Moisés
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Moisés según el pensamiento católico

 

El legislador por excelencia del pueblo de Israel, uno de los grandes profetas de la Biblia, el libertador de los judíos de la cautividad de Egipto, que condujo a los hebreos desde las tierras del Nilo hasta la tierra prometida. Habiendo sido impuesto originalmente por una princesa de Egipto, este nombre es, sin duda, egipcio en su origen. El nombre hebreo de Moisés, moseh, se vuelve a encontrar en la familia levítica de musa. Su etimología es discutida. En tiempo de Filón y de Josefo se derivaba del copto (MO = agua, use = salvar), lo cual correspondería a la etimología popular que la Biblia pone en boca de la hija de Faraón "pues yo le he sacado del agua". Si buscáramos una etimología semítica, echaríamos mano de la raíz msh, conocida en hebreo (pero muy rara) y en árabe: "[Dios] ha sacado [al niño del peligro o del seno materno]".

 

En todo lo que hizo y enseñó no fue más que el agente del Altísimo, y, sin embargo, la revelación que de su propio carácter se nos da es honrosa. Es elogiado como el hombre de Dios y, en un sentido elevado, el siervo de Dios. Escogió el servicio de Dios deliberadamente, a despecho de las fuertes tentaciones que tuvo de seguir una carrera mundana. El se consideró desde un principio como redentor de su pueblo, y al dar muerte al egipcio lo hizo en su carácter de tal, y así explica Esteban ese hecho. La desconfianza que él manifestó cuando fue llamado a la edad de ochenta años a acometer una empresa que él había creído desesperada cuando tenía cuarenta, le fue perdonada por Dios. Aunque naturalmente propenso a la ira y a la impaciencia, se dominó a sí mismo hasta el grado de merecer que se le llamara el más manso de los hombres; y su fe, humildad e indulgencia, la sabiduría y el vigor de su administración, su inquebrantable celo y fe en Dios, y su desinteresado patriotismo, son cosas dignas de toda imitación. No colocó a sus hijos en puestos públicos donde ejercieran poder y recibieran provecho. Muchos rasgos de su carácter y de su vida suministran interesantes elementos que lo hacen uno de los tipos de Cristo en sus diversas facetas, de Cristo como el libertador, el gobernante y el gala de su pueblo, rechazado por él, pero amándolo siempre, intercediendo por él como mediador, rescatándolo, enseñándolo y alimentándolo hasta llegar a la tierra prometida.

 

Todas las instituciones religiosas de Moisés dirigían la mente del adorador hacia Cristo; y de El mismo en el monte de la Transfiguración —2.000 años después de su muerte— pagó su homenaje al profeta que El había predicho; contempló aquel "buen monte" y el Líbano, y le fue permitido conversar con el Creador sobre el más glorioso de los temas, la muerte que Él había de recibir en Jerusalén.

 

Moisés fue el autor del Pentateuco, nombre con que se designan los cinco primeros libros de la Biblia. En la composición de ellos pudo haber sido ayudado por algunos escribas o por Aarón, que llevaba un registro de los negocios públicos. Algunas cosas fueron agregadas posteriormente por algún otro autor inspirado, como, por ejemplo, el último capítulo del Deuteronomio. El salmo 90 se atribuye también a Moisés; y los sublimes y piadosos sentimientos que en él se notan, adquieren una nueva significación si se reciben como escritos por él cuando estaba cerca del término de su peregrinación. Hay quienes le han atribuido el libro de Job, entre ellos algunos rabinos de renombre y diversos Padres de La Iglesia. Sus cánticos triunfantes son un preludio del canto final y eterno de Moisés y el Cordero. Sus escritos manifiestan la familiaridad del testigo que relata aquello en que él mismo tomó parte, y los monumentos de Egipto que existen hoy día todavía, confirman sus observaciones hasta en sus mínimos detalles.