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CREACIÓN DE LA TORÁ

 

Ya establecidos en Jerusalén, los judíos no perdieron el contacto con los de Babilonia, ni con todos los que se habían dispersado por el mundo a lo largo de su historia. Los judíos, ahora muchos de ellos comerciantes, viajaban de un lugar a otro, y a su regreso traían noticias de aquellos parientes lejanos que optaron por no regresar a Jerusalén. Y estas noticias cada vez se volvían más oscuras respecto a cuán confuso, supersticioso e incluso degradado se había vuelto el culto a Yahvé. De pronto, los comerciantes judíos se percataron de que su religión -que también significaba su ley, su código y su ética- se hallaba en el umbral de convertirse en una religión mundial. Era necesario encontrar algún medio que creara un tejido, una red imperecedera que mantuviera la Comunidad judía unida como un solo pueblo, sin importar lo fragmentada que estuviera.

 

Es respuesta a esta necesidad se formó un comité editorial compuesto, probablemente, por levitas e importantes jefes tribales. Este comité editorial recopiló la biblioteca completa de cuanto habían llevado a Jerusalén. Incluía sus más arcaicos manuscritos, fragmentos de pergamino de antigüedad incalculable, cientos de tablas de barro con inscripciones cuneiformes, rollos de los libros de Moisés, las leyes del Levítico y del Libro de los Números, mitos, leyendas… No sabemos lo vasta que fue la recopilación en cuanto a tradición popular, leyendas, historia, códigos y religión; pero debió de tratarse de una cantidad ingente de material, y el trabajo del comité hubo que prolongarse durante años.

 

Fue un notable grupo de hombres, el de estos editores, y un notable fruto el creado por sus manos: cinco libros que se titularon los Libros de Moisés, o la Ley, la Torá; y toda una serie de libros adicionales sobre historia, profecía, ética y poesía en loor a Yahvé.

 

Hasta el momento, Yahvé había sido, por encima de todo, un Dios de justicia. Persistían todavía el ojo por ojo y diente por diente. Se recompensaba el bien y se castigaba el pecado, y la terrible espada de Yahvé, una espada de justicia inflexible, se blandía sin piedad. Pero entonces se planteó una nueva idea: así como el calor del sol acaricia igualmente el bien y el mal, así el amor y la compasión de Yahvé impregnan el universo. Ahora Yahvé tenía una nueva dimensión de misterio y esplendor. Los judíos eran su pueblo elegido, pero ellos no eran quienes para cuestionar los modos o las razones de su elección. Y el propósito de Yahvé era tan misterioso como Su Ser, y no le concernía al judío cuestionar o interpretar su propósito.