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EL Papa Alejandro VI

 RODRIGO DE BORJA

 

El Papa Borgia

 

Papa Alejandro VIEl Papa Alejandro VI era español y vino al mundo en Játiva (Valencia) en el año 1431 con el nombre de Rodrigo de Borja y Doms. Procedía de una familia noble, por parte de padre, y estaba bien emparentado con los altos dignatarios de la Iglesia, por parte de madre, cuyo hermano era el Papa Calixto III; todo lo cual explica que a Rodrigo se le destinara a la carrera eclesiástica y que gracias a la influencia de su tío lograra en ella espectaculares ascensos: de obispo de Valencia a obispo de Oporto y de Cartagena y de ahí, tras sus estudios de Derecho Canónico en Bolonia, y a la corta edad de 25 años, al capelo cardenalicio; un año más tarde (1457) logró incluso el cargo de vicecanciller de la Iglesia, que equivalía al de Secretario de Estado Pontificio actual.

 

De este modo, Rodrigo Borja, a sus 26 años, era el cardenal más rico y el más poderoso de la Iglesia, con lo que ya sólo le quedaba aspirar a ser su máximo dignatario. Esto lo consiguió a los 51 años, valiéndose según dicen de todos los medios a su alcance. Así, el 11 de agosto de 1492 fue nombrado sucesor de Inocencio VIII y tomó el nombre de Alejandro VI. Una semana antes habían zarpado del Puerto de Palos las tres carabelas españolas que, al mando de Cristóbal Colón, habrían de descubrir dos meses más tarde (12 de octubre) el Nuevo Mundo. Al año siguiente, Alejandro VI tuvo que hacer de árbitro entre los dos países punteros de aquel entonces, España y Portugal, que se disputaban el gobierno de los territorios de América; por medio de la bula de Demarcación (1493) se concedió a estas dos naciones la soberanía sobre aquellas tierras, delimitándose la jurisdicción de cada una y con la obligación inherente de predicar en ellas la religión cristiana. Esta bula se convertiría un año más tarde en el famoso Tratado de Tordesillas (1494) por el que se destinó a Portugal todo el territorio situado a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, que es como surgió el Brasil actual.

 

Sin embargo, este Papa español, que se preocupó por la expansión misional en América, de la que germinaron los cientos de millones de cristianos de hoy día; que protegió las instituciones de beneficencia, siendo muy querido de los pobres; que preparó una bula de reforma de la Iglesia para terminar con sus abyecciones; que fue amante de la cultura y protegió a diversos artistas; que reconstruyó la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, en la que se empleó el primer oro venido de América; que logró imponer su única autoridad en los Estados Pontificios, acabando con las disensiones de los señores feudales y la anarquía que imperaba en la Romaña; que robusteció la autoridad papal implantando un gobierno fuerte y homogéneo en los Estados Pontificios y que fue un impecable maestro de la fe; este Papa español, lamentablemente, no lo conoce la historia por sus buenas prendas, que fueron muchas; sino por las malas, que también fueron abundantes.

 

Dotado, al parecer, no sólo de relevantes dotes de espíritu, sino también de cuerpo, el cardenal Borgia, de refinadas maneras y seductora elocuencia, llevó una vida mundana y disoluta. Rodeado de todo tipo de lujos, galanteaba a las mujeres con éxito y desenvoltura. De una dama romana, Vanozza di Cattanei tuvo cuatro hijos, Juan, César, Jofre y Lucrecia, y algunos más, nacidos de otras amantes. Cuando le nombraron Papa se instaló en el Vaticano con toda su familia y dicen que allí se celebró la boda de su hija Lucrecia, actuando de anfitriona su joven amante Julia Farnesio. No nos sorprende, por tanto, la pésima reputación con que ha pasado a la historia la casa nobiliaria de los Borgia, cuyo apellido evoca por sí solo los más abominables pecados, la más desenfrenada lujuria, y los crímenes más espantosos.

 

Claro que en la Italia depravada del Renacimiento no sorprendía nada de todo esto; según se lee en el diario de un elevado dignatario de la corte pontificia de finales del siglo XV: “todos los eclesiásticos, desde el primero al último peldaño de la jerarquía, mantienen amantes y no tratan de ocultarlo”; a propósito de la vida licenciosa y criminal de Lucrecia Borgia, opina su biógrafo, el historiador Gregoroviu, que no la considera ni mejor ni peor que la de otras damas de aquel entonces. “Los Borgia, dice, ni vivían ni obraban de manera distinta a la mayoría de los soberanos de aquella época, que recurrían sin rebozo alguno al veneno y al puñal cuando alguien se cruzaba en el camino de sus ambiciones y se vanagloriaban del éxito de sus diabólicas hazañas”. Recordemos que precisamente de ese tiempo proceden los términos poco encomiásticos de maquiavélico y maquiavelismo por la famosa obra de “El príncipe” de Maquiavelo, inspirada en la figura de César Borgia.

 

Vittorio Massori en su libro “Leyendas negras de la iglesia” defiende en cierto modo al Papa Alejandro VI diciendo que “quizás actuó mal pero predicó estupendamente “ y según él ésa era su función principal, la de ratificar a los hermanos en la fe: “La enseñanza papal precede y es mucho más importante que el también deseable ejemplo moral”.

 

Los investigadores más imparciales, que no pueden defenderle en su vida privada y familiar, coinciden igualmente en señalar “su sincero deseo de mejora, traicionado muchas veces por su sensual naturaleza”; a este propósito Massori subraya que la inmoralidad de las costumbres en él eran “practicadas” pero nunca “teorizadas” ni presentadas al “estilo radical” como un bien; lo cual, puntualiza, “no es poco, y era lo que se necesitaba entonces y ahora”.

 

Por nuestra parte, dejemos que sea Dios quien lo juzgue; probablemente será tan magnánimo con él como lo fue Calderón con su Alcalde de Zalamea, a quien también perdonó su mal obrar, convencido de que en el fondo: “errar lo menos no importa, si se acertó en lo principal”.