Esenios
Esenios
Flavio Josefo
Qumran
Los manuscritos
Sus leyes
Dudas
Volver a Inicio
PDF Imprimir E-mail
 

 

 

Según sea su tiempo de vida ascética, se dividen en cuatro grupos, y los más nuevos son hasta tal punto considerados como inferiores que si por casualidad tocan a algunos de los antiguos, éstos deben lavarse igual que si hubiesen sido tocados por algún extranjero. Viven largo tiempo, y muchos de ellos llegan a centenarios, gracias a la sencillez de su alimentación y también por su forma regular y moderada de vivir. Desprecian las adversidades y dominan el dolor con la ayuda de sus principios, y consideran que una muerte gloriosa es preferible a la inmortalidad. Su guerra contra Roma demostró fuerza de alma en todos los aspectos, porque, aunque sus cuerpos eran atormentados, dislocados, quemados o desgarrados, no se consiguió que maldijesen a su legislador o que comiesen algo prohibido por su ley; tampoco suplicaron a sus atormentadores ni derramaron una lágrima, antes sonreían en medio del dolor, se burlaban de sus verdugos y perdían la vida valerosamente, como si estuvieran convencidos de que tornarían a nacer.

 

Esta opinión la sostenían todos ellos, es decir, los cuerpos son corruptibles y su materia no es permanente; sus almas son inmortales, imperecederas, proceden de un aire sutilísimo y entran en los cuerpos, donde se quedan como encarceladas, atraídas con halagos naturales. Cuando se libran de las trabas de la carne se regocijan y ascienden alborozadas como si escapasen de un cautiverio interminable. Las buenas almas, y en esto coinciden con la opinión de los griegos, tienen sus moradas allende el Océano, en una región exenta de lluvia, nieve y calor excesivo, porque es refrescada de continuo por la suave caricia del viento occidental que llega a través del Océano. Las almas malas van a un paraje oscuro y tempestuoso, henchido de castigos eternos. Y en verdad se me antoja que los griegos tuvieron la misma idea cuando señalaron las islas de los bienaventurados para los personajes que denominan héroes y semidioses; y a los malos les han señalado el Hades, donde, de acuerdo con sus fábulas, ciertas personas, tales como Sísifo, Tántalo, Ixión y Titio, reciben su castigo, teniendo por cierto en principio que las almas son inmortales. Esto es un incentivo para la virtud y una admonición para la maldad, porque los buenos mejoran su conducta con la esperanza de la recompensa tras su muerte, y las inclinaciones viciosas de los malos se refrenan con el miedo y la esperanza, pues, aunque se oculten en esta vida, sufrirán castigo eterno en la otra. Éstas son, pues, las divinas doctrinas de los esenios acerca del alma, que encierran un señuelo irresistible para quienes han sido atraídos por su filosofía.

 

 

Hay entre ellos algunos que aseguran saber las cosas futuras con la lectura de sus libros y varias clases de purificaciones, amén de estar muy versados en los dichos de los profetas. Muy pocas veces sus predicaciones resultan fallidas.

 

 

Existe además otra orden de esenios, que están de acuerdo con los anteriores sobre conducta, costumbres y leyes, pero difieren en la opinión del matrimonio. Dicen que el hombre ha nacido para la sucesión y que, si todos los hombres la evitasen, se extinguiría la raza humana.

 

Sin embargo, ponen a sus mujeres a prueba durante tres años, y si hallan que sus purgaciones naturales son idóneas y aptas para la procreación, se casan con ellas.

 

Pero ninguno se acerca a su esposa mientras está embarazada, como en demostración de que no se casan por placer, sino con vistas a la multiplicación. Las mujeres se bañan con las túnicas puestas, lo mismo que los hombres. Éstas son las costumbres de esta orden de esenios.

 

 

 

NOTAS:

  1. Durante la supremacía de Jonathan (160-142 a. C.)
  2. En este caso Josefo acomoda su léxico al de los lectores paganos; pero piensa en la omnipotente Providencia.
  3. Los pobres, sobre todo si no llevan nada consigo, poco o nada han de temer de los ladrones; pero estos pobres eran esenios que proclamaban la sumisión al poder romano y se desentendían incluso de la fabricación de armamentos. Sostenían que toda autoridad viene de Dios. Esta doctrina significaba la anatemización de los zelotas, a los que Josefo suele llamar bandidos. Defendían que era una traición a la única realeza de Dios, el privilegio sagrado de Israel, y consideraban derecho suyo, e incluso su deber, matar a los culpables de desobedecer la Ley divina.
  4.  Sorprenderá al lector el voto de abstenerse del latrocinio o bandidaje, que parece desplazado en el caso de individuos que profesaban la total pobreza individual. Ello indujo a Lagrange, Judaisme, Pág. 314, n. 3, a considerar el texto corrupto. Mas Josefo emplea a menudo la palabra "bandido", "ladrón", en el caso del partido cuyos principios describe como los de la cuarta "filosofía" judía; se llamaban a sí mismos "zelotas", porque les movía el celo por la religión nacional, y en particular, por el único señorío de Dios. No admitían como gobernantes a personas de origen extranjero; esta doctrina chocaba abiertamente con la de los esenios, según la cual el hombre sólo recibe el poder por voluntad de Dios y, por lo tanto, hay que obedecer a quienes lo detentan; La lealtad a los gobernantes era una parte del juramento de los candidatos. Los zelotas llevaban un puñal con el que castigaban inmediatamente las infracciones de las leyes de Dios, en lo cual tomaban como ejemplo e imitaban el acto del sacerdote Pinehas (Números 25, 7). Naturalmente, la propiedad de los que discrepaban de esta opinión no quedaba inmune. Como se comprenderá, el partido se engrosaba con personas cuyos fines distaban de ser tan honestos, de ahí que llegara a ser llamado de los "bandidos" y asimismo de los sicarios (de "sica", el puñal que portaban). Lo del juramento puede ser una adición posterior, cuando las actividades de los zelotas fueron notorias.