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EL JUDAÍSMO ANTES DE JESUCRISTO

 

 

 

EN EL DESIERTO

 

Hace tres mil quinientos años debieron existir centenares de tribus en el vasto desierto que se extiende desde el mar Rojo hasta el altiplano sirio. Puesto que era muy difícil, si no imposible que un grupo de pastores pudiera existir de forma aislada, las tribus estaban unidas en confederaciones, enlazadas por un antepasado común pero distante y por una historia mitológica compartida, constituida a menudo por una maravillosa amalgama de cuentos transmitidos oralmente de generación en generación.

 

Las tribus confederadas se llamaban a sí mismas los hijos del antepasado común, pero eso era un mero medio de identificación que los pastores del desierto utilizaban para todas y cada una de las naciones. Nuestro interés se concentra en un grupo singular de tribus que se llamaban a sí mismas Los Hijos de Israel, o en su propia lengua, los Bené-Israel.

 

Todo lo que sabemos de esas tribus, con algún grado de certeza, es que, generación tras generación, compartieron la amarga existencia del desierto luchando entre sí, guerreando de vez en cuando unas contra otras y vagando por el desierto durante cientos y cientos de años.

 

Periódicamente, cuando la sed y el hambre empujaban a los Bené-Israel a la desesperación, cruzaban el río Jordán o se marchaban del Sinaí para cruzar sus espadas de punta de bronce y sus cuchillos de cobre contra las disciplinadas filas de soldados revestidos de malla. Y en las raras ocasiones en que su valor desesperado salía vencedor, eran detenidos por las murallas de piedra.

 

Y de nuevo, debilitados, medio muertos de sed y de hambre, dejaban a un lado su valor y suplicaban ayuda, y, algunas veces, esa súplica les era concedida. En algunas ocasiones, cuando el rey de Egipto necesitaba esclavos para trabajar, o tenía otras necesidades, permitía que los pastores llevaran su ganado al delta del Nilo. Otras veces, algún reyezuelo palestino les concedía el derecho a usar el agua y el permiso para pastar, posiblemente a cambio de mujeres.

 

Tras un sinfín de años de sufrir la esterilidad del desierto, tuvieron lugar tres cambios que canalizaron las vidas de aquellos pastores, de aquellas criaturas de campo abierto, en una dirección diferente.

 

En primer lugar, desde el oeste les llegó el hierro de los hititas, quienes habían aprendido que un hombre armado con cobre y bronce no podía enfrentarse y vencer a otro que llevase un casco y una espada de hierro.

 

En segundo lugar, apareció el caballo. No sabemos en qué lugar encontraron los caballos por primera vez los hijos de Israel, pero lo más probable es que entrase en sus vidas al mismo tiempo que el carro, aquella increíble invención de la humanidad que iba a cambiar no sólo la forma de guerra, sino todo el estilo de vida de la antigüedad. Como quiera que fuese, el carro apareció en toda la cuenca mediterránea más o menos al mismo tiempo, unos mil doscientos años antes de nuestra era.