El origen de la masonería se halla en los gremios medievales de la construcción. Encontramos alusiones a los constructores en los símbolos masónicos: la escuadra y el compás. También las hay en los grados de la masonería: aprendiz, compañero, maestro, intendente de fábrica (se llama fábrica a las obras en construcción), gran maestro arquitecto, etc. Por otra parte, la palabra masón, tanto en francés (maçon) como en inglés (mason) significa albañil. El término logia, que actualmente designa a las cofradías de masones, aludía en su origen a las construcciones de madera que se levantaban al pie de la obra, en las cuales los albañiles especializados trabajaban durante el invierno y los días de mal tiempo. Ellas funcionaban como clubes de albañiles; allí se descansaba, se conversaba y se discutían temas del oficio.



Son muchos los mitos y leyendas que se han urdido para crear un halo de misterio en torno a esta cofradía. Esto resulta natural por tratarse de una sociedad secreta y por el hecho de que los relatos sobre ritos esotéricos, tramas ocultas y arcanos milenarios encuentran gran aceptación entre la gente más proclive a creer en fantásticas historias cargadas de valor literario que en, la siempre más prosaica, realidad histórica. Muchas de las leyendas fueron creadas por los masones a fin de dar más prestigio a su cofradía. La naturaleza del verdadero origen de la masonería, fue la causa de que muchos de los mitos tuvieran por protagonistas a santos y personajes bíblicos relacionados con el arte de construir. Dichos personajes, cuando no eran tergiversaciones de figuras que aparecen en las sagradas escrituras, eran meras invenciones.



Uno de los mitos remonta el origen de la masonería a los tiempos del rey Salomón. Según una versión de la leyenda, para edificar su famoso templo, Salomón hizo venir al mejor arquitecto de Tiro: Hiram Abiff. Éste conocía el secreto del templo y, por ello, fue secuestrado por tres villanos que lo amenazaron de muerte si no se los revelaba. Hiram se negó y fue asesinado. Al enterarse, y preguntándose cual sería el secreto, Salomón envió a tres albañiles para encontrar el cadáver. Les dijo que, en caso de que no hallaren el secreto junto al cuerpo de Hiram, lo primero que vieran sería, de allí en más, el secreto del templo. Los albañiles no hallaron nada junto al cadáver y lo primero que vieron cuando abrieron el sarcófago fue la mano del difunto arquitecto. De allí en más, el apretón de manos se convirtió en el nuevo secreto.



Otra leyenda es la de los cuatro santos coronados. Cuenta que en Roma, durante el reinado del emperador Diocleciano, cuatro masones cristianos, cuyo talento para el arte de la construcción era insuperable, fueron obligados a renegar de su religión. Éstos se negaron y por ello fueron encerrados vivos en unos féretros de plomo y arrojados al Tíber. De aquí proviene el nombre de una de las logias más famosas de Inglaterra: “Quatuor Coronati Lodge”



Pero ¿qué hay de los secretos? En muchos documentos de los gremios de la construcción medievales se recomienda a sus miembros no revelar secretos referentes al oficio. En otros, la existencia de los mismos se da por sobreentendida. Los conocimientos sobre los cuales se sugiere tácitamente mantener la discreción no son más que las mañas propias de su menester. En el caso de los morteleros éstas podrían ser, por ejemplo, las dosificaciones de las mezclas; en el de los canteros, la forma de labrar las piedras de modo tal que su grano conserve en la construcción la misma posición que tenía en el lecho de la roca; etc.



Pero este llamado a la discreción era común a casi todos los gremios medievales especializados. Su propósito era el de evitar la difusión de los pequeños secretos del oficio que pudieran generar una competencia indeseable y de menor calidad.



En otros documentos se recomienda -entre otras cosas- mantener la discreción sobre todo lo sucedido y oído en las logias. Esto, que pareciera encubrir ritos esotéricos, no busca otra cosa que evitar que los comitentes se enteren de cuestiones internas de la obra que no sería prudente que llegaran a sus oídos.



También hubo otro tipo de secretos. En Inglaterra, después de que la epidemia que comenzó en 1338 -conocida como la peste negra- se cobrara la vida de entre un tercio y la mitad de la población de Europa, la mano de obra sobreviviente adquirió, por su escasez, un fuerte poder de negociación. Ello generó un considerable aumento del costo de la mano de obra. Los reyes intervinieron fijando salarios máximos. A pesar de las multas establecidas para quienes violaran la norma –tanto los que pagaban como los que cobraban- los constructores formaron sindicatos que establecían los salarios reales, muy por encima del legal. Como estos sindicatos eran ilegales, sus reuniones y decisiones debían mantenerse en la más absoluta reserva. Pero esta situación se mantuvo, tan sólo, durante dos o tres años, al cabo de los cuales no se hicieron más intentos por bajar el costo de la construcción.



En Francia, los trabajadores de la piedra franca (francmaçons), organizaron un sindicato, “los Compagnons”, al cual se sumaron trabajadores de otros rubros. Pretendían negociar los salarios en representación de los trabajadores de los diversos oficios. El rey prohibió los sindicatos pero sus miembros siguieron trabajando en la clandestinidad.

 

 

 



Para hablar de la situación de Escocia conviene hacer previamente una aclaración. Para la construcción de los edificios medievales se usaban dos tipos de piedras: la piedra dura, con la cual se construía la masa del edificio, y, una más blanda y fácil de esculpir, llamada piedra libre o franca, que era utilizada para la infinidad de piezas ornamentales -esculturas, molduras, gárgolas, pináculos- que decoran los edificios góticos. Los obreros que trabajaban esta piedra tenían una altísima calificación –de hecho eran escultores- y recibían el nombre de “francmasones”, que, equivale a decir albañiles de la piedra franca.



