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Una vez definido y asimilado el tipo de espacio, hubo que caracterizarlo. En las iglesias paleocristianas, las naves estaban divididas por hileras de columnas -generalmente jónicas o corintias sacadas de otros monumentos- que, en algunos casos, soportaban entablamentos continuos y, en otros, arquerías. De esta forma, los muros parietales quedaban “desmaterializados” en su parte baja. En lo alto se ubicaban, a ritmos regulares, las pequeñas ventanas. Los techos, a dos aguas, generalmente se ocultaban tras un cielorraso plano de madera formando artesones. En otros casos, las pendientes se dejaban visibles junto con las estructuras de soporte, con lo cual se ganaba verticalidad.


En la arquitectura clásica, la ornamentación consiste en la segmentación de las superficies mediante elementos decorativos de carácter estructural vinculados entre sí: columnas, pilastras, entablamentos, etc. Por el contrario, en las iglesias paleocristianas estos elementos desaparecen o se presentan en forma aislada; los muros se cubren interiormente con una decoración continua de mosaicos que reproducen imágenes de Jesús, santos y profetas. De esta forma se logra la “desmaterialización” visual del espacio que se suma a la real conseguida en la parte baja de los muros parietales.


Las primeras iglesias fueron concebidas como un reino celestial interior escindido del mundo que las rodea. Por este motivo, los exteriores, considerados una mera cáscara de cierre, lucen austeros y despojados. Los desnudos muros de ladrillo de las fachadas contrastan con la profusión decorativa del interior. Como única concesión a la estética exterior, en algunas iglesias, el testero principal está rematado por un frontón triangular. En otros casos, los frontones y una pequeña sección de la fachada se encuentran embellecidos con mosaicos. La disparidad en el tratamiento del interior y el exterior confiere a la arquitectura paleocristiana una de sus características definitorias: la interioridad.


La “desmaterialización” y la interioridad de las basílicas paleocristianas –al igual que las bizantinas- dan como resultado lo que se denomina “espacio espiritualizado”. Éste busca crear un clima hierático capaz de generar en los fieles un sentimiento de devoción y paz interior.


A partir del siglo V, siempre que sea posible, la cabecera de las iglesias se ubicará hacia el este. Esta orientación se debe al simbolismo de dicho punto cardinal: Cristo es la luz del mundo y se identifica con el sol naciente que, por renacer cada mañana, es también símbolo de la resurrección.


A diferencