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Los asaltantes se encontraban en franca desventaja frente a los defensores. Mientras que los primeros debían disparar hacia arriba y desprotegidos, los segundos lo hacían hacia abajo y protegidos por las almenas. La posición ventajosa permitía a los defensores arrojar agua o aceite hirviendo, piedras y otros proyectiles sobre sus atacantes.


Las murallas sólo podían ser vulneradas mediante escaleras y torres móviles de asalto. Los castillos se rodeaban con un foso para impedir que estos artilugios se acercaran a los muros. Eso, siempre y cuando no hubiera obstáculos naturales. El foso se hacía muy profundo y, generalmente, se llenaba con agua para evitar que los atacantes socavaran las murallas mediante la construcción de túneles subterráneos. Para poder acercar las máquinas de asalto se hacía indispensable vaciar las fosas.


Los castillos tenían una sola entrada, la cual estaba flanqueada por dos torres que facilitaban el fuego cruzado contra los invasores. La puerta estaba protegida por un rastrillo. Éste era una pesada reja de madera que se revestía con hierro para evitar que fuera incendiado. El mismo se subía y bajaba, a modo de guillotina mediante un sistema de poleas. Para atravesar el foso los accesos de los castillos disponían de un puente levadizo, el cual también se accionaba mediante un sistema de cadenas y poleas. Por razones de seguridad el puente se levantaba al caer la noche.


Muchos castillos presentaban una fortificación al otro lado del puente levadizo. Ésta recibe el nombre de barbacana. Consiste en un recinto amurallado desde el cual se defendía la entrada. En caso de caer en manos enemigas, los defensores se retiraban al castillo y la barbacana se convertía en una trampa para los asaltantes. Ello se debe a que se diseñaban de tal forma que obligaban a los asaltantes a exponer su flanco derecho, no protegido por el escudo.


Los grandes castillos contaban con una red de atalayas cuya función era la de vigilar los dominios del señor y dar aviso en caso de avistar ejércitos enemigos. Las atalayas se ubicaban en lugares altos para tener una mayor visibilidad. Los avisos se daban a través de señales de humo o de hogueras, durante la noche. La visibilidad de las señales fue el factor determinante de la distancia entre atalayas.


Los interiores de los castillos no tenían más decoración que algunos tapices y muebles. La calefacción de los ambientes se realizaba mediante braseros que apenas podían mitigar el frío y la humedad que los caracterizaban. Excepcionalmente, Malbork –el moderno castillo de los Caballeros Teutónicos, monjes guerreros que difundieron el cristianismo en Europa oriental- contaba con calefacción central. Esta consistía en un recinto bajo en el cual se encendía con leña una gran hoguera cuyo calor llegaba a los aposentos mediante una red de conductos.


La circulación vertical de los castillos se realizaba mediante escaleras en espiral. Éstas ascendían hacia la derecha a fin de que los defensores se encontraran en una posición favorable en el manejo de la espada.


Los castillos no disponían de sistemas de desagües. Las aguas servidas y los desechos se arrojaban al foso. Para la provisión de agua contaban con un aljibe que, a diferencia de los que conocemos, eran una cisterna subterránea abovedada. Los aljibes se llenaban mediante la canalización de agua de lluvia o con baldes transportados por mulas.


En algunos castillos –generalmente tardíos- las torres y atalayas se rematan con empinados tejados de formas cónicas o piramidales. Los caminos de ronda se cubren también con un techo a dos aguas. Así, todo el conjunto se enriquece tanto en formas como en colores y adquiere una verticalidad mayor, rasgo típico de la arquitectura del bajo medioevo.


Los castillos llegaron a tal grado de perfección que se convirtieron en inexpugnables. La única manera de tomarlos por asalto era asediarlos por largo tiempo a fin de dejar sin provisiones a los defensores. Mientras tanto, las catapultas arrojaban proyectiles incendiados y animales muertos, con el fin de prender fuego o generar epidemias murallas adentro. La entrada en escena de la pólvora marcó el principio del fin los castillos. Las murallas comenzaron a hacerse más bajas e inclinadas para ser menos vulnerables al poder destructivo de la nueva tecnología bélica. La planta de los castillos empezó a presentar formas estrelladas para que los proyectiles no dieran de lleno contra los muros. En algunos casos las murallas no hacían más que contener gruesos terraplenes de tierra que era lo único capaz de resistir los embates de los cañones. Gradualmente las torres desaparecieron y la torre del homenaje se empezó a hacer más baja.


El absolutismo monárquico terminó con el feudalismo. Los castillos fueron destruidos uno tras otro. Los pocos que quedaban en pie fueron abandonados por sus señores que eran presionados a mudarse cerca de la corte; o por propia voluntad se construían palacios, la nueva tipología residencial, mucho más confortable. Otros castillos fueron transformados en palacios. Así se cerró un épico capítulo de la historia de Occidente.


En el siglo XIX el encanto y la belleza de los castillos inspiraron las ilustraciones de los cuentos de hadas y de las leyendas medievales que todos conocemos. Los parques temáticos para niños siempre cuentan con edificios llenos de almenas, torres y tejados cónicos, cuyas formas y colores recrean el ambiente de magia y fantasía de los cuentos. El más famoso de estos castillos es el de Magic Kingdom en Disneyworld.


La República de los Niños, cerca de La Plata, es otro ejemplo de esta arquitectura fantástica. Por su fama de inexpugnables, los castillos también sirvieron de modelo para la decoración de las fachadas de las cárceles durante el siglo XIX. Más felizmente, por la belleza de su volumetría, fueron fuente de inspiración para grandes residencias -como el castillo de Neuschweinstein, en Baviera- y para los magníficos hoteles de Canadá como el Chateau Laurier, en Ottawa y el Chateau Frontenac en Québec.




Augusto Rocca Arq.

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