Catarismo
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Los cátaros y la Inquisición
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Los cátaros y la Inquisición

 

Por Marisa Azuara

 

 

 

Castillo de Montségur 

 

 

 

Catiers era el insulto de la Inquisición contra los herejes occitanos.


“A la hoguera con ellos” fue la consigna que se propaló como estopa ardiente, a lo largo del siglo XIII, por las cálidas tierras Occitanas. Un país, una tradición, una voluntad y una forma de entender la vida sucumbieron bajo los leños de unos poderes que, amenazados por antiguos secretos que asomaban de nuevo a la luz, se resistían a perder su hegemonía.


Durante el periodo de transición que marcó el paso de la Alta a la Baja Edad Media, la jerarquía de Roma y el emergente centralismo de los reyes Capetos decidieron aunar esfuerzos para impulsar una cruzada que metiera en cintura a los poderosos nobles feudales del Sur y enterrara aquellas creencias que amenazaban con cambiar el orden establecido. Ya en 1002 se habían constatado los primeros síntomas de nerviosismo, por parte de la curia católica, al hacer subir a las hogueras, en Toulouse, a diez canónigos de la iglesia colegiada de la Sainte-Croix que habían difundido textos gnósticos. Pero, aparte de algunas escaramuzas, concilios, anatemas, discusiones, crímenes, torturas y, por supuesto, los decretos que expidieron los Papas a fin de confiscar las tierras de los herejes y declarar proscritos a aquellos que no acataban la ideología de su infalible teocracia, la crisis se mantuvo en estado latente durante los siguientes doscientos años.


El detonante que hizo estallar el conflicto fue el asesinato, el 15 de enero de 1208, del legado pontificio de Narbonne, Pierre de Castelnau. Fue durante su ceremonia de canonización, tres meses más tarde, cuando se cerraron los acuerdos que dieron lugar, a lo largo de todo el siglo XIII, al más vergonzoso y demencial baño de sangre, torturas y miedo que se produciría en tierras europeas hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial.


La Iglesia no consideró concluida la cruzada contra los occitanos hasta 1321, cuando logró reducir a cenizas, en Villerouge Termenes, muy cerca de Carcassone, a Guilhem Bélibaste, el único perfecti cátaro que quedaba vivo. Desde aquel lejano 1002 en que se encendieron las primeras hogueras habían transcurrido 319 años marcados por la destrucción, el terror, las ejecuciones, las delaciones, la miseria y el miedo. Años que cambiaron no sólo la idiosincrasia de aquella especie de paraíso en que se había convertido Occitania sino la esencia de toda una Europa que estaba llamada a ser la dueña del Mundo.


La Iglesia de los Buenos Cristianos


El término “catiers”, o como se traduciría en castellano “putos”, referido a las víctimas de tal salvajada, podría resultar irónico de no ser porque fue el despectivo que utilizaron contra ellos sus verdugos mientras duró la persecución cátara. En especial, era la expresión que usaba el Santo Oficio, que ha pervivido hasta la actualidad bajo el nombre de Congregación para la Doctrina de la Fe, y que “En el nombre de Dios” condenó a sus propios hijos a la muerte más cruel y espantosa que mente humana haya sido capaz de idear: arder vivos y lentamente en una pira.


¿Pero, quiénes eran los cátaros? Eran gentes sencillas que cometieron el “error” de no estar de acuerdo con la opulencia y la hipocresía de un clero que los oprimía con sus exigencias de diezmos y alcabalas mientras alardeaba de sus riquezas y un depravado estilo de vida. Hartos de que no se escucharan sus demandas, decidieron volver sus ojos hacia el Cristianismo Primitivo y crear una nueva iglesia a imagen del antiguo arrianismo. Se llamaría la Iglesia de los Buenos Cristianos y, ante la imposibilidad de obedecer a la sede de Alejandría, dependería de la sede de Constantinopla separándose de este modo de la jerarquía Romana. No era probable que la Iglesia de Pedro perdiese un territorio y un poder que tanto le había costado conquistar.


El primer documento que se conserva sobre la Iglesia de los Buenos Cristianos data de 1167. Certifica la imposición de manos que Nicetas de Constantinopla, un pope ortodoxo, realizó en el castillo de Saint Felix de Caramon sobre la multitud de fieles que la había solicitado. En esa misma ceremonia se ordenaron seis obispos y se constituyeron las comisiones que delimitarían los territorios que iban a formar las diócesis de Albi, Toulouse, Carcassone y Agén, con lo que puede darse por constituida la nueva Iglesia. No era compleja en exceso. Su jerarquía la formaba el obispo de la diócesis que se auxiliaba de un hermano mayor, llamado a sucederle en el puesto, y un hermano menor, que ocupaba la vacante que dejaba el hermano mayor al ser ascendido. Esta cúpula sería la encargada de ordenar a los “perfecti”, especie de diáconos que se ocupaban de las predicaciones y de impartir las penitencias mediante el rito del “consolamentum”. Más tarde, con el recrudecimiento de la persecución, los buenos cristianos hubieron de adaptarse a las circunstancias y establecieron que fueran los mismos “perfecti” quienes ordenasen a los fieles que lo merecieran.


El dogma de la doctrina cátara podría simplificarse diciendo que creían que Dios había creado el Universo, pero que era Satanás quién había creado la Tierra. Parece sencillo; pero llegaron a desarrollar complicadas teologías sobre el Bien y el Mal, el espíritu y la materia, el libre albedrío y el rechazo del bautismo de agua para abrazar el bautismo por el espíritu. Sus ritos y creencias estaban basados en el convencimiento de que el nacimiento del Cristianismo se había producido no con la muerte de Cristo sino con la bajada de las lenguas de fuego sobre los apóstoles durante el Pentecostés judío. Su liturgia se reducía al “consolamentum”, o imposición de manos, una suerte de sacramento que sustituía al bautismo, la penitencia, la confirmación e incluso, en muchos casos, la extremaunción; el “melhorament” que consistía en hacer tres reverencias al paso de un “perfecti”; y el “aparelhament” o confesión penitencial comunitaria. También debían practicar el ayuno los lunes, jueves y viernes, no comer animal que se reprodujera mediante cópula, mantener la castidad sexual y vivir austeramente.