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Entra en un seminario español con 26 años; a los 15 lo nombraron lama budista, reencarnación de un lama del siglo IV.


Juan es un joven valenciano que a sus 26 años acaba de entrar en un seminario español. Pero su itinerario ha sido muy especial. Siendo de familia católica no practicante, a los 8 años, un lama tibetano llegó a su casa, convencido de que el chico era la reencarnación de un antiguo maestro budista. Tutores tibetanos le formaron y a los 15 años, ya lo nombraron lama. Su encuentro con Cristo llegó de una forma completamente asombrosa. Este es su testimonio, tal como contó en una entrevista.

 

De lama reencarnado a seminarista. Testimonio de un budista español

 

Nací en una familia católica pero no practicante. A los 5 años me apuntaron a hacer artes marciales. Cuanto tenía 7 años, sin saber nada del budismo, me sentaba y meditaba al estilo budista, por las noches, sin que me viesen mis padres. Me salía como una cosa muy natural. Una noche hice ruido. Mi madre se percató y me vio sentado en la postura del loto. Yo estaba recitando una oración, el sutra del corazón. Mi madre se asustó; ¡incluso pensaron en llevarme a un psicólogo!

Cuando yo tenía 8 años llegó a casa un lama tibetano. Nos dijo que había tenido unos sueños o visiones y que pensaba que quizá yo era la reencarnación de un lama tibetano. Mis padres no sabían casi nada del budismo, sólo conocían algo que habían leído en los libros de Lobsang Rampa. Sabían que era una religión limpia, no una religión oscura. El lama les inspiró confianza y decidieron darme una formación paralela.

 

Por las mañanas yo iba al colegio como un niño normal, a los salesianos. Por las tardes tenía clase con dos tutores budistas tibetanos que vinieron a España, de la tradición Nygma-Pa. Completaba mi formación con artes marciales. Mi educación estaba orientada clarísimamente a ser lama, es decir, maestro, y no un simple monje. Incluía meditación y enseñanzas budistas. He de precisar que mi maestro de artes marciales no era budista, sino sacerdote taoísta. Para mí fue como un tutor, un segundo padre (después de mis padres, claro). Con él practicaba tai-chi, kung-fu, aikido. Me enseñó un taoísmo filosófico, pero no como religión, porque mi religión era la budista.

 

Durante todo esto, mis padres sólo pidieron discreción. Mi caso fue por eso muy diferente al de Osel Torres, el niño-lama de Granada que salía en todos los medios de comunicación. Nadie en mi colegio conocía mi formación budista.

 

Lama a los 15 años

 

Fui nombrado lama oficialmente con 15 años. Para mis maestros, yo era la reencarnación de Tan-ñon-Gon-Chen-Tulku-Rimpoché, un lama ermitaño tibetano del siglo IV d.C. Ese lama estaba especializado en sanaciones espirituales, en las enseñanzas más chamánicas del budismo. Se considera que cuando un lama vuelve a nacer, va a seguir desarrollando las mismas actividades que en su otra vida. Por eso se le da una educación y unas responsabilidades superiores a las que por edad corresponderían. El budismo mantiene un registro bastante estricto de la sucesión de lama a lama desde hace siglos, sus funciones, enseñanzas… Por eso yo atendía muchos casos de dolencias espirituales, me traían enfermos, hacía rituales de sanación.

 

A los 21 años, vivía en Barcelona. Llegó un matrimonio hindú, de la India, recién aterrizado porque habían oído hablar de un curandero o sanador espiritual que podía ayudar a su hija enferma. Resulta que el tal “curandero” era un cura católico, ellos ni lo sabían eso. El sacerdote me los remitió, porque pensó que yo, al ser budista, una tradición asiática, podía atenderlos mejor.

Por lo general, en los casos de dolencia espiritual grave, yo siempre pedía varios informes: uno médico, otro neurológico y otro psiquiátrico. Ellos estaban tan desesperados que habían venido de la India ya con la niña y con todos los informes hechos. Organicé una sesión de sanación según el ritual budista. Como de costumbre, además de los padres y la niña, estaban con nosotros unos amigos a los que solía invitar como testigos y ayudantes. Uno es notario, otro psiquiatra, otro ingeniero y el otro informático.

 

13 horas de ritual… y algo asombroso

 

Llevábamos ya 13 horas de ritual y no conseguía nada. La niña se agitaba con fuerza sobrehumana, hablaba mezclando idiomas, se ponía en trance… Yo no conseguía ninguna mejora. Y entonces la madre, que no sabía español, dijo en castellano: “En el nombre de Jesús libera a mi hija”. Y en ese momento la madre y la hija cayeron inconscientes. Cuando se despertaron la niña estaba curada y la madre no recordaba haber dicho nada.

