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REYES

 

Samuel fue un levita, un sacerdote de Yahvé, a quién se encomendó la difícil tarea de unir a dos enemigos irreconciliables contra los filisteos: los judíos adoradores de Yahvé y la confederación del norte de las tribus de Josué.

 

Al unir Judea y Samaria, Samuel se topó con un problema: escoger a un señor de la guerra que gozara tanto del favor de las tribus del norte como de las del sur.

 

Al final escogió a Saúl, miembro de la pequeña tribu de los benjaminitas. Él era del norte, y odiaba el culto a Astarté, culto que persiguió cruelmente mientras estuvo en el poder. Al principio pareció que además de detener a los filisteos, lograría derrotarlos, pero su naturaleza oscura y su persecución casi fanática de los cultos, aplastaron a la confederación.

 

Tras la muerte de Saúl, el sacerdote dio su bendición a un joven judío cuyo nombre era David. Éste fue quien dio el primer paso a la paz, y fue el primer verdadero rey de todas las tribus de Bené-Israel. Pero esta hegemonía de los yehudim sobre los Bené-Israel duró sólo dos generaciones: la de David y la de su hijo Salomón. Tras la muerte de éste, el reino se dividió y la confederación del norte se separó de los judíos para siempre.

 

David fue un hombre extraordinario en todos los sentidos. Hacía gala de un gran encanto personal, belleza, coraje e ingenio. Poseía el don de colaborar con las circunstancias. Se desposó con la hija de Saúl.

 

También fue oportunista, ambicioso, cruel, encallecido y no carente de la vena paranoica que había torturado a Saúl. Cuenta la leyenda que mató a un gigante filisteo de la ciudad de Gat llamado Goliat. Si es así, los filisteos le debieron de estar agradecidos. Cuando David asumió el papel de general y rey, propuso a los filisteos una alianza contra los jesuitas. Una vez en Jerusalén, firmó la paz con éstos, y volvió las máquinas de guerra filisteas contra sus propios creadores, conquistó sus cinco ciudades y las incorporó al Erets-Israel, e hizo de Jerusalén su capital, donde comenzó los planos de un gran templo a Yahvé y estableció su culto en todas sus tierras, aunque permitió que cada tribu conservase sus dioses, siempre que Yahvé fuese el primero.

 

Se pueden decir muchas cosas sobre la supuesta “sabiduría de Salomón”. Salomón representaba la segunda generación de prosperidad y riqueza. Su padre había robado, matado y conquistado hasta lograr reunir un gran imperio. Salomón heredó la riqueza pero no el genio ni el carácter dinámico de David. También cabe decir que no dio muestras de la agudeza o la creatividad de su padre. En otras palabras, Salomón no era muy sabio.

 

Para Salomón siempre fue más fácil pagar mercenarios que tratar con los fanáticos giborim, puesto que era rico: su padre había saqueado una docena de opulentas ciudades. Y Salomón compró grandes ejércitos y contrató miles de mercenarios. Alimentar a su ejército requería más alimentos de los que se producían en toda Judea en aquella época.

 

Pero la fortuna de Salomón no era ilimitada, y al final tuvo que recurrir a los impuestos, algo nuevo en Erets-Israel. A la muerte de Salomón, la gente de las tribus del norte pidió que se anulasen estos impuestos, pero Roboam, hijo de Salomón, rechazó esta súplica, ante lo cual la antigua confederación del norte se alzó contra los judíos y proclamó rey a Jeroboam ben Nebat.

 

Y así, el imperio de los judíos, que había durado dos generaciones, se acabó para siempre.

 

Pero lo más importante de todo es que los reflexivos judíos cuando atribuyeron el final del imperio a la voluntad de Yahvé fueron capaces de ver que el que antes había sido un dios de la guerra, fiero y celoso, era entonces proclamado por los profetas como un dios que también era justo.