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Catedral de ChartresEn la Edad Media, las fiestas religiosas eran muy frecuentes. La Iglesia organizaba procesiones a las que concurría gente del campo y de otras parroquias. Reyes, señores, clérigos, burgueses, campesinos y siervos, todos se concentraban bajo las naves de la catedral. Por eso no era de extrañar que éstas pudieran alojar una cantidad de fieles superior a la población de la ciudad. Los feligreses se congratulaban de la magnificencia de su catedral y a través de las imágenes en la piedra y en los cristales, se familiarizaban con las escenas de la historia sagrada. Los temas representados estaban al alcance de todos puesto que todos habían sido instruidos en ellos.

 

Para construir las catedrales, la Iglesia, siempre hostil al lucro, trató de crear entre los burgueses un sentimiento de mala conciencia. Éstos, para expiar sus culpas, debían donar parte de sus fortunas para las obras piadosas. Por otra parte, a partir del siglo XII las cruzadas dejaron de ser atractivas como forma expiatoria debido a que la Iglesia empezó a acordar indulgencias a quienes ayudasen en la edificación de la casa de Dios.

 

A diferencia de lo que comúnmente se cree, las iglesias no fueron edificadas por los obispos. Si bien, es cierto que muchos de ellos fueron férreos promotores y algunos incluso figuran en las inscripciones como sus artífices, fueron, sin embargo, figuras secundarias y muchas veces fugaces. Los que se ocuparon, año tras año, de la prosecución de las obras, de la recaudación de los fondos, de las expropiaciones cuando éstas eran necesarias, de las adjudicaciones, de la administración de los recursos financieros y de la conservación de los edificios, fueron los canónigos.

 

Los canónigos gozaban de grandes privilegios: eran independientes de la jurisdicción episcopal, no hacían voto de pobreza, recibían rentas vitalicias sobre los inmuebles y podían disponer de sus bienes por vía testamentaria. Todo lo cual los condujo a llevar una vida más secular e individualista que los otros miembros del clero.

 

El Capítulo –asamblea de canónigos- nombraba un “provisor” que llevaba las cuentas de la obra y supervisaba los trabajos. Éste podía ser un canónigo, un clérigo o, excepcionalmente, un laico. El provisor se elegía teniendo en cuenta sus conocimientos de arquitectura y su habilidad para los negocios. Debía encargarse del suministro de materiales, de transportarlos, de pagar a los obreros y de organizar un servicio de conservación del edificio una vez terminada la obra.

 

Cuando los recursos empezaban a agotarse el Capítulo desplegaba toda su habilidad para recaudar y, así, poder continuar las obras. Muchas veces apelaban a los confesores para que instaran a los pecadores a invertir en la fábrica de la catedral sus bienes mal habidos. Se empezó a cobrar a aquellos que desearan ser enterrados en las iglesias y se establecieron multas a los clérigos que llegaran tarde a los servicios. Se pedía a los obispos que aportaran dinero y, desde el púlpito, se exhortaba a los fieles a que contribuyeran. Tal es el caso de un orador que pronunciara el siguiente discurso en Amiens en 1260: “Bellas y amables gentes, en ciento cuarenta días podéis acercaros más al paraíso de lo que estabais ayer, si el pecado, la envidia, la codicia no os hacen perder esta indulgencia, e igualmente podéis acercaros así a las almas de vuestros padres, de vuestras madres y todas aquellas que asociéis”.

 

También se hacían giras de reliquias para recaudar dinero. Esta práctica rápidamente fue degenerando en falsificaciones, por lo cual, el concilio de Letrán de 1215 prohibió la veneración de objetos que no hubieran sido debidamente autorizados por el Papa.

 

En parte, fue esta obsesión recaudatoria, ya sin límites ni miramientos, la que desencadenó la reacción que condujo a la Reforma.

 

La “cruzada” de las catedrales duró hasta fines del siglo XIII. Ello permitió que las obras de las mismas estuvieran muy avanzadas para cuando, en el siglo XIV, la guerra de los cien años y la feroz epidemia de peste bubónica paralizaran la actividad. Acabada la guerra, el entusiasmo y la devoción comenzarán a declinar. Los ingentes esfuerzos que se harán hasta el siglo XVI para continuar las obras no serán suficientes y ninguna catedral francesa quedará terminada. Sin embargo, en el resto del continente se siguieron erigiendo iglesias aunque nunca con el furor con que lo hizo la Francia de los siglos XII y XIII. En el siglo XVI, el inagotable genio creador occidental volverá a alcanzar su cenit, pero, para entonces, las grandes iglesias góticas serán cosa del pasado y otras serán las ideas que determinarán el camino del arte, las cuales, ya nada tendrán que ver con las que inspiraron la “cruzada de las catedrales”.



Augusto Rocca, arquitecto

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Bibliografía: Jean Gimpel, “The Cathedral Builders”, Londres 1983.