.

 

Los perfectos caminaban siempre de dos en dos, dos mujeres o dos hombres. El compañero del perfecto se llamaba el "socius", y este compañerismo permitía una vigilancia mutua y una ayuda en el camino de la salvación. Es posible que existiera una clase de pacto entre el perfecto y el "socius". De todas formas, su destino estaba ligado y, frecuentemente, se vio a los dos cátaros detenidos, juzgados, condenados y quemados como si sólo fueran uno.