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EL EXILIO

 

De toda la serie de eventos que moldearon al pueblo judío a lo largo de su historia, ninguno fue tan importante y decisivo como el cautiverio en Babilonia. Los judíos fueron conducidos a la cautividad como representantes provinciales de una confederación tribal casi desconocida que ocupaba la ciudad de Jerusalén y las colinas adyacentes. Setenta años más tarde, liberados del cautiverio por el emperador Ciro, los judíos de Babilonia se habían convertido en los primeros judíos modernos. Durante este mismo período, Yahvé se convirtió en la presencia invisible que era el Dios de todos los hombres.

 

Los judíos veían a Babilonia como la cuna de la civilización, el hogar de origen del hombre, el lugar de la Torre de Babel, de Noé, del Jardín del Edén, de hecho, el lugar de origen de sus mitos más preciados. Los babilonios hablaban un idioma no muy distinto al hebreo, y en ciertas ciudades de Babilonia era idéntico.

 

Por su parte, los babilonios deben haber mirado a los judíos con profundo respeto. De ahí que los cautivos judíos fueran tratados con amabilidad y consideración, y no sufrieron grandes privaciones. Una vez en Babilonia se construyeron casas para ellos, y se les dieron parcelas de tierra para el cultivo, y se les permitió quedarse con el oro y las joyas que habían traído de Jerusalén. Así comenzó la primera Diáspora.

 

Y fue entonces, durante el exilio, que los judíos pasaron de la idea de un dios que vive únicamente en su templo, idea que predominaba en la antigüedad, a la idea de un dios omnipresente que está en todas partes, allí donde haya un creyente. Y fue el hallarse tan lejos de los templos de su Dios lo que hizo que la prisión de Yahvé se rompiera de una vez por todas, lo que estableció Su universalidad y lo que inspiró la maravillosa doctrina del Profeta Desconocido. La respuesta de los judíos a esta crisis fue simple pero profunda: “Dios es mi pastor. Nada me falta.”

 

Cuando al final del período de setenta años de exilio el emperador persa Ciro garantizó a los judíos el derecho a regresar a Jerusalén, sólo una parte aceptó su oferta, y si bien fue la mayoría, una importante minoría eligió permanecer en Babilonia, que se convertiría en uno de los grandes centros judíos del mundo antiguo.

 

Ciro era amigo de muchos judíos. Ellos gustaban de su vigor nómada y él, a cambio, respetaba el inmenso conocimiento que los judíos poseían sobre el mundo y sus ciudades. Ciro y su caballería persa fundaron un nuevo imperio, y los judíos babilonios ayudaron a planear y a llevar a cabo la conquista de Babilonia. Los judíos le aconsejaron, ayudaron y proporcionaron apoyo, y posibilitaron que entrase en Babilonia pacíficamente. A su vez, él se mostraba dispuesto a darles lo que pidiesen mientras fuese razonable y estuviese en su poder.

 

Pero cuando llegaron a Jerusalén, lo que los judíos encontraron fue un erial, un valle de muerte y destrucción. Trabajaron duramente para reconstruir la ciudad, y al final lo consiguieron, bajo el mando de dos hombres extraordinarios: Nehemías y Ezra. A su muerte estos dejaron un estado judío viable. La ciudad aún era pequeña, pero estaba viva. Sus murallas habían sido reconstruidas y servían de defensa, y contaban con la amistad y protección de la poderosa Persia.

 

Así prosiguieron por más de cien años, y fue entonces cuando, de modo repentino, cayó el Imperio Persa, y en el horizonte apareció una nueva estrella: Alejandro Magno.