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Dios fue reservado para ser el regente supremo por sobre los dos espíritus esenciales, pero encontrar el Camino a la Luz requería seguir un largo y arduo recorrido de conflictos. Este recorrido culminaba en una contraposición final de una fuerza con la otra en el Tiempo de la Justificación, más tarde llamado el Día del Juicio. Se pensaba que, a medida que ese tiempo se acercara, las fuerzas de la Oscuridad se fortalecerían durante el período de la Tentación. Por tradición, el Espíritu de la Oscuridad era identificado como Belial (inútil) cuyos seguidores veneraban a otros dioses, y no a Yahveh. El Espíritu de la Luz fue sostenido por su jerarquía y fue simbolizado por la Menora. En la época de los reyes Davidianos, el sacerdote Zadikite fue considerado el defensor más importante de la Luz.

 

Así como el Espíritu de la Luz tenía su representación en la Tierra, también la tenía el Espíritu de la Oscuridad. Este fue un compromiso sostenido por el Jefe de los Escribas, cuyo propósito era establecer una oposición formal dentro de la estructura jerárquica.

 

Una de las principales responsabilidades del Príncipe de la Oscuridad era probar a las mujeres iniciadas en el celibato, por cuya capacidad mantenía el título hebreo de “Satán” (Acusador).

 

En el libro de la Revelación, se vaticina que la gran guerra final entre la Luz y la Oscuridad tendría lugar en Armagedon, un importante campo de batalla palestino donde una fortaleza militar custodiaba las planicies de Jezreel, al sur de las colinas de Galilea. Los denominados “Manuscritos de la Guerra” describe en detalle la lucha cada vez más cercana entre los Niños de la Luz y los Hijos de la Oscuridad. Las tribus de Israel iban a estar de un lado, y los Kittim (romanos) y varias facciones, en el otro. Sin embargo, en el contexto de esta guerra culminante, no se hace mención a un Satán omnipotente: esa imagen no jugó ningún papel en la percepción que la comunidad tuviera sobre El Juicio Final. El conflicto iba a ser una cuestión puramente mortal.

 

IHSMucho más tarde, la noción fundamental detrás de este concepto antiguo fue hurtada y adaptada por la emergente Iglesia de Roma. La simbólica batalla de Har Megido fue removida de su ubicación específica y ampliada a escala mundial. Con Roma, la hasta ahora “Oscuridad” usurpaba la “Luz” a su favor. Con el fin de que las reglas de los Obispos católicos permanecieran, fue estratégicamente decretado que el Día del Juicio no había llegado aún. A aquellos que, a partir de entonces, obedecían el corregido principio de la Iglesia Católica Romana se les prometía el derecho de entrar al Reino de los cielos, siendo santificados por los obispos. Así el Fuerte en la colina de Megido fue investido de un transfondo sobrenatural, por eso la palabra “Armagedon” adquirió un espantoso timbre de terror apocalíptico. Esto implicó el terrible final de todas las cosas que no conducían a la conformidad total con las reglas de Roma. En este sentido, Roma ha probado ser uno de los más ingeniosos manipuladores políticos de todos los tiempos.