 

Aquello me impactó. Para mí, Jesús sólo había sido un hombre sabio que ayudaba a la gente. Yo nunca había reflexionado sobre Jesús. Lo conocía sobre todo por la asignatura de religión con los salesianos, pero para mí lo que me habían contado de Jesús era sólo como un cuento.

 

Salí a pasear, a reflexionar sobre lo que había pasado. Me encontré un mendigo, que me hizo señas para que me acercase. Yo iba vestido de monje, con la túnica azafrán y la cabeza rapada. Supuse que mi aspecto le había hecho gracia y querría decirme algo. Pero él sacó un libro y me dijo: “ábrelo”. Era la Biblia. Lo abrí 3 veces y me salía la sanación que Jesús hizo en Gerasa. Y entonces entendí que mi vida era seguir a Jesús.

 

Buscando la voluntad de Dios

 

Mi maestro budista me dejó marchar. Dijo que siguiera mi corazón. El budismo enseña que la mente a menudo es tramposa, pero el corazón no miente. Dijo que si Jesús estaba en mi corazón, que lo siguiera. Ellos pensaban -y siguen pensando- que volveré al budismo.

 

Así que volví “al mundo”. Incluso estuve saliendo con algunas chicas y me saqué una novia un tiempo. Visité a los capuchinos, que me enseñaron el cristianismo. Me hice terciario capuchino, su rama laica. Pero me parecía que Dios me pedía más.

 

Me dediqué a conocer las órdenes monásticas, los movimientos católicos, y también los ambientes protestantes, ortodoxos, el Islam sufí… Buscaba entender lo que Dios me pedía.

 

Hice los Ejercicios Espirituales de los jesuitas. Ellos me recomendaron ir de voluntario una temporada con los enfermos del Cotolengo. Ahí estuve unos 20 días, y en los enfermos Cristo se me mostró.

 

Jesús acompañaba su predicación con milagros y curaciones de enfermos

 

Un sacerdote egipcio, copto católico, misionero, me contó su experiencia de vida, como sacerdote y misionero. Al oírle hablar, me parecía ver el camino recto de Jesús abierto…

 

Me hablaron de un seminario que parecía serio. Un médico amigo mío, diácono permanente, me preparó una cita con el obispo. Hablé con él después de la misa, y vimos que Cristo me había tocado. ¿Mi vocación es diocesana o monástica? No lo sé, pero en el seminario, en silencio y estudio se irá descubriendo.

 

Impactado por Dios Padre y el coraje de Cristo

 

De Jesús me impactó su Dios, el Padre que nos quiere, que nos ha creado a su imagen y semejanza. También me impresiona el testimonio de Jesús, su coraje de morir por nosotros. Es impresionante cómo lucha con todos en contra. Hay muchos maestros espirituales, pero sólo Él ha muerto por los hombres. Me impresiona la Pasión. Ese “muere por nosotros”… Si no es el Hijo de Dios no puede morir por nosotros. Ni Buda, ni Moisés ni Zoroastro murieron por los hombres.

 

Después de mucha reflexión pienso que Dios es como la cima de una montaña. Cima solo hay una. Caminos hay muchos. Ojo, unos son de piedra, otros de fango, no son todos iguales. Pero hay un camino recto, el de Cristo.

 

Sin renunciar a lo bueno

 

Del budismo mantengo cosas valiosas. La disciplina del budismo, la práctica de la meditación, es muy valiosa. El adiestramiento de la mente, el cuerpo y del espíritu. La ascética es un esfuerzo del hombre, un método, no está mal. Pero la mística es la acción del Espíritu, Dios que actúa y te rompe hasta el método.

Mantengo mi disciplina de meditación en la oración privada. Meditación entendida como lectura y reflexión de la Palabra de Dios, rezada, interiorizada, como en la Lectio Divina de la Iglesia latina. También la oración ligada a la respiración, como en la hesicastia cristiana, la tradición del cristianismo oriental, la oración del Nombre de Jesús que sale en los libros griegos de la Filocalia y los monjes del cristianismo oriental. Como decía Juan Pablo II, que me parece un grandísimo santo, hay que respirar con los dos pulmones de la Iglesia.

 

El voto de pobreza y el de castidad no me resultan difíciles. El de obediencia, el concepto de jerarquía, son cosas que me resultan más novedosas. En ello estamos.

 

 

Pablo J. Ginés Rodríguez, periodista

Diario La Razón, sábado 4 de octubre de 2008

 

 

Artículo aportado por María