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El cristianismo se convirtió en una religión reconocida por el Imperio Romano en el año 312 y, poco después, en el año 325 se convocó el Concilio de Nicea -el primero- donde los más de 300 obispos asistentes resolvieron romper todo lazo de relación con los judíos. Entre otras cosas, la Pascua (Semana Santa) debía ser observada en una fecha fija, separada del calendario judío. En el Concilio el emperador Constantino se dirigió a los obispos: Nosotros no deseamos tener nada en común con este pueblo tan aborrecible, dado que el Redentor ha marcado otro sendero para nosotros. Los edictos hechos contra los judíos en el Concilio de Nicea fueron los precursores de los que habrían de seguir en concilios posteriores. En el concilio de Viena, en 1311, se decretó que ningún judío debiera ser admitido en un establecimiento público de baño, en un mesón, o en una casa de hospedaje para viajeros. El judío debía ser evitado como alguien herido de plaga, cuyo aliento es infeccioso, como un peligroso seductor cuya habla alberga el veneno del escepticismo y la incredulidad. Eran los comienzos del apartheid.

 

El tercer y cuarto concilios de Orleans promulgaron leyes que prohibían a los judíos el derecho de aparecer en las calles durante las festividades cristianas dado que su presencia sería una especie de ofensa para el cristianismo.

 

El odio de la Iglesia se desató en el Concilio Laterano de 1215 donde estuvo representada toda la cristiandad occidental: 71 arzobispos, 412 obispos, 800 abades y toda una hueste de dignatarios y sacerdotes de la Iglesia. Sus decretos fueron encerrados en 70 cánones, cuatro de los cuales trataban de los judíos. El que tuvo las más terribles consecuencias durante siglos es el que les puso el anatema de estar fuera de la ley. Desde ese tiempo en adelante, a todos los judíos en toda la cristiandad, y en todo momento, se les ordenó llevar una ropa o una insignia distintiva. En algunos países llevaban fija en el pecho una insignia con la forma de una rueda: roja, amarilla o de otros colores. En otros, era un sombrero amarillo puntiagudo o un sombrero de vestir rojo en forma de cuerno. Ridiculizados, los judíos se encogían en signo de abyecta humildad y servilismo. Totalmente indefensos, fueron condenados por los cristianos para ser los parias de la humanidad y obligados a sufrir el desprecio, el odio, el saqueo y la proscripción, así como golpes y asesinatos de todo el que quisiera.

 

Después del primer concilio de Nicea, los decretos vinieron en una sucesión implacable. No les dejaron ninguna salida; los matrimonios entre judíos y cristianos eran penados con la muerte; fueron excluidos de todos los puestos públicos; no podían practicar determinadas profesiones y oficios, no podían trabajar en la agricultura ya que se les prohibía la propiedad de la tierra. Algunos países permitían médicos judíos, pero era una ocupación peligrosa: si el paciente era curado, el judío había usado la hechicería y si el paciente moría, el judío lo había envenenado. Cada viernes Santo durante 300 años, a los cristianos se les enseñó a que golpearan a los judíos en el rostro, en retribución por la crucifixión. A los cristianos se les prohibió vender o arrendar propiedades a los judíos o comerciar con ellos. Se les denegó techo y comida, las necesidades básicas de la vida.

 

Durante las dos primeras Cruzadas cristianas a la Tierra Santa, los judíos en Alemania e Italia buscaron la protección de Enrique IV y Conrado III. La corona los convirtió en siervos imperiales, reduciéndolos a la condición de piezas de propiedad que podían ser compradas, prestadas y vendidas como cualquier otra mercancía. Habiéndoseles negado todo oficio, fueron confinados a dar dinero prestado y a la usura, obligándolos a convertirse en sanguijuelas financieras. Esto significó una causa adicional de su ruina, ya que a menudo eran tratados por los gobernantes como esponjas que se exprimían cuando estaban llenas, y luego se les entregaba al odio de unas masas previamente fanatizadas por los curas cristianos. Las condiciones impuestas hicieron que el dinero fuera tan importante para ellos como la vida misma. Todo acto de la vida diaria de un judío estaba sujeto al pago de un impuesto. Tenía que pagar por ir y por venir, por comprar y por vender, por disfrutar sus derechos, por orar en común, por casarse, por tener hijos, hasta por el cadáver mismo que llevaba al cementerio.

 

Si los judíos de algún país en particular prosperaban por su comercio, por prestar, o por usura, a menudo eran expulsados de la tierra, y sus propiedades y casas eran confiscadas por la corona. En Francia se llevó a cabo una expulsión así, pero, después de que las finanzas del tesoro sufrieron por la falta de los impuestos judíos, fueron readmitidos. Después de unos pocos años, fueron expulsados de nuevo, y, una vez más, sufrieron la pérdida de todas sus posesiones. A menudo, el veneno que mató a los judíos fueron sus propios bienes.