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Entrevista a Santiago del Puerto

 

 

Entrevista al escritor Santiago del Puerto sobre su último trabajo, titulado “El Pergamino de Chinón y la Absolución de los Templarios”, otorgada en carácter de PRIMICIA a la Orden de los Caballeros Templarios del Priorato General de Argentina, a través de su boletín no periódico RES-TEMPLI. 

 

Por Mary-Su Pizzorno. 


 

MS: Con frecuencia quienes escriben sobre este controvertido tema, son europeos. Como argentino y amante de la historia, ¿qué te motivó a realizar un estudio semejante sobre lo derivado luego de la aparición del Pergamino de Chinón? 

 

R: En la primavera de 2007 me encontraba investigando fuentes y hechos del pre renacimiento italiano que utilizaría en una novela. Fue entonces que supe de la publicación del Vaticano titulada Processus contra Templarios, elaborada a propósito del hallazgo de la sentencia absolutoria del último estado mayor de la Orden del Temple, juzgado en Chinón en agosto de 1308. El pergamino en que dicha sentencia había sido escrita fue considerado perdido o inexistente a lo largo de siete siglos, y su texto venía a demostrar que el Papa Clemente V había actuado con benevolencia respecto de Jacques de Molay y la jerarquía templaria. Sin embargo, nada explicaba con claridad por qué los jefes absueltos siguieron encarcelados y terminaron seis años después en la hoguera, quemados como herejes impenitentes. Algo importante se estaba omitiendo y sentí la necesidad de averiguarlo. El pergamino de Chinon y la absolución de los templarios es producto de esa investigación, prolongada durante quince meses, cuyos resultados hoy comparto con quienes quieran leerlo. No tiene mayor importancia dónde se realizó: las comunicaciones instantáneas y la accesibilidad a redes y fuentes informáticas han colocado a cada escritor en el centro del mundo, como si contasen con el Aleph maravilloso y al mismo tiempo perturbador imaginado por Borges: el verdadero desafío, como él mismo lo planteaba en el cuento, es decidir cómo usarlo.

 

MS: El trabajo ha sido arduo, has debido contar con contactos en la fuente, haber realizado ciertas traducciones del latín con colaboración de profesionales implicados en esta labor, lo que me dice que has puesto mucho empeño en esta obra como historiador e investigador. 

 

R: El pergamino de Chinón no es el resumen de la historia templaria, sino tan solo el eslabón perdido en la cadena de actuaciones que le precedieron y le siguieron. Para extraer conclusiones era necesario comparar su contenido con otros documentos pontificios y reales, todos ellos escritos en el latín impuro de la baja edad media. Piénsese que en el 1300 el Dante escribía la Comedia en italiano, no en el latín invadido por modismos, regionalismos y degradaciones gramaticales que, a pesar de ello, seguía siendo el único modo oficial de comunicación utilizado por reyes cristianos y jerarquías eclesiásticas. La traducción al español de los documentos más importantes relacionados con la caída de los templarios fue una labor difícil para el equipo que me ayudó en el intento, necesaria para recomponer la historia de los últimos años de la Orden del Temple intercalando en ella la nueva luz aportada por el recientemente hallado pergamino. 

 

MS: ¿Qué razón, específicamente, te motivó a escribir sustentándote en bulas, cartas entre el Pontífice y sus cardenales y otras destinadas a los reyes de entonces? 

 

R: Los escritores que hasta el 2007 habían investigado la historia de los últimos años de la Orden del Temple debieron sustituir con interpretaciones y opiniones personales la falta física de la sentencia del tribunal cardenalicio papal de Chinón. Más aún, algunos dudaron de que dicho juicio hubiese sido jamás llevado a cabo. Y al aparecer el acta pergamino con la absolución del estado mayor templario no se entendía cómo encajaba el dato con el proceso ininterrumpido de cárcel, tortura y crímenes del que fueron víctimas aquéllos a quienes la Iglesia afirmaba haber absuelto. Me decidí a investigar como cualquier otro pudo haberlo hecho. Hoy, mirando hacia atrás en la tarea, pienso que quien decida rehacerla o ampliarla no podrá sino llegar a similares conclusiones.

