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La complejidad funcional de los monasterios responde a que los mismos debían ser autosuficientes para que los monjes no rompieran la clausura. Ello deviene mandato de San Benito: “El monasterio ha de construirse de tal manera que todo lo necesario, es decir, el agua, el molino, el jardín y los diversos oficios, radique en su interior, de suerte que los monjes no se vean obligados a andar fuera de acá para allá, porque esto no es bueno para sus almas”.


La planta de los edificios monásticos se mantuvo sin grandes alteraciones durante toda la Edad Media. El mismo esquema organizativo cambió sólo sus vestiduras; primero fue paleocristiano, luego románico y posteriormente gótico. En otros artículos ya he hablado del tratamiento espacial y estético que cada uno de estos períodos de la arquitectura confirió a los edificios. La diversidad de órdenes monásticas no alteró la uniformidad de la tipología. Sólo dos órdenes monásticas sobresalen por sus características particulares: la cluniacense y la cisterciense. La primera fue fundada por Guillermo de Aquitania en 910 y se difundió rápidamente, convirtiéndose en una red de más de 1400 cenobios.


Su sede matriz, el monasterio de Cluny, fue el mayor edificio de la cristiandad medieval. Infelizmente, este magnífico edificio fue vendido por los anticlericales revolucionarios franceses y demolido años después. La segunda orden fue fundada en 1098 por Robert de Molesmes. Gracias al impulso de Bernardo de Claraval, ésta también creció incesantemente y llegó a tener una cantidad de monasterios similar a la de Cluny. Los cluniacenses se destacaban por la fastuosidad y el tamaño de sus edificios y contribuyeron en grado sumo a la evolución de las formas arquitectónicas. Los cistercienses, de acuerdo con los anatemas de San Bernardo contra el lujo y los placeres materiales, construían monasterios más austeros.


Generalmente, éstos carecían de esculturas y de torres-campanario, sus muros estaban despojados de toda ornamentación, sus vitrales eran incoloros, las iglesias no tenían triforios –galerías sobre las naves laterales- y las cabeceras de las mismas terminaban planas y no en ábside, que era lo habitual. Esta última particularidad tuvo gran influencia en la arquitectura eclesiástica de Italia e Inglaterra. Casi todas las características de la arquitectura monástica, en general, y de la cisterciense, en particular, pueden verse en el monasterio trapense de Pablo Acosta, en el partido de Azul. Recordemos que los trapenses son una rama del Císter, nacida en el siglo XVII.


Los monasterios medievales eran construidos por obreros del oficio, altamente calificados. Eran los mismos que construían las iglesias y, los castillos de los señores. Sólo los cistercienses tenían cierto grado de participación en la construcción de sus edificios. Dicha orden contaba con hermanos legos, especializados en los diversos oficios. Éstos hacían voto de obediencia, pobreza y castidad pero no podían convertirse en sacerdotes.


Para costear los ingentes gastos que las obras demandaban, los monasterios contaban con recursos propios, a la vez que recibían importantes donaciones de los señores, los cuales hacían estos actos piadosos con el objetivo de obtener indulgencias.


Muchos monasterios medievales han sobrevivido los avatares de los tiempos. Ya sea que hayan sido absorbidos por grandes ciudades, se hallen en recónditas aldeas quedadas en el tiempo o en la soledad del campo, estos venerables edificios todavía exhiben los muros entre los cuales se dio forma a la naciente cultura occidental.





Por Augusto Rocca Arq.

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