En Escocia, a diferencia de Inglaterra y Europa continental, la piedra franca era prácticamente inexistente. Consecuencia de ello era que los francmasones no pudieran demostrar su pericia en forma constante y muchas veces se emplearan “cowans” (tabiqueros) en lugar de ellos. Con el fin de evitar esta competencia indeseable, los maestros francmasones elaboraron un código de señales para reconocerse entre sí: el apretón de manos y una palabra clave, conocida como “la palabra masónica”. Estas señas de reconocimiento no existieron nunca en Inglaterra ni en Europa continental debido a que eran innecesarias. Un dato curioso es que hoy en día, los masones angloparlantes siguen llamando cowans a los no masones.



Pero había un secreto importante que se guardaba bajo siete llaves, y que era el secreto de los masones. Éste no tenía nada que ver con cuestiones políticas ni con las mañas del oficio. En la Edad Media, debido a que las medidas variaban de un lugar a otro, los planos se hacían sin cotas ni escalas. Ni siquiera se consignaban módulos en los mismos. Sólo se establecía en la obra un módulo base, materializado en una vara de madera cuya medida era determinada in situ por el arquitecto. Todo el edificio se construía a partir de proporciones partiendo de ese módulo. Éstas se basaban en formas geométricas abstractas cuyas propiedades era indispensable conocer para poder llevar a cabo la edificación. Los patrones para proporcionar los edificios estaban someramente señalados en los planos o eran transmitidos oralmente. Generalmente, las plantas estaban regidas por relaciones de cuadrados (ad quadratum) y las elevaciones por triángulos (ad triangulum). Las propiedades de estas figuras eran conocidas desde la antigüedad; de hecho, ya Platón hablaba de ellas. Éste era el verdadero secreto de la masonería medieval: el conocimiento del método que permitía decodificar los planos y esquemas geométricos para poder levantar la construcción. Gran parte de la belleza de las catedrales medievales la debemos a estas relaciones matemáticas que se ocultan tras las formas. Las elevaciones de las catedrales francesas están basadas en el triangulo equilátero, la de Milán en el triángulo pitagórico que es aquel cuyos lados tienen una proporción 3, 4, 5. La geometría aplicada a la construcción no sólo tenía un fin práctico, había otro simbólico. Los sabios medievales consideraban que las matemáticas eran el punto de encuentro entre el mundo terreno y Dios. De allí la importancia de regir la casa del Señor bajo un sistema de armoniosas proporciones geométricas.



Pero ¿de dónde sacaron los constructores medievales estos conocimientos de geometría? Se sabe que, después de la caída del Imperio Romano, muchos conocimientos de la antigüedad se perdieron. Sin embargo, en la Baja Edad Media, gran parte del saber antiguo volvió a Europa de la mano de las traducciones de los clásicos efectuadas por los árabes. La transmisión cultural se producía en la península ibérica -dominada en parte por los califas musulmanes- y luego se difundía en las universidades y escuelas europeas. Por otra parte, los constructores ya habían redescubierto empíricamente algunos de aquellos conocimientos.

 

El método para construir las elevaciones a partir del plano no fue siempre secreto. Fue recién en la Edad Media tardía, cuando los gremios, ya muy bien organizados, buscaron preservar los privilegios del conocimiento para evitar la competencia y para que sólo sus hijos o elegidos pudieran desempeñar el oficio. En 1459, año en que las logias de Viena, Estrasburgo, Salzburgo y otras ciudades unificaron sus estatutos, emitieron un documento que exhortaba a sus miembros a mantener el secreto: “Tampoco ningún obrero, ningún maestro, ningún conchabado, ningún jornalero, enseñará a nadie que no sea de nuestro gremio ni haya hecho nunca trabajo de albañil cómo proyectar los perfiles (a partir) del plano” El secreto masónico no concernía a los obreros menos calificados, para cuyo conocimiento no estaban ni lejanamente preparados. Era un secreto entre operarios altamente especializados -posibles contratistas- para con los de su misma condición. En 1486 el arquitecto alemán Matthäus Roriczer publicó, bajo el auspicio del obispo de Ratisbona, un pequeño tratado titulado “El libro de la construcción exacta de los pináculos”. Éste contiene varios dibujos a través de los cuales se devela el secreto. Posteriormente, ya en el Renacimiento, los arquitectos comenzaran a hacer los planos en escala con lo cual el secreto perderá su razón de ser.



En la baja Edad Media era frecuente que los gremios (no sólo el de la construcción) incorporaran a personas importantes, que eran ajenas a los mismos, con el fin de ganar prestigio. Entre ellos se encontraban burgueses, nobles y hasta reyes. Esta pertenencia era, a veces, simbólica, otras tantas, había algún interés particular debido a que los incorporados solían ser clientes del gremio en cuestión.



El gremio de la construcción -la masonería- se fue ampliando gradualmente. Primero fueron aceptados los hijos de los miembros, posteriormente los funcionarios reales que inspeccionaban las construcciones. Hasta que, al final, se aceptaba a casi cualquier persona de prestigio. Durante los siglos XVI y XVII las logias masónicas crecieron enormemente gracias la propagación de sus leyendas. En 1717, se unifican las cuatro principales logias inglesas. Se considera que este acontecimiento marcó el fin de la masonería operativa, dando comienzo a la masonería especulativa. Ésta ya no tendrá ninguna relación con la construcción y sus objetivos serán más bien sociales y, ocasionalmente, políticos.



Dentro de la variedad de ritos de la masonería especulativa, el que tendrá mayor difusión será el escocés. Éste establecerá las señales de reconocimiento de los francmasones medievales de Escocia que, por esta causa, se difundirán por todo el mundo.

 

 

Por Augusto Rocca Arq.