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Palacio Rucellai en FlorenciaLas fachadas del palacio renacentista son simétricas y se desarrollan en un mismo plano, sin cuerpos adelantados ni retranqueos, lo cual permite una clara lectura del volumen del edificio. Siguiendo la tradición medieval, están decoradas con almohadillados que simulan sillares de piedra rústica. Sin embargo, los arquitectos del Renacimiento dieron a esta tradición un sentido totalmente nuevo: dispusieron pesados y toscos sillares para la planta baja, más livianos para el primer piso y aún más para el segundo. Mediante esta gradación se hace una clara diferenciación de los niveles y se otorga a la fachada “tectonicidad”, es decir, la impresión de que las partes inferiores pueden soportar el peso de las superiores. Coronando las aberturas, que se disponen en forma regular, los sillares forman arcos y de esa forma las jerarquizan. Es de destacar que, siguiendo con la tradición medieval, las ventanas de los palacios renacentistas están divididas al medio por una columna que sostiene los dos arquillos que conforman el dintel. Este tipo de ventana recibe el nombre de ajimez.


Los primeros palacios del Renacimiento están rematados por una cornisa clásica proporcionada a la altura total del edificio. Dicho coronamiento permite ocultar los tejados y de esta forma no alterar la volumetría cúbica. Así son los palacios Picolomini, de Alberti, en Siena (1469); Medici-Riccardi, de Michelozzo di Bartolommeo (1444) y Strozzi, de Benedetto da Maiano (1489), los dos últimos en Florencia. A medida que progresaban los estudios sobre las ruinas de Roma, las fachadas se fueron enriqueciendo mediante la introducción de otros elementos de la arquitectura clásica. En el Palacio Rucellai (1446), concebido por Alberti, por primera vez se hará un ordenamiento modular de las fachadas mediante el empleo de los órdenes clásicos. Así entrará en escena todo el sistema decorativo heredado de los antiguos. De este modo, los diferentes niveles serán remarcados exteriormente mediante entablamentos sostenidos por pilastras. Con cierta libertad en cuanto a los detalles, se empleaban columnas dóricas o toscanas en la planta baja, jónicas en el primer piso y corintias o compuestas en el segundo. Ello se debe a que el primer estilo es el más robusto, el segundo es más esbelto y el tercero lo es aún más. Así se logra la tectonicidad mediante la utilización de los elementos clásicos. Esta forma de articular los frentes seguía el criterio que los romanos habían adoptado para las fachadas del Coliseo y del Teatro de Marcelo.


Mediante la utilización de los órdenes clásicos se dotaba al edificio de un sentido de unidad, ya que los mismos articulaban las distintas partes de las fachadas, a la vez que todo quedaba debidamente proporcionado. Esto es así puesto que la decoración clásica es un sistema de proporciones: la altura de las columnas, de sus partes y de los entablamentos dependen del ancho de la base de las mismas. El cual es el módulo básico bajo el cual se determinan las dimensiones de todo el edificio.


La única proporción variable es la distancia entre las columnas o pilastras, según el caso. Durante el período del primer Renacimiento, las columnas se disponían separadas todas a igual distancia, es decir, a un ritmo simple. De este modo quedan iguales todos los módulos que componen la fachada. Cada uno de ellos presenta una ventana y está, según lo antedicho, flanqueado por una columna a cada lado y delimitado arriba y abajo por entablamentos. En el Palacio Rucellai cada módulo es un rectángulo áureo. Dicho rectángulo es aquel cuyos lados responden a la proporción 1:1,618. La proporción áurea había sido muy utilizada en la antigüedad y lo que la hace especial es que es una relación entre dos partes desiguales en la cual la menor (0,618) es a la mayor (1) como ésta a la suma de las dos (1,618).


El modo de componer las fachadas, de forma simétrica, tectónica, unitaria, proporcionada y con ritmo regular confería a la misma lo que Alberti denominaba “euritmia”: la armonía entre las partes y el todo. Dicho arquitecto sostenía: “La esencia de la belleza es la armonía y concordancia de todas las partes, logradas de tal manera que no se pueda añadir, quitar o cambiar nada sin empeorarlo”. Por otra parte, la forma de ordenar las fachadas dotaba al edificio de escala humana, lo cual se correspondía con el pensamiento renacentista cristalizado en la expresión del filósofo griego del siglo V a.C. Protágoras de Abdera: “El hombre es la medida de todas las cosas”.


El palacio renacentista reúne las características que definen a la arquitectura del primer Renacimiento y la distinguen del segundo período, el Manierismo y del tercero, el Barroco. Éstas son: la claridad, la corrección y la serenidad: la utilización de formas geométricas simples, la acusada división de los niveles, los ritmos simples y las plantas centralizadas determinan la claridad; el correcto empleo de los elementos clásicos hacen a la segunda característica, la cual desaparecerá en el manierismo ya que los arquitectos de este período, con un sentido lúdicro, harán deliberadas alteraciones en la sintaxis; por último, la simetría, la tectonicidad, la escala humana y la concordancia geométrica entre los espacios (planta general cuadrada y patios cuadrados, sin el efecto sorpresa propio del manierismo, etapa en la cual son frecuentes las plantas generales de una forma y los patios de otra) otorgan la serenidad.


Otros palacios renacentistas dignos de mención son: el Piccolomini (1460) en Pienza (no confundir con el de Siena, ambos de Alberti) cuya fachada es casi igual a la del Rucellai; el Palacio Ducal de Urbino (1444), de Luciano Laurana, sobre todo por uno de sus patios; el Guadagni (1490), de Simone Polaiuolo, que presenta un tercer piso en forma de logia; el Pitti (1458), sobre todo la fachada hacia la calle, el resto pertenece al período manierista y el Pazzi-Quaratesi (1462), estos últimos, ambos de Brunelleschi.


Los palacios del Renacimiento, como toda la arquitectura del período, son la materialización en piedra y espacio del pensamiento de los hombres que, desde el umbral, abrieron las puertas del mundo moderno.

 


Augusto Rocca, Arq.

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