 

MS: Mucha ha debido ser la envidia despertada por el poder y las riquezas de los templarios para que se les haya destinado a tan doloroso final. ¿Qué piensas de esto?

 

R: Creo que fue una conjunción de factores. Un gobierno que dilapida el tesoro público, no importa por qué motivo, se torna débil y desesperado por hacerse de nuevos fondos: sucedió, sucede en nuestros días y seguirá sucediendo. Felipe IV de Francia y sus ministros, con la complicidad interesada del Papa Clemente V, pusieron en escena un caso especial dentro del molde clásico, volcando su propia falta de escrúpulos en acusaciones distractivas, increíbles, y en el fondo, irrelevantes frente a los méritos históricos de la Orden, aún para los cánones de la época. Esto sin perjuicio de que los últimos templarios debieron de haber advertido que no podían mantenerse como una gran organización financiera sin socializar de alguna manera parte de sus riquezas, que ya no se emplearían en la recuperación de Tierra Santa. Vaya en su descargo que todo sucedió muy rápido para los tiempos del Medievo, y que la repentina decisión del rey de Francia cortó toda posibilidad de encontrar una salida negociada.

 

MS: Me ha tomado por sorpresa el hecho de constatar a través de sus cartas, que Clemente V instara a aplicar la tortura como elemento de presión, a efectos de acelerar las confesiones de la jerarquía templaria en prisión. Siempre se dijo que los templarios fueron obligados a emitir declaraciones bajo tortura ¿Pero qué piensas que partiese del propio Papa la sugerencia de aplicación de estos métodos deleznables? 

 

R: Eso parece haber sucedido solamente en el caso de los templarios ingleses, a quienes el rey Eduardo II – casado con la hija de Felipe IV de Francia – se negaba de hecho a torturar, inquietando con ello a su suegro y al mismo Pontífice por lo que podrían ser las consecuencias de una eventual subsistencia local de la Orden: había que condenar a todas las jerarquías de manera rápida e irreversible. En esto como en todo el proceso la actitud de Clemente V fue la de una complicidad fría e interesada, muy cerca del espíritu societario que busca beneficios mutuos. Por otra parte la tortura era un recurso permitido a los inquisidores papales, con algunos límites que con frecuencia excedían, como el no llegar a desmembrar a los acusados, no quebrar sus huesos, no sangrarlos. La justificaban en la salvación del alma como consecuencia de la abjuración de las supuestas herejías que cargaba sobre sí el confesante. Hoy nos resulta algo execrable, ya que existe conciencia social generalizada de que lo único que consigue probarse mediante el uso de tortura es la indefensión del torturado; sin embargo acá y allá vuelve a emplearse, desde el poder formal o desde organizaciones al margen de la ley. Nació, el uso de la tortura, con la inteligencia, el temor y la ambición del hombre cuando llegó a ser consciente de sí, desnuda de pretextos a veces y amparada otras en un supuesto bien a la sociedad o a los mismos torturados. La utilización por motivos religiosos y de poder sólo muestra que quien la ejerce está mucho más cerca de los peores vicios del hombre que de la espiritualidad y la gloria del dios, o del beneficio general, al que supuestamente consagra el aborrecible acto.

 

MS: Asimismo que se haya permitido que un monarca francés como Felipe IV haya podido encarcelar a los integrantes de una Orden que dependía del Papa. Esto nos habla de consenso de partes, ¿no crees?

 

R: Sin duda. El hábil rey francés justificó el arresto diciendo que lo había realizado para que los templarios pudieran ser sometidos al juicio de la Iglesia, y los entregó al Inquisidor de Francia – su confesor – cuya designación, como en todos los reinos católicos, era prerrogativa papal. El juego era algo así como decir: “Yo, Felipe, los tengo encerrados para que tú, Clemente, los juzgues, y mientras tanto tu funcionario el Inquisidor los torture hasta que reconozcan culpabilidad a todos los cargos que les formulemos”. Pero la construcción pierde sustento cuando el tribunal cardenalicio absuelve a los jefes templarios sin que el Papa ordene la excarcelación. Por el contrario, los dejó a merced del rey en la mazmorra del castillo de Chinón, para condenarlos luego a prisión perpetua, trocada por Felipe IV en hoguera ante la rebeldía final de Jacques de Molay y Geoffroy de Charny. Es que después de consumado el ataque a los bienes y personas del Temple no había posibilidad alguna de liberar a sus máximos jefes sin alto riesgo de que la verdad finalmente se impusiese sobre las patrañas ventiladas por el rey y secundadas por el Papa. En medio del proceso en Francia, decenas de templarios de jerarquía media fueron sometidos a torturas e incinerados en vida, para condicionar con sus condenas las decisiones de la comisión que tuvo a su cargo el juicio a la Orden. Sólo un idealista genuino como Jacques de Molay pudo seguir creyendo en la justicia de Clemente V hasta el último día de su vida en que le fue anunciada la sentencia de prisión perpetua: quebrada su última esperanza dio allí rienda suelta a su contenida indignación, clamando ante el mundo la verdad de lo sucedido.

