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Thera
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Isla de TheraEn la actualidad, en el sitio donde se ubica el volcán de Thera se encuentra una inmensa bahía flanqueada por acantilados de gran altura, cuyas melladas estrías de colores negro, gris, rosa y rojo óxido son testimonio de uno de los mayores desastres planetarios, ocurrido aproximadamente 1500 años antes de la era cristiana. Los blancos poblados que resplandecen bajo el sol matutino se asientan precariamente en la cumbre de los riscos de la isla mayor. En las cercanías, unos penachos de humo ascienden desde un par de islas menores y las formaciones de piedra parda y negra, contrastadas con el azul-violeta del agua, parecen más siniestras.

 


El sitio es inconfundible: una gran cuenca circular, riscos monstruosos tajados con violencia, islas humeantes al centro... son los restos de un poderoso volcán, la secuela de una erupción de fuerza inimaginable, desencadenada en una época que casi escapa a todo recuerdo.

 


Hoy en día el archipiélago de Thera, de cinco islas, recibe también el nombre de Santorini, impuesto por sus gobernantes venecianos en el medioevo, en honor a Santa Irene. Pertenece a las Cícladas, grupo de islas ubicadas al sureste del territorio continental griego, en el mar Egeo. Este escenario de paz y belleza, de sol y brisas aromáticas, también es un lugar de muerte, violencia y destrucción.

 


Hace 3500 años Santorini era una sola isla, de un verdor y hermosura incomparables; tenía alrededor de 16 kilómetros de diámetro y se elevaba casi 1500 metros en el pico de una simétrica montaña. No se sabe cómo se llamaba en ese entonces; recibió el nombre de Thera cuando la colonizó Theros, antiguo héroe espartano, descendiente de uno de los legendarios argonautas de Jasón. Esta isla, junto con Creta, formaba parte de la civilización marítima más importante del mundo antiguo, la cual había dominado el Levante o parte oriental del Mediterráneo durante unos 1500 años, en la edad de bronce.

 


Creta era el centro del reino minoico, cuya vigorosa sociedad se dedicó al comercio y tocó todos los rincones del mundo conocido. Algunos frescos de estilo minoico hallados durante las excavaciones hechas en Santorini muestran pequeños barcos con quilla, hecho que llama la atención, pues en aquel tiempo las otras potencias reconocidas, como Egipto y Mesopotamia, no pasaban de tener grandes barcos de fondo plano, propios para la navegación fluvial. Las naves con quilla eran capaces de recorrer unos 350 kilómetros —distancia promedio entre recaladas en el Mediterráneo— en un día y medio. Esto significaba que los barcos minoicos podían efectuar travesías considerables y podían intercambiar granos, cerámica y mármol por el cobre y el estaño necesarios para la fabricación del bronce. Se ha encontrado cerámica cicládica, hecha en el siglo XVIII aC, en lugares tan distantes como el puerto francés de Marsella y la isla española de Menorca.



Esta floreciente cultura utilizaba una escritura que aún no se ha descifrado en su totalidad. El arte y la arquitectura minoica encontrada en Akrotiri, principal excavación hecha en Thera, reflejaba un alto grado de desarrollo técnico y de organización social. Las casas, de hasta cuatro pisos, estaban diseñadas con destreza y solidez; además, debajo de las calles existía un eficiente sistema de drenaje. Aunque Thera era una isla pequeña y distaba de Creta unos 100 kilómetros por mar abierto, sus habitantes constituían una sociedad próspera y refinada, lo suficiente para sostener a albañiles, carpinteros y otros artesanos, así como a artistas de depurada técnica y originalidad.

 


De pronto, con un solo golpe de la naturaleza, Thera desapareció, destruida por una convulsión volcánica tan violenta que borró hasta el recuerdo de su existencia. Los historiadores han tenido que actuar como detectives y recurrir a muy diversas disciplinas para poder reconstruir lo sucedido; así, la arqueología, la geología, la meteorología y la vulcanología han aportado sus respectivas versiones para explicar qué fue lo que realmente sucedió en ese lugar.

 


El presagio de la tragedia fue una serie de leves temblores de tierra

 


Sucedió un verano. Del norte soplaba un fuerte viento que obligó a la gran flota a permanecer en puerto; faltaban muchas semanas para la cosecha y en Thera las grandes vasijas de piedra que se usaban para almacenar trigo, cebada, frutas secas y otros alimentos estaban casi vacías. Todos los días los comerciantes oteaban el horizonte en busca de algún indicio de los barcos que tendían un puente vital con los proveedores del otro lado del Mediterráneo. La incertidumbre entonces se hizo mucho más profunda cuando comenzaron a sentirse temblores de tierra.

 


Seguramente hubo reuniones y tal vez discusiones acaloradas entre quienes insistían en evacuar la isla y quienes no hallaban motivo de alarma. Existe evidencia arqueológica de que se tomaron ciertas precauciones. En las casas recientemente descubiertas en Akrotiri, no había ningún artículo de oro o de plata, ni ninguna otra pertenencia valiosa, lo que sugiere que quizá dichos objetos fueron sacados de los cofres por si había que abandonar la isla a toda prisa. Se han descubierto, incluso, diversos utensilios y abastos en las bodegas de los sótanos, como si se hubiese procurado protegerlos.

 


En ese momento se produjo un terremoto de inusitada violencia. En una de las casas la conmoción primero dividió y después unió de nuevo la escalera, como si hubiera sido manipulada por una mano gigantesca. Aunque aún no había señales de actividad volcánica, los temblores que siguieron bastaron para que hasta los más reacios comprendieran que había llegado el momento de partir. Comenzó la evacuación; según todos los indicios, se llevó a cabo con el sentido del orden que caracterizaba a los minoicos. Algunos tal vez se dirigieron a Grecia, pero es posible que la mayoría se refugiara en Creta.

 


¿Qué ocurrió después? Durante algún tiempo nada, aunque los arqueólogos discrepan acerca de si la calma fue de días, semanas o incluso meses. Los habitantes regresaron poco a poco para iniciar la agotadora tarea de descombrar y reconstruir, y de ello hay rastros que hoy día pueden verse en las excavaciones realizadas en Akrotiri: un camino despejado, con el cascajo apilado en ciertos tramos; un hueco de ventana agrandado para convertirla en puerta; un horno improvisado en la parte exterior de una pared en ruinas. En otra vivienda una tina fue subida a la azotea para recoger agua de lluvia.

 


Pero la reconstrucción quedó bruscamente interrumpida cuando la resplandeciente isla se destruyó desde las entrañas mismas. El cataclismo final pudo haberse prolongado durante dos años, convirtiendo poco a poco a Thera en una isla desierta cubierta de cenizas; o bien, pudo haber durado sólo dos días de increíble violencia. El lapso no se ha determinado con precisión, pero el desarrollo de los hechos puede rastrearse en las capas de cenizas del inmenso pedregal situado al sur de la ciudad de Phira, ubicada en la cima de un risco. La erupción produjo primero una lluvia de piedra pómez de color rosa, tonalidad que hasta nuestros días ha hecho famosa a Thera.

 


La duración de la lluvia de pómez sigue siendo motivo de especulaciones, pero cuando llegó a su fin, se desató una escalada tremenda. Por lo que hoy se sabe acerca de las erupciones volcánicas, puede afirmarse que la cumbre de la montaña estalló y vomitó, a más de dos mil kilómetros por hora, una carga de material comprimido y de gases sobrecalentados.