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Giordano Bruno
Kabaleb
Mario Satz
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Su obra


La Obra Bruniana se encuentra teñida de un ligero averroísmo, consistente en la defensa de la superioridad de la vida teórica frente a la vida práctica y la reivindicación del carácter profesional del filósofo.

 

A juicio de Bruno existe una separación entre filosofía y religión y es equivocada la concepción tomista de la filosofía como ancilla fidei, es decir, como esclava de la religión.

 

Bruno defenderá, al igual que todos los copernicanos, que la religión debe ser entendida como una ley destinada al gobierno de las masas incapaces de regirse por la razón y es por ello que los buenos teólogos no deben entrometerse en la vida de los filósofos, del mismo modo que los filósofos deberán respetar el trabajo de los teólogos en su tarea de gobierno de las masas populares. La función de la religión es, según Bruno, meramente civil.

 

De entre sus tesis cosmológicas destacan la Idea de la infinitud del universo entendida como expresión de la infinita potencia de Dios, así como su descripción de las estrellas: soles rodeados de planetas parecidos a la tierra.

 

El universo es —para este autor— uniforme, rompiendo con la distinción entre mundo sublunar y supralunar que había sido establecida por Aristóteles y que aún sobrevivía en la doctrina heliocentrista de Digges.

 

Muy influido por el neoplatonismo y por la admisión de la teoría copernicana —a la vez que acogía elementos del monadismo y la mística—, Bruno defendió la doctrina de la infinitud del universo, concebido no como un sistema de seres rígidos ordenados desde la eternidad sino como un conjunto que se transforma continuamente, que pasa de lo inferior a lo superior y viceversa por ser todo, en el fondo, una y la misma cosa; la vida infinita e inagotable. En esta vida quedan disueltas todas las diferencias, propias sólo de lo superficial, de lo finito y limitado.

 

La infinitud espacial y temporal del universo astronómico corresponde a la infinitud de Dios, que se halla a la vez en el mundo y fuera del mundo, que es causa inmanente del mundo y que está infinitamente por encima de él. Esto debe entenderse desde el punto de vista de la coincidencia de los opuestos de Nicolás de Cusa.

 

El Universo está penetrado de vida y es él mismo vida; organismo infinito en el cual se hallan los organismos de todos los mundos particulares, de los infinitos sistemas solares análogos al nuestro.

 

Lo que rige esta infinitud es la misma ley —porque es la misma vida, el mismo espíritu y orden— y, en última instancia, Dios mismo. Dios está presente en todas las cosas, con su infinito poder, sabiduría y amor, porque es todas las cosas, el máximo y el mínimo o —como dice Bruno— la mónada de las mónadas.

 

La concepción monadológica es el complemento de esta visión de un universo-vida infinito: las mónadas son los componentes de los organismos del mundo y no los átomos, que son disolución y muerte. La misión del hombre es el entusiasmo ante la contemplación de esta infinitud, la adoración del infinito —que es Dios— en la cual puede hallarse la unidad de las creencias religiosas más allá de todo dogma positivista. Tal es el «entusiasmo heroico» que Bruno defendía. De ahí su aspiración a una filosofía dinámica construida con los materiales clásicos, incluidos los aristotélicos.

 

Esto se revelaba particularmente en la doctrina de la materia, sometida en el pensamiento de Giordano Bruno a una disolución que la lleva al ser pleno, del mismo modo que el ser pleno es dialécticamente transformado en materia y en nada. De ahí la afirmación de que en nada se diferencian la absoluta potencia y el acto absoluto; y de ahí también la tesis de que en definitiva, aunque que haya individuos innumerables, todo es uno y conocer esta unidad es el objeto y término de toda filosofía y contemplación natural —del principio, de la causa y del uno—.

 

Anima mundi: la totalidad del universo concebido como un organismo. La suposición de que todo está entrelazado representa la admisión de un alma del mundo siempre que, rechazándose el mecanicismo ciego, se admita que el todo tiene un sentido. Así, el cuerpo del mundo está envuelto por su alma, pero a la vez el alma del universo se halla en cada una de las cosas, no parcial y fragmentariamente sino de un modo total y completo. En otros términos, el alma del mundo es aquella realidad que hace que todo microcosmos sea un macrocosmos. El tema de si esta alma es a su vez un principio inmanente o causal es variado. Parece que es el caso de Bruno —de ahí la acusación de panteísmo—. Monadismo: los átomos para Bruno son orgánicos y vivientes, de modo que es opuesto a todo mecanicismo.

 

En Sobre lo Inmenso afirma que Dios no es ni personal ni creador, sino más bien la mens virgiliana que «agita la materia», principio interno de vida, semilla eternamente productiva. Los Furores heroicos, plagados de símbolos y alegorías, parecen sin duda hacer del universo «una segunda unidad» en que se refleja la «primera», de la misma manera en que el sol ilumina la luna.

