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La encíclica llegó a Roma a finales de 1938 pero no se sabe por qué, no fue elevada a Pío XI. Pacelli, convertido en el papa Pío XII el 12 de marzo de 1939, ocultó el documento en los archivos secretos y les dijo a los cardenales alemanes que iba a mantener relaciones diplomáticas cordiales con Hitler. Estaba convencido de que los judíos se habían procurado su suerte: intervenir a su favor sólo podía llevar a la Iglesia católica hacia coaliciones con fuerzas hostiles al Vaticano. Lo mejor era seguir aliados al Eje fascista.

 

Naturalmente, al papa Pío XII y a toda la Iglesia católica, la suerte de los comunistas y antifascistas les importaba un bledo, por más que les arrancasen el pellejo a tiras en los campos de concentración.

 

Tras los antifascistas, las deportaciones a campos de exterminio siguieron, momento en el que Pío XII pudo mostrar todo su amor por el III Reich. En el excepcional puesto de observación mundial del Vaticano, fue puntualmente informado sobre las atrocidades alemanas desde los primeros días de la ocupación de Polonia y aplaudió las masacres del Eje: poblaciones atacadas, bombardeadas, polacos, judíos, serbios, cíngaros, enfermos mentales alemanes asesinados ya antes del comienzo de la guerra. Pacelli defendió entonces las necesidades vitales del Reich, expresión transparente sobre los derechos del Reich a hacer cualquier cosa para alcanzar sus objetivos.

 

Pacelli conocía bien los planes nazis para exterminar a los judíos de toda Europa. A lo largo de 1942, recibió información fiable sobre los detalles de la solución final provista por los británicos, franceses y norteamericanos en el Vaticano. El 17 de marzo de 1942, representantes de las organizaciones judías reunidos en Suiza le enviaron un memorando a través del nuncio papal en Berna, donde detallaban las violentas medidas antisemitas en Alemania y en los territorios ocupados. El informe fue excluido de los documentos de la época de la guerra que el Vaticano publicó entre 1965 y 1981.

 

En septiembre de 1942 Roosevelt envió a su representante personal, Mylon Taylor, a que le pediera a Pacelli una declaración contra el exterminio de los judíos. El papa se negó a hablar porque debía estar por encima las partes beligerantes.

 

El 24 de diciembre de 1942, finalmente, habló de aquellos cientos de miles que, sin culpa propia, a veces sólo por su nacionalidad o raza, reciben la marca de la muerte o la extinción gradual. Esa fue su denuncia pública más fuerte de un exterminio brutal.

 

Durante toda la guerra guardó silencio y quien calla otorga. Pero cuando en 1943 empezaron a caer las primeras bombas en la mismísima Roma, Pio XII rompió su silencio y pensando en la seguridad y preservación del Vaticano, se apresuró a declarar a Roma ciudad santa. Para entonces ya habían muerto millones de personas, pero al papa no le importaba más que su Vaticano. Sus apariciones públicas se hicieron cada vez más frecuentes e, implorando al cielo, llamaba a la paz. Los paracaidistas de la Wehrmacht y la Gestapo cuidaron de que el Vaticano siguiera siendo un oasis en medio de la destrucción y la muerte de la guerra. Ellos hicieron de guardaespaldas de Pio XII. Delante de sus narices más de mil judíos romanos fueron deportados por los alemanes sin que se volviera a saber nada más de ellos. En una Italia sumida en el caos, con tres gobiernos paralelos, Roma había sido abandonada por los miembros del gobierno e incluso por el Rey. Mussolini gobernaba desde el norte en Saló, Badoglio y el Rey estaban en el sur en Bari con los aliados y el resto de Italia estaba conociendo el rigor de los nazis que trataban a los italianos como traidores. Roma que hasta 1943, había vivido la guerra en una isla, ahora padecía en carne propia el ruido de los aviones y el espantoso efecto de las bombas. Barrios enteros se transformaban en segundos en un cúmulo de desperdicios. Pío XII desde sus ventanas del Vaticano asistía junto a la curia y las monjas de servicio a algo que hasta entonces había sido impensable. Los aliados no respetaban a Roma, la ciudad milenaria y cuna de la cristiandad. Si no se paraban, el Vaticano también iba a ser víctima de las bombas aliadas o del saqueo nazi.

 

Pero hay algo peor. Tras la guerra, Pío XII organizó con Montini -hombre de confianza a la vez de los alemanes y de los norteamericanos, luego Papa con el nombre de Pablo VI- y Hudal la red de salvamento para los criminales de guerra, las Rats Lines financiadas por Estados Unidos. Albergó en los palacios del Vaticano a ilustres criminales de guerra entre ellos ex-ministros de monseñor Tiso, como Karel Sidor, autor de la legislación antijudía de Eslovaquia.

 

Durante la guerra fría, hasta que murió en 1958, el mandato de Pio XII se caracterizó por el respaldo fanático que dio a la Guerra Fría contra la URSS.