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Catedral de SevillaEl espacio gótico se caracteriza por su fluidez. Ésta se logra por el hecho de que las paredes de la nave central estén caladas con grandes ventanales y arcadas; por la redondez de los pilares, columnillas y nervaduras; por la luz que entra por todos lados y; porque todos los elementos estructurales presentan una clara continuidad entre sí. Esta última característica del gótico contrasta con la arquitectura clásica, en la cual, los elementos estructurales están bien diferenciados. En el interior de los edificios góticos, las nervaduras de las bóvedas van bajando por las paredes sin perder su forma. Este rasgo de las estructuras góticas, la altura descomunal de la nave central y el arco ojival, definen otra característica del espacio gótico que es su acentuada verticalidad.


La otra característica del espacio gótico es su luminosidad. A través de los vitrales de colores, algunos con imágenes y otros con figuras geométricas, articulados con elementos de tracería que les sirven de soporte, penetra una suave luz coloreada. Esta es la luz gótica que al no ser natural, impresiona como sobrenatural. El efecto lumínico es deliberado: Dios se identifica con la luz.


Todas las características del espacio gótico -fluidez, verticalidad y luminosidad- dan como resultado una impresión general de ingravidez. Este efecto busca que el observador se sienta elevado desde lo material hacia lo inmaterial. El templo se vuelve así una representación de lo divino y, una nave que conduce al Cielo.


Contribuía al grandioso efecto general el hecho de que las catedrales estuvieran pintadas interiormente de los más vivos colores. Lamentablemente, a partir del Renacimiento empezó a considerarse de mal gusto la pintura de las iglesias, lo cual determinó que fueran despojadas del color, quedando la piedra a la vista. Por eso los colores no han llegado hasta nuestros días, salvo raras excepciones como la de la Sainte Chapelle de París o la de la iglesia de San Francisco de Asís.


La cabecera de las iglesias medievales está siempre orientada hacia el este. Ello se debe al simbolismo de ese punto cardinal: Cristo es la luz del mundo y se identifica con el sol naciente que, por resurgir cada mañana, es símbolo de la resurrección.


El exterior de las iglesias exhibe con toda franqueza la organización interior. La diferencia de altura de los tejados trasluce la división de las naves. Por otro lado, gran parte de la gracia exterior de las catedrales góticas se debe al tratamiento plástico de las estructuras de soporte. Las fachadas laterales están ritmadas por la regular disposición de arbotantes, contrafuertes y ventanas. Esta sucesión es interrumpida por el transepto. Pasado éste, la sucesión continúa y empieza a girar alrededor del ábside para reaparecer en la fachada opuesta.


La fachada principal de las iglesias góticas generalmente presenta dos torres flanqueando el acceso principal. Este esquema, tan frecuente en las puertas de los castillos y de las ciudades amuralladas, pretende –en las iglesias- simbolizar la puerta de acceso al reino de Dios. No olvidemos que San Pedro, símbolo de la Iglesia misma, es quien tiene las llaves del cielo. En referencia a esto, la iglesia de Azul, Argentina, presenta una inscripción en la puerta principal que reza “Haec est domus Dei et porta Caeli”, “esta es la casa de Dios y la puerta del Cielo”. Si bien el esquema de dos torres es el ideal, el de una sola no es menos frecuente, sobre todo en Bélgica y Alemania.


En las iglesias góticas, las puertas de acceso están enmarcadas por varios arcos que se encuentran uno más atrás que el otro. Así, profundizando las puertas, se jerarquiza el acceso.


Los exteriores de las iglesias están decorados con pináculos y florones que coronan las partes altas. Las torres suelen estar rematadas por pronunciadas agujas en cuyos extremos superiores se alzan las cruces. Todos estos elementos acentúan el carácter vertical de los templos en su voluntad de alcanzar el cielo.


Las catedrales góticas presentan generalmente gran cantidad de esculturas. La de Chartres presenta más de mil ochocientas. En el Gótico, la escultura está subordinada a la arquitectura. Su función no es meramente decorativa sino instructiva. En la edad media, la lectura estaba reservada a los nobles y clérigos que, por otro lado, eran los únicos que sabían latín. Por esta razón, gracias a los vitrales y estatuas, las iglesias se convertían en libros abiertos que permitían que el pueblo se familiarizara con los temas religiosos. Otro tema común en las iglesias eran los seres monstruosos que decoraban los lugares altos y las gárgolas. Estos seres fabulosos cumplían la misión de ahuyentar los espíritus del mal.


Con la llegada del Renacimiento, la arquitectura gótica comienza a declinar hasta que sus últimos estertores se apagan en el siglo XVI. Del Renacimiento en adelante, el gótico empieza a ser tenido por un arte bárbaro y desproporcionado. Por esta razón, el estilo hasta entonces llamado ojival, fue peyorativamente tildado de “gótico” pues los godos eran considerados el símbolo de la barbarie. Desde entonces, ese es el nombre con el que lo conocemos. La arquitectura gótica recién fue reivindicada, por el Romanticismo, en el siglo XIX. Durante ese siglo y parte del XX se construyeron en el mundo cientos de edificios neogóticos. En la literatura aparecen temas medievales con trasfondos de castillos e iglesias. Quizá la obra más representativa sea “El jorobado de Notre Dame” de Victor Hugo.


La arquitectura gótica junto con la clásica ha pasado a ser la más emblemática de nuestra civilización y a casi novecientos años de su invención bajo los auspicios de Suger, sigue siendo un signo inequívoco de religiosidad para todo el mundo occidental.



Augusto Rocca, arquitecto

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