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07 Noviembre 2004

 

 

 

  • Y el Espíritu del Señor descendió sobre mí en la forma del Maestro, otras en la forma del entendimiento, otras en la forma del Amado.

 

  • Y Su Espíritu sobrecogió mi alma cuando me dijo:

 

“Ven Miriam, levanta hacia Mi tus ojos“

 

  • Y mis ojos se levantaron hacia el Salvador. Él me dijo:

 

“Ve ahí Miriam, los tesoros celestiales”.

 

  • Y en ese momento caí cegada de espanto. Ante mi se levantaba un Templo. Como agua sus paredes, sin ser agua. Como cristal sus cúpulas, sin ser cristal. Permanecía sustentado en el espacio y todo el,  resplandecía en la oscuridad.

 

  • Cuando vi su majestad, comprendí la gloria. Y entonces El Señor dijo:

 

“Ve ahí Miriam,  el Templo del Espíritu del hombre. Su estructura es como el acero,  pero sus paredes son como el Agua. Muestra su majestad porque el Hombre es su constructor. En ese Templo viviré hasta los tiempos venideros.”

 

  • Me dijo:

 

“Tu vienes de las regiones infernales en donde habita el no pensamiento, más Yo he de restituir tu valor y te elevaré hacia Mi Reino”.

 

  • Luego tendió Su brazo hacia el abismo y señalándolo con su Mano dijo:

 

“A lo profundo has de volver, hasta que anules todo vestigio de tu ego, hasta que resplandezca tu alma y brille el entendimiento, fiel reflejo de Mi Verdad. Has de volver Miriam…”

 

  • Y en un lapsus infinito de no tiempo, el alma mía retornó al cautiverio.