Preámbulo
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Post scriptum
Los Apologistas
Los Apologistas (2)
Volver a Cristianismo
PDF Imprimir E-mail
 

Antes de seguir, primero debemos señalar que el verso 2, que continúa los sentimientos expresados en el versículo 1 (lo cual es enfatizado por la palabra latina nam), deja explícito que el escritor ve esta acusación como si fuera del mismo estilo que las otras "indecencias" que dolorosamente tiene que refutar. ¿Y cuál es la refutación que da? Consiste en acumular escarnio y desdén sobre aquéllos que pudieran creer que un criminal crucificado, un mortal, pudiera ser profesado como un dios. ¿Dónde está la indispensable aclaración acerca de la cual, ningún cristiano hubiera permanecido en silencio? ¿Dónde está la defensa aclaratoria de que, de hecho, este hombre crucificado no era un mortal, sino que en efecto era Dios? Ciertamente, Octavio no la provee, aunque el lenguaje aquí presentado implica que el escritor sabía de algunos cristianos que creían tales cosas, aunque no simpatizaba con ellos.

 

Es divertido el encontrar que el traductor de este trabajo en la colección de Padres Antenicenos del siglo XIX incluyera la siguiente frase en su prefacio del resumen al inicio del capítulo 29: "Porque ellos creían no sólo que el era inocente, sino que con razón, él era Dios." Dicha idea no se puede encontrar en ninguna parte del texto. Y al versículo 2, el traductor ofrece nota de pie de página que desearía que dijera el texto: "A una reverente alusión al Crucificado, en el cual se creía y al cual se adoraba como Dios." Lo que uno no puede concebir que falte, uno lo leerá en el texto, no importando lo que diga.

 

Un comentarista más reciente, G. W. Clarke (Antiguos Escritores Cristianos #39, 1949) hace esta observación en una nota final: "Una sobresaliente evasión a cualquier mención de la Encarnación. De hecho, Minucio Félix está tan ansioso de evadir la admisión de una doctrina tan difícil que da la impresión de negarla." En efecto, lo hace. Y mientras que Clarke compara esto a las reservas de Arnobio sobre el mismo tema, este último apologista cristiano (cerca del 300) de ninguna manera estuvo renuente o fue deshonesto al admitirlo, incluso aunque vivió en un tiempo de más persecución. "Adoramos a alguien que nació humano. ¿Y qué? ¿Acaso Uds. no adoran a nadie que hubiera sido humano?" "Pero el murió clavado en la cruz. ¿Y qué? Ni el tipo ni la desgracia de la muerte cambian sus palabras o sus hechos." (Contra los Paganos, I.37 y 40). En el caso de Minucio Félix, ¿podemos creer realmente que algún apologista cristianos hubiera sido capaz de este grado de - incluso "aparente" - negación?

 

En este pasaje, Minucio continúa citando la locura de las gentes paganas quienes "escogen un hombre para su adoración", pero no hace tales admisiones para los cristianos. Así, para la acusación de la adoración de cruces el dice despectivamente: "No las adoramos, ni les hacemos peticiones." Y prosigue advirtiendo a los paganos por ser culpables de usar signos de cruces es su propia adoración y en su vida cotidiana. No hay ni un solo indicio de que, para Minucio, la cruz tuviera algún significado sagrado o requiriera defensa en un contexto cristiano.

 

Luego de esta refutación de la calumnia de Jesús y su Cruz, procede ("A continuación...") a retar a aquéllos que acusan a los cristianos del asesinato de niños. No hay nada en la forma en que Minucio ha tratado el supuesto corazón de la fe cristiana que pudiera diferenciarlo de todos estos horrores que lo rodean. No abandona el tono despectivo que usa.

 

Un comentarista, H. J. Baylis, adicionalmente a expresar su desengaño de que el escritor haya sido tan silencioso al defender la persona de Cristo, también lamenta el hecho de que perdió una oportunidad de oro para refutar la acusación acerca de festines licenciosos y ritos de iniciación caníbales por medio de una exposición de la Eucaristía. Dice Baylis, que él pudo haber defendido el significado sacramental y la pura conducta de este ágape (banquete amoroso) cristiano con el cuerpo y la sangre de Jesús. Baylis encuentra igualmente "anormal" que al hablar de las fuentes de la "verdad acerca del Dios Supremo" (38), Minucio permanezca callado sobre las enseñanzas de Jesús mismo, o del propio estatus de Jesús como Hijo al interior de esa Deidad Suprema.

 

Quizás es sorprendente la supervivencia de este documento con su total rechazo de las enseñanzas centrales del Cristianismo, pero no había duda posible acerca de su sentido sólo porque se pueda leer una cierta ambigüedad velada en un verso como el 29:2 citado arriba y dejando que esta percepción contrarreste el tono derogatorio y el perturbador silencio del pasaje y del documento en su totalidad. (Baylis ha calificado a 29:2 como "oblicuo", pero el claro y plano lenguaje de Minucio descarta por completo dicha argumento evasivo.) Aquéllos que son capaces de dejarles decir a los documentos históricos lo que ellos obviamente parecen estar diciendo reconocerán que Minucio Félix es una verdadera "pistola humeante" que apunta a una negación cristiana del Jesús Histórico.

 

Para el observador imparcial, Minucio Félix es un cristiano que no tendría nada que ver con aquéllos, en otros círculos de su religión, que profesaban la adoración de un Jesús que fue crucificado en Judea bajo el gobierno de Poncio Pilato, de lo cual habría llegado rumores a oídos paganos y hubieran generado mucho desdén  y reprobación. Alegar que toda una generación de apologistas hubieran transmitido dicha apariencia a aquéllos que deseaban ganar como adeptos, que deliberadamente hubieran cedido a esta especie de engaño Maquiavélico, no es sino una de las medidas desesperadas que han sido adoptadas forzosamente por los académicos modernos en sus esfuerzos para tratar con un registro cristiano que obstinadamente se refuta a presentar el cuadro que todos ellos desean ver.

 

Los apologistas no eran tontos. Sus talentos literarios y polémicos eran considerables. Estaban versados en un amplio rango de conocimiento antiguo, en las intrincadas sutilezas de la filosofía contemporánea. No es factible que ellos hubieran diseñado piezas de escritos apologéticos tan cuidadosa y elaboradamente y que a su vez, contuvieran omisiones y debilidades tan devastantes como las que hemos visto en Minucio Félix, en Teófilo, en Atenágoras y en Tatiano.

 

Si un autor como Minucio Félix se mantiene en silencio por razones políticas, ¿por qué hubiera escogido poner en boca de su portavoz pagano las acusaciones acerca de lo cual guarda silencio deliberadamente? ¿Por qué hubiera permitido hacer a su oponente unas declaraciones tan críticas y derogatorias acerca del objeto central de adoración cristiana, si ya había decidido que no se daría el lujo de responderlas? ¿Por qué habría colocado precisamente en la propia boca del cristiano, como lo hace en el capítulo 21 y el 23., unas afirmaciones tan abrumadoras y despreciativas que van en contra de elementos de la fe cristiana, sin ninguna posibilidad de ofrecer una aclaración? No hay ni siquiera un intento de apaciguar al lector cristiano "conocedor" por medio de lenguaje o implicaciones veladas, para mostrar que dichas excepciones están presentes en su propia mente. De hecho, su tratamiento de estos temas de fe es equivalente a una negación de ellos.

 

Al final de Minucio Félix, el escritor presenta a su personaje pagano convirtiéndose al cristianismo. Pero ¿con qué intención se convierte a alguien como Cecilio a una religión que ha tenido escondidos todos sus elementos esenciales? Cuando, en la mañana, Cecilio llegara para su primera lección como catecúmeno, le hubiera dicho Octavio, "Oh, por cierto, había unos pocos detalles que se me olvidaron ayer"? Si un cristiano va a apelar a un pagano con respecto a principios lógicos y filosóficos, ¿cómo se hubiera retractado después para presentar subsecuentemente los misterios y dogmas cristianos, acerca de los cuales él sabía que iban en contra de tales principios? Entonces, sus propios argumentos estarían en peligro de volverse en contra de él. Y su deshonestidad lo hubiera colocado a él mismo y a su fe bajo una imagen deshonrosa.

 

Se debe enfatizar que en ninguna parte de la literatura de la época hay soporte para la racionalización académica estándar acerca del silencio de los apologistas sobre la figura de Jesús. En ninguna parte se discute, o por lo menos se mantiene en privado, el que de hecho, estos escritores dejaron de lado y deliberadamente los elementos esenciales de la fe cristiana al tratar de defenderla, por razones de diplomacia política o por cualquier otro motivo. El recuento de Orígenes en el siglo tercero citado ocasionalmente, acerca de que él a menudo expuso sus perspectivas éticas sin llamarlas cristianas puesto que temía la hostilidad de sus lectores por solamente nombrar al cristianismo o a Cristo, no es aplicable aquí, porque en tales casos, Orígenes no se estaba identificando como cristiano bajo ninguna circunstancia y no estaba ofreciendo una defensa del cristianismo, así fuera en una forma limitada. Si lo hubiera sido, ciertamente que no se hubiera abierto a retos que no se hubiera permitido responder. Sus propios escritos son una prueba de esto. Orígenes no esconde a Jesús o a su Resurrección. El refuta cada burla y calumnia de Celso con todos los recursos a su disposición.

 

Esto también es cierto con respecto a Tertuliano, el cual escribió su apología cerca del año 200, copiando o por lo menos, usando como inspiración, algunas partes del trabajo de Minucio Félix. Tertuliano no cede a tan críptico encubrimiento. En su propio momento, la hostilidad al Cristianismo no era menor que la que había una generación antes, cuando escribió Félix, o sólo dos décadas desde que Atenágoras y Teófilo habían escrito sus defensas. El trabajo de Tertuliano está lleno de vívidas referencias a la encarnación de Cristo, a su muerte y su resurrección. Finalizando su recuento de "ese Cristo, el Hijo de Dios que apareció entre nosotros," declara: "no dejen que nadie piense que es de otra forma que la que hemos presentado, para que nadie pueda dar una exposición falsa de su religión... Decimos, y ante todos los hombres lo decimos, y destrozados y sangrando bajo vuestras torturas gritamos "¡Nosotros adoramos a Dios a través de Cristo!". “Obviamente, si vamos a creer a los comentaristas, el grueso de los apologistas del siglo segundo no poseían tal convicción ni tal coraje. Tertuliano ciertamente no hubiera simpatizado con su política de encubrimiento. La cita anterior podría ser incluso una acusación velada para ellos, si es que él hubiera estado familiarizado con los del estilo de Atenágoras o Tatiano o Teófilo. O incluso podría estar dirigida al mismísimo Minucio Félix, por cuyo trabajo se sintió empujado a expandirlo y a llenar los espacios dolorosamente faltantes.

 

Como una nota final, podríamos preguntar: ¿Dónde están los escritores (pues deberíamos esperara que hubiera algunos) que abierta claramente rechazan la figura de Jesús, sin posibilidad de ambigüedad? Hasta que nos damos cuenta de que ningún documento de este estilo nos hubiera llegado a través de 2000 años de censura cristiana. Probablemente por la misma razón, no poseemos ningún escrito pagano que discutiera el caso del rechazo del Jesús histórico. Incluso Celso (que no hace esto) sobrevive sólo en pedacitos en la gran refutación de Orígenes. De otro lado, es probable que incluso los pensadores paganos prominentes como Celso ni hubieran tenido forma alguna de verificar o refutar la historia cristiana y los relatos narrativos de Jesús de Nazareth circulantes, ni hubieran tenido las herramientas y habilidades exegéticas para refutar las afirmaciones cristianas por medio de un estudio de los documentos mismos. En cualquier caso, dado el pobre estado de comunicación y de disponibilidad de materiales, todos estos documentos difícilmente hubieran estado accesibles a alguien que hubiera pensado en llevar a cabo dicha tarea.



Earl Doherty