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El 14 de julio de 1933, Hitler dijo a su gobierno que el concordato había creado una atmósfera de confianza especialmente significativa en la lucha urgente contra el judaísmo internacional. Aseguraba que la Iglesia Católica le había dado su bendición pública, dentro del país y fuera de él. Goebbels y su equipo de propaganda lanzaron el mensaje a los cuatro vientos: la Santa Sede aprobaba la política nacional-socialista. El Concordato entre Hitler y el Vaticano creó un clima ideal para el exterminio de todos los antifascistas.

 

Pacelli y el Vaticano nada dijeron de la quema del Reichstag, que imputaron falsamente a Dimitrov y a la III Internacional, y silenciaron la persecución de todos los antifascistas. A medida que las persecuciones crecían en Alemania, Pacelli no se quejó y las respaldó al afirmar que la criminal política del III Reich era un asunto interno de Alemania.

 

La relación de los católicos -una minoría en Alemania- con los nazis no es que fuera buena: era íntima; cada 20 de abril, cumpleaños de Hitler, el cardenal Bertram en Berlín enviaba sus más calurosas felicitaciones al Führer en nombre de los obispos y las diócesis de Alemania con las fervientes plegarias que los católicos de Alemania envían al cielo desde sus altares.

 

Pacelli promovió la carrera eclesiástica de los curas nazis de la Iglesia austriaca y alemana: el austriaco Hudal, rector del Instituto romano de la Anima, uno de los pilares del pangermanismo que se pasó de lleno al nazismo, campeón del Anschluss, nombrado obispo de Ela para festejar el advenimiento de Hitler, glorificó mediante la pluma -en 1936- la alianza entre la Iglesia y el nazismo y exaltó el antisemitismo. Gröber, llamado el obispo pardo de Friburgo, era desde 1932 miembro activo de las SS y, a partir de 1933, fue encargado por Pacelli de misiones políticas decisivas. En 1935 -el año de las leyes de Nuremberg- publicó con el aval de Roma un manual de cuestiones religiosas que le convirtió en campeón de la sangre y de la raza. Después de años en el Germanicum de Roma, otro vivero del pangermanismo que se hizo nazi, Pacelli aupó al croata Stepinac al arzobispado de Zagreb en 1937: gobernador de Zagreb en 1939, donde garantizaba la influencia hitleriana, este arzobispo, antes de convertirse en el segundo personaje oficial de la Croacia independiente de Ante Pavelitch, anteriormente a la invasión alemana del 6 de abril de 1941 contra Yugoslavia, encarnaba el antisemitismo financiado por el gobierno hitleriano.

 

En enero de 1937, tres cardenales y dos obispos alemanes viajaron al Vaticano para protestar contra la persecución nazi de la Iglesia Católica, a la que se le había suprimido la actividad pública. Ellos ignoraban los acuerdos entre bastidores para sacar a los católicos de la vida política y dejar las manos libres a los nazis. Pío XI lanzó entonces una encíclica, escrita bajo la inspiración de Pacelli, ya secretario de Estado del Vaticano, donde no había ninguna condena explícita de la represión, las persecuciones y el racismo.

 

Tras la anexión de Austria en 1938, Hitler -austriaco de nacimiento- llegó a Viena, se entrevistó con el cardenal Innitzer quien pidió que se acogiera la anexión con buena voluntad, e incluyó, como le había pedido el Führer, que las organizaciones juveniles católicas se prepararan para incorporarse a las del III Reich. Pocos días después Innitzer encabezaba una declaración del episcopado austriaco en la que se daba la bienvenida y se ensalzaba al nacional-socialismo.

 

En el verano de 1938, mientras agonizaba, Pío XII se preocupó de justificar el antisemitismo en Europa y encargó la redacción de otra encíclica dedicada al tema. El texto, que nunca vio la luz del día, se descubrió hace poco. Lo escribieron tres jesuitas, pero presumiblemente Pacelli estuvo a cargo del proyecto. Se iba a llamar Humani Generis Unitas (La unión de las razas humanas) y estaba llena de aquel racismo simplón que Pacelli había demostrado siempre en Alemania. Los judíos -dice el texto- eran responsables de su destino; dios los había elegido, pero ellos se negaron y mataron a Cristo y cegados por su sueño de triunfo mundial y éxito materialista se merecían la ruina material y espiritual que se habían echado sobre sí mismos. El documento añadía que no se podía defender a los judíos como exigen los principios de humanidad cristianos porque podía conllevar el riesgo inaceptable de caer en la trampa de la política secular.