 

MS: ¿Cómo los (inquisidores) cardenales pueden haber otorgado los sacramentos a los templarios y requerido en su carta al rey francés que fuese todo lo clemente posible para con ellos, si luego el propio papa promovía bula tras bula a efectos de acelerar el proceso, manifestando un listado de hechos “impíos” en cada correspondencia a los monarcas europeos? ¿Se trató de un doble juego? 

 

R: Creo que los cardenales pontificios que actuaron en Chinón fueron más sensibles que el Papa ante las injusticias y sobre todo las torturas que sufrían los jefes templarios. Ellos y no Clemente V dictaron la sentencia absolutoria, fueron ellos quienes intercedieron ante Felipe IV y apelaron a su magnanimidad en favor de los que habían absuelto, mientras el Papa coincidía con el rey, dilecto hijo en Cristo y ejemplo de la cristiandad, en denostar las supuestas herejías y ordenar la detención inmediata de los miembros de la Orden en todos los reinos cristianos, haciendo caso omiso del trato inhumano al que siguieron sometidos los integrantes del último estado mayor templario. La epístola que los cardenales Berenguer y Stephanus escribieron a Felipe IV al término del juicio de Chinón es tan importante como el pergamino mismo para una cabal interpretación de todo el proceso. No parece que haya habido un doble juego.

 

MS: A través de algunas de tus reflexiones acerca de la rehabilitación de la Orden del Temple que he leído, pareces pensar que en la actualidad  los templarios tendrían una única función y que sería la de ser instrumentos de paz en Palestina. Al tiempo sostienes la idea de que el Vaticano debiese ofrecer una disculpa pública como en el caso de Galileo Galilei, dada la inescrupulosidad con que se manejó el proceso contra el Temple. 


 
R: En el libro especulo con una presunta rehabilitación formal de la Orden del Temple, con el antecedente de que eso ocurrió en su momento con la Orden Jesuita, y sobre todo por una eventual continuidad del proceso de  reconocimiento de errores iniciado por ese gran Papa y político que fue Juan Pablo II. Pero reflexiono: una Orden del Temple rehabilitada requeriría una nueva regla ¿con qué fines se la dictaría? La figura de tapa del libro muestra la talla de un templario colocada en el camino de invierno a Santiago de Compostela; en ella se encuentran la media luna musulmana, la estrella de David y la cruz cristiana, símbolos de las tres religiones monoteístas surgidas de un tronco común, cuya savia había absorbido la Orden del Temple a lo largo de casi dos siglos de exposición continuada en Tierra Santa. ¿Es demasiado ilusorio pensar en que la Orden del Temple pueda ser rehabilitada con el fin de participar junto a otras organizaciones en la conservación de la paz en Palestina, no por decisión unilateral del Vaticano sino por acuerdo entre líderes de esas tres grandes religiones, subsiguiente a la creación de un estado palestino? Tal vez sea sólo un pensamiento efímero; cierto es que la probabilidad de que ocurra es baja. ¿Pero acaso se ha encontrado algún remedio a un conflicto que sigue desgarrando a la humanidad sin expectativa de solución duradera? En cuanto a la disculpa vaticana por la injusta persecución a los templarios creo que sería un acto reparador necesario y natural. Benedicto XVI no es Juan Pablo II, pero está aprendiendo de su propia experiencia y tal vez la vida le de tiempo para continuar la obra pacificadora de su antecesor.