 

Bruno sostiene un nuevo atomismo y parece reducir todo cambio a movimientos locales, si bien parece conservar el hilemorfismo, sustituyendo la pluralidad de formas y de materias parcialmente determinadas por el par inseparable de una única materia-base de la que nacen todas las figuras distintas y, de una forma activa, finalmente identificada con el alma del mundo no engendrada y no engendrable. Esto es una adaptación estoico-platónica del vocabulario aristotélico. Bruno vacila en afirmar un movimiento infinito —que el Estagirita considera como imposible— y describe el universo como un todo inmóvil que reúne una multitud infinita de mundos móviles, calificados a veces explícitamente de finitos. Acepta la idea de un entendimiento, común a las almas singulares y paralelo, no obstante, a una especie de sentido agente pero que para él no excluye la variedad de los entendimientos y de los sentidos pacientes ni, desde luego, el escalonamiento clásico de las facultades —sentido, imaginación, razón, entendimiento y pensamiento o mens—.

 

También es afecto a una aritmología simbólica imitada de Agripa, y afecto a la magia, sin duda «natural» pero en las que sobrevive la creencia en los demonios lanzadores de piedras. Al menos Bruno, si bien acepta a título secundario, especulaciones de tipo paracelsiano, cuando son prácticas útiles en la medicina, excluye como principios de verdadera explicación las elucubraciones alquimistas, y su cosmología elimina definitivamente la astrología antigua. Cita con frecuencia a los filósofos presocráticos (a los que conoce mal), como los átomos de Demócrito, el flujo de Heráclito, el «todo está en todo» de Anaxágoras, pone al aristotelismo esquemas neoplatónicos, toma de Epicuro y Lucrecio el gran tema de la pluralidad de los mundos, de Avicebrón y de David de Dinant expresiones que rehabilitan la materia y la presentan como uno de los tres fundamentos indivisibles: hylé, nous y Dios.

 

Muchas de sus conciliaciones aproximativas se derivan de Nicolás de Cusa, que es una fuente esencial de Bruno.

 

Como el Cusano, Bruno afirma que ningún movimiento es enteramente regular, ninguna figura absolutamente exacta, que dos individuos jamás son indiscernibles. Se burla de la timidez de Copérnico, a quien es preciso sobrepasar, juega con la imagen de unos seres lunares y de unos marcianos que se creerían ambos en el centro de un universo esférico, pero que en realidad no tiene forma.

 

No hay duda de que la más íntima certeza de Bruno es que la naturaleza misma, más que el espíritu que la mide, es la verdadera potencia divina y el orden impreso en todas las cosas. Esa certeza no excluye una cierta consideración platonizante de la materia como dispersión e incluso como prisión; pero el nolano, aunque el tema de la unidad es siempre central, percibe en la multiplicidad misma, tomada al nivel de todo, si no una finalidad propiamente dicha, o un eterno retorno, sí al menos una serie de compensaciones mediante las cuales los contrarios se equilibran, estando los astros mismos sin duda abocados a la muerte, pero sin una catástrofe cósmica,pues otros les sucederán entonces, si es verdad que a toda influencia corresponde una nueva confluencia.

 

No se trata tanto de una multiplicidad de formas cuanto a una omnipresencia de la forma universal, inseparable de la vida que vivifica todas las cosas, del alma única que mueve tanto abejas y arañas como los cuerpos celestes.


Algunos la denominan sentido, otros entendimiento o pensamiento, pero es sin duda un solo y mismo principio, diversificado en sus funciones. De manera ciertamente esotérica, los Furores lo comparan a un emperador que lucha contra el desorden que debilita su ejército, y en primer término contra las potencias del alma inferior, los grados más bajos de la emanación plotiniana, allí donde las tinieblas absorben la luz siempre difundida y atenúan el lazo universal del amor. Otros textos subrayan más aún la «continuidad» entre el alma cósmica y sus participaciones singulares, pero describen a éstas como espejos «rotos», donde ocurre que, por ser éstos demasiado pequeños o “en alguna manera deficientes”, no dejan discernir «casi nada» de la «Forma Universal». Esta contingencia no afecta más que a porciones separadas del conjunto, consideradas a la manera de lo explicado, de lo disperso y de lo distinto. Para Bruno, que rechaza la creación ex nihilo y la elección divina entre los posibles, el universo total es sin duda como el principio que lo mueve, todo lo que puede ser, pues contiene toda la materia y recibe todas las formas en su forma única. La muerte, las corrupciones, las monstruosidades no son ni acto ni potencia, sino inexplicables accidentes por los que unas figuras incompatibles entran en colisión en la misma porción de materia.


Datos Anecdóticos


Giovanni Mocinego —personaje que traicionara a Giordano— fue acusado de herejía por descubrírsele tratando de dominar las mentes ajenas, cosa que Bruno se negó a enseñarle. Nunca fue apresado ni existió proceso en su contra. El Papa Clemente VIII dudó de la sentencia impuesta a Giordano antes de dictarla por dos razones: 1) No deseaba convertir a Bruno en un mártir 2) pensó en un momento que podía ser un ser santificado. Giordano Bruno dijo al momento de recibir su sentencia: «ustedes tienen más miedo al leer mi sentencia que yo al recibirla».

 


Texto extraído íntegramente de Wikipedia