El rompecabezas de Jesús
Preámbulo
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Post scriptum
Los Apologistas
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SEGUNDA PARTE

¿QUIÉN FUE CRISTO JESÚS?



En el primer artículo, probé el misterioso silencio acerca de Jesús de Nazaret que yace en el corazón del cristianismo primitivo. Ni sus milagros ni su predicación apocalíptica, ni los lugares o detalles de su nacimiento, ministerio o muerte, ni sus padres, su perseguidor, su heraldo, su traidor, son mencionados ni una vez por los escritores de cartas cristianas del primer siglo y las enseñanzas éticas que asemejan las suyas reseñadas en los evangelios nunca son atribuidas a él. Yo lo llamo, irónicamente, “Una conspiración de Silencio”

 

Pero si estos silencios significan algo (y es imposible aceptar la común racionalización académica de que reflejan una “carencia de interés” universal en la vida terrena de Jesús durante las primeras tres generaciones del movimiento cristiano), entonces ellos deben presentar su propia imagen integral. ¿Podemos derivar de ellos un concepto coherente y uniforme de qué era realmente la cristiandad primitiva y en qué creía? ¿Quién fue el Cristo Jesús de Pablo si no fue el Jesús de Nazaret de los evangelios tardíos?

 

Primero, debemos entender la era para entender sus ideas. Después de que Alejandro Magno conquistara la mitad de la tierra conocida a fines del siglo IV AC, el lenguaje y la cultura Griega (Llamada Helenismo) inundó la totalidad del mundo mediterráneo oriental.; incluso los judíos, quienes siempre resistieron la asimilación, no fueron inmunes a su influencia. El imperio de Alejandro pronto se fragmentó en pequeños imperios guerreros y finalmente Roma rigió el oriente e impuso su propia legislación absoluta

 

Era un tiempo pesimista y convulsionado. Los Estoicos, Epicúreos, Platónicos y otros ofrecieron nuevas formas morales e intelectuales de enfrentarse con la vida y con el impredecible mundo. El entender la Deidad suprema y el establecer la ética personal eran preocupaciones centrales de todos estos movimientos. Los filósofos errantes se volvieron una especie de clero popular, frecuentando los mercados y las casas de la gente. Dioses sanadores, misticismo oriental, una completa parafernalia de magia y astrología fueron adicionadas a la marmita para tratar con otra dimensión el dolor del mundo: la vasta panoplia de espíritus y demonios invisibles y de fuerzas del destino que ahora se creía impregnaban totalmente la atmósfera en la cual hombres y mujeres se movían, perturbando e incapacitando sus vidas. La palabra de moda era “salvación”; y para el creciente número que creía que no podía conseguirse en el mundo, se convirtió en salvarse del mundo, El redimir al individuo se volvió una industria Helénica.

 

Muchos miraron a los judíos como proveedores de una alta moral y un estándar monoteísta, y los Gentiles se volvieron hacia el Judaísmo en varios grados de conversión. Pero incluso aquí había fuertes corrientes de pesimismo. Durante siglos los judíos como una nación esperaron la salvación de una larga sucesión de conquistadores, hasta que muchos se convencieron de que únicamente una intervención divina y violenta podría traer el establecimiento del Reino de Dios y su propia y destinada elevación al dominio sobre las naciones de la tierra. Dichas perspectivas fueron mantenidas por un mosaico de grupos sectarios, cada uno viéndose a sí mismo como un elegido, que floreció en la periferia de la “corriente principal” del Judaísmo  (Templo y Fariseos). El cristianismo fue una de estas sectas, impulsada por una intensa espera apocalíptica del fin del mundo, que se veía inminente.

 

Entre los judíos y entre los paganos había un distanciamiento del racionalismo y una vuelta a la revelación personal como la única fuente de conocimiento acerca de Dios y de los caminos a la salvación. El misticismo, la inspiración visionaria, prácticas espirituales maravillosas, se volvieron el terreno abonado de nuevas creencias y sectas. Y nadie poseía un invernadero más enriquecido para todo esto que los judíos, en su colección de escritos sagrados sin paralelo, de cuyas páginas podían ser levantadas verdades recién percibidas acerca de Dios y las realidades supremas.

 

Sobre dicho estado en las décadas de la mitad del primer siglo, entre lo que un académico ha llamado “una burbujeante masa de sectas y cultos de salvación”, surgieron los apóstoles de un nuevo movimiento. En Gálatas 1:16 Pablo dice: “Dios eligió revelar su hijo en mí, y a través mío predicarlo a los Gentiles”. Pablo afirma que él es el instrumento de la revelación de Dios. El predica el Hijo, el recién descubierto medio de salvación ofrecido a Judíos y Gentiles por igual. ¿Pero es este Hijo un hombre histórico reciente? ¿Ha sido él revelado al mundo a través de su propia vida y ministerio? No, por lo que vimos en el primer artículo, ni Pablo ni cualquier otro escritor de cartas cristiano primitivo nos presenta alguna vez tal idea.

 

Más bien, el Hijo es un concepto espiritual, justo como Dios mismo lo es, y todas las demás deidades de la época. Ninguno de ellos está fundado en figuras históricas. La existencia de este Hijo divino había sido desconocida hasta ese momento; él había sido un secreto, un “misterio” oculto con Dios en el cielo. La información sobre este Hijo había sido incorporada en la escritura. Sólo en esta era final Dios mismo (por medio de su espíritu) había inspirado a apóstoles como Pablo para aprender- de la escritura y experiencias visionarias- acerca de su Hijo y lo que había hecho para la salvación de la humanidad. Y este Hijo estaba próximo a llegar desde el cielo, en el fin inminente del mundo.