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En 1976, Andreas Faber-Kaiser publicó un libro titulado Jesús vivió y murió en Cachemira. En él propone la tesis de que Jesús no murió en la cruz ni resucitó al tercer día, como se ha supuesto desde hace dos mil años, sino que, gracias a un plan urdido por algunos simpatizantes, entre los que se encontraría el mismo Pilato, se salvó de la muerte en la cruz, salió por su propio pie del sepulcro y siguiendo la ruta de caravanas que partía de Palestina llegó a Cachemira después de atravesar Persia. Allí vivió varios años e, incluso, según Faber-Kaiser, tuvo descendencia, de la que queda todavía en Cachemira un representante, S.Basharat Saleem. Por tanto, los veinte siglos que llevamos de Cristianismo están realmente fundamentados sobre un fraude: la supuesta muerte redentora de Cristo en la cruz y su posterior resurrección.

  

En buena lógica uno puede y debe preguntarse de dónde ha sacado Faber-Kaiser información para montar semejante hipótesis. Si, como casi todo el mundo sabe, fuera de alguna breve noticia en algún historiador romano, en el judío Flavio Josefo y en el Talmud de Jerusalén, no existen más fuentes históricas sobre Jesús que los Evangelios, ¿en qué secretas fuentes ha tenido el privilegio de beber para escribir su “documentado” libro? 

 

Dice Faber-Kaiser en un ataque de entusiasmo que ya era hora de que el público sea informado de que Jesús no ha muerto en la cruz, como si hubiese descubierto la madre de todas las noticias. Pues bien, esta historia viene contándose desde hace muchos años en enciclopedias, diccionarios y tratados sobre religiones. Juan Barceló Roldán, autor de un libro titulado Jesús y la estafa de Cachemira, publicado en 1980, nos informa de que la enciclopedia Espasa trata este tema en un amplio artículo, de que Fernando Frade Merino, en un estudio  hecho en 1952 sobre sectas y movimientos del Islam, dedica dieciocho páginas al Ahmadismo, secta que ha proporcionado toda la información a Faber-Kaiser, y habla de la supuesta vida de Jesús en Cachemira, inventada por el fundador de esta secta. También sabemos por Juan Barceló que la Editorial Marín, de Barcelona, publicó en 1971 una Historia de las religiones, en la que hay una amplia referencia a las ideas del fundador del Ahmadismo, Mizra Gulam, y su creencia de que Jesús está enterrado en Cachemira.

 

Así que ya sabemos de dónde ha sacado Faber-Kaiser toda su documentación: de miembros de la secta islámica Ahmadía, cuyo fundador, Mizra Gulam, se presentaba a sí mismo como el nuevo profeta de los musulmanes, el Mesías cristiano, el Maestro de los últimos días de los hindúes,etc...Todos sus informadores en Cachemira son ahmaditas: el profesor Hassnain, persona que le ha proporcionado la mayor parte de la información; A.Fida, hijo de éste, guía de Faber-Kaiser en su periplo por Cachemira; S.Basharat Saleem, supuesto descendiente de Jesús; los señores Steinhauser, alemanes de la misión Ahmadía en Hamburgo; y el señor Anweri del Movimiento Ahmadia de Alemania.

 

Huelga decir que jamás, ningún historiador serio, ni siquiera musulmán, ha tomado en consideración esta historia de ciencia-ficción-religiosa, como la llama Juan Barceló. Y no es casualidad que los más recalcitrantes enemigos del Cristianismo no hayan buscado argumentos en esta hipótesis en su guerra particular contra la veracidad de los relatos evangélicos. Sólo Faber-Kaiser, el profesor Hassnain y algún otro más han dado publicidad a un cuento inventado por Mizra Gulam.

 

Cualquier lector medianamente avispado se da cuenta al instante de lo absurdo de esta historia, pues sólo un ciego o una mente interesada sería incapaz de darse cuenta de la cantidad de errores, inexactitudes, ligereza en el manejo de la Biblia y deducciones caprichosas y faltas de toda lógica que pululan por el libro. 

 

Veamos algunos ejemplos:

 

En un extenso artículo publicado en el monográfico que la revista Más allá dedica a Jesús de Nazaret (monográfico nº 7) y que no es más que un resumen de su libro, afirma Faber-Kaiser:a fuer de ser sinceros, no hay datos históricos que avalen su muerte en la cruz, como tampoco existe ni un solo testimonio de su resurrección. Pues no hay más que abrir un Nuevo Testamento y comprobar en cualquiera de los Evangelios que hay datos históricos más que suficientes para avalar la muerte de Cristo en la cruz. ¡Pero si es casi lo único en lo que están de acuerdo todos los exegetas a lo largo de la historia! También hay testimonios acerca de su resurrección: los de sus discípulos, que afirman haberlo visto vivo después de su muerte en la cruz. Uno es muy libre de creer o no en estos testimonios, ya que, al fin y al cabo, no son más que eso, testimonios. Pero ello no significa que sean falsos. En definitiva, que testimonios hay.

 

Y si no nos sirven los datos evangélicos para avalar la muerte de Jesús, tenemos también datos históricos en autores neutrales, alguno de los cuales sentía más bien antipatía hacia el nuevo movimiento religioso que estaba surgiendo. El historiador romano Cornelio Tácito, hablando de los cristianos dice: Cristo, el fundador del nombre, fue ajusticiado por Poncio Pilato, procurador de Judea en el reinado de Tiberio (Anales 15,44). En el Talmud de Jerusalén se nos habla de Jesús como mago y pervertidor del pueblo, y se dice que fue colgado la víspera de la Pascua por herejía y por pervertir a la gente. Todos estos datos independientes y neutrales no vienen más que a confirmar lo que nos dicen los Evangelios.

 

Siguiendo la “rigurosa” exposición de los hechos, dice Faber-Kaiser que en el momento de bajarlos de la cruz, al mismo tiempo que a Jesús, los dos ladrones siguen con vida, por lo cual los soldados romanos les quiebran las piernas para que acaben de morir por asfixia. Es imposible, por tanto, que Jesús, habiendo sufrido el mismo suplicio, no hubiera muerto ya. Por lo visto, Faber-Kaiser no ha leído los Evangelios, en los que se da buena cuenta de las “caricias” que le dispensaron los soldados romanos antes de clavarlo en la cruz, de manera que llegó a ésta más muerto que vivo. Por eso murió rápidamente. Por otra parte si Pilato fue uno de los que prepararon trama de la falsa muerte de Jesús, ¿cómo iba a sorprenderse de que ya estuviera muerto, como afirma Faber-Kaiser? En todo caso, de lo que se hubiese sorprendido es de que hubiese muerto, pero nunca del hecho de lo hubiera hecho tan rápidamente.

 

Después recurre a la Sábana Santa para apoyar su teoría. Según él, del análisis de la síndone se desprende que este cuerpo seguía con vida cuando fue envuelto en el polémico lienzo mortuorio. ¿A qué análisis se refiere? De ninguno de los análisis más conocidos y rigurosos hechos a la síndone se desprende que Jesús estuviese vivo en el momento de ser envuelto en el lienzo, sino más bien todo lo contrario.

 

Comete un lapsus histórico al referirse a la forma de enterramiento acostumbrada entre los judíos, al decir que el sepulcro, contrariamente a la costumbre judía, no se rellenó de tierra, sino que únicamente fue tapado con una gran piedra o roca. ¡Pues no, señor! Los judíos, desde su estancia en Canaán, adoptaron la forma de enterramiento de este pueblo, es decir, en un hueco practicado en la roca y tapado con una piedra. A renglón seguido afirma que Jesús necesitó apartar la roca que tapaba su entrada. Si echamos un vistazo a los Evangelios podremos constatar que éstos apuntan en sentido contrario. Mateo dice que fue un ángel del Señor el que removió la piedra y se sentó sobre ella (Mt.28, 2). En Marcos las mujeres que fueron al sepulcro encontraron la piedra removida y de ella se dice que era muy grande. Es de sentido común pensar que alguien que había pasado por tales suplicios no estaría en condiciones de desplazar una roca de ese tamaño. Aparte de eso, normalmente era desplazada desde fuera por más de una persona, haciéndola rodar, hasta tapar la entrada del sepulcro. Desde dentro era sumamente difícil. Tampoco dicen los Evangelios en ningún momento que del sepulcro saliese un ente espiritual, como dice Faber-Kaiser, sino alguien muy real, palpable, que podía comer, pero que presentaba una fisonomía muy diferente, hasta el punto de que sus discípulos sólo lo reconocen cuando él se da a conocer.

 

En su burda manipulación de los textos bíblicos, llega a decir que Jesús, tras salir del sepulcro por su propio pie y ante la posibilidad de que sus enemigos lo descubriesen, tuvo que disfrazarse durante los últimos días de su estancia en Palestina, como lo demuestra el texto del Evangelio de Marcos (16,2): Después de esto se apareció en una figura distinta a dos de ellos que caminaban e iban hacia el campo. La cosa es muy sencilla: donde leo se apareció interpreto se disfrazó y ya está. ¿Ven qué fácil?

 

Jesús, en repetidas ocasiones, predice a sus discípulos su muerte y resurrección, les decía que para eso había venido al mundo y llamaba a aquel momento su hora. Así puede comprobarse en Mt.17, 21-22, Mc.9, 31 y Lc.9,44. Faber- Kaiser, sin embargo, afirma que Jesús, de haber muerto en la cruz, habría fracasado en su misión de buscar y salvar a las tribus perdidas de Israel, que, según él, estaban en Cachemira. Aquí comete dos errores: 

 

1.       Confundir ovejas perdidas de Israel, como dicen los Evangelios, con tribus perdidas. 

2.       Interpretar ese extravío en sentido geográfico, no espiritual. 

 

¿Otro error? En la página 105 de su libro dice: Al cabo de unos años el rey Jehú de Israel entró en guerra con el rey Atalía de Judá. Lo que dice la Biblia en 2Crón.22, 7-10 es que con quien peleó Jehú fue contra el rey Ocozías, sucesor de Joram. Por cierto, Atalía no era un rey, sino una reina, madre de Ocozías. 
 
 
Como en la extensión de este artículo sería imposible analizar todas y cada una de las meteduras de pata de Faber-Kaiser y su consejero e informador en esta historia, profesor Hassnain, remitimos a los muy interesados al libro de Juan Barceló antes mencionado, publicado por Plaza y Janés en 1980. Para finalizar vamos a pasar revista al error más evidente, sublime despropósito, cometido por ambos en un alarde de incompetencia lingüística digna de figurar en los anales del disparate. Empiezan a especular con la traducción de la famosa frase de Jesús en la cruz Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt.27, 46 y Mc. 15,34). Para Hassnain estas palabras de Cristo en la cruz están envueltas en misterio, pues, según él, ¿por qué el primer traductor griego de los Evangelios la dejó sin traducir? A continuación nos da dos traducciones, una del árabe: Dios, Dios no me has abandonado. La otra correspondería al lenguaje secreto de los faraones ( pero que él sí conoce, claro) : Elí, elí, tú me liberas. Por si fuera poco, Faber-Kaiser nos ofrece una de su cosecha, esta vez según la lengua maya, utilizada por Jesús como lenguaje ritual, cuyo análisis quedaría como sigue:

 

 Elí, Elí, lamá sabactaní

 

  • Heli: significa ahora, al fin.
  • Lamah: significa sumergirse
  • Zabac: se dice humo, prealba.
  • Tani: palabra compuesta por tan, en presencia de, y ni, nariz. Tani significaría ante la nariz, es decir, en presencia de.

 

Por lo que la frase organizada sería así: Ahora hundirme en la prealba de tu presencia. ¿Hay quien dé más? De haber sido esto así, habría sido un milagro mayor que el de la resurrección de Lázaro, pues Jesús habría pronunciado en una sola frase cuatro cosas totalmente distintas y en cuatro idiomas diferentes. Tampoco viene mal recordar que dicha frase está sacada del salmo 22,2 y puesta en boca de Jesús por los evangelistas. Pero lo del misterioso traductor griego del Evangelio es ya el colmo: resulta que no sólo no hubo tal traductor griego, pues los Evangelios se escribieron en griego, sino que, de haberse tomado la molestia de mirar en Mt.27, 46 y Mc.15, 34, se habría dado cuenta de que la famosa y misteriosa frase ¡está traducida! y significa en ambos lo mismo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? En hebreo, por supuesto. Lo que son las cosas.

 

 

Salvador Sandoval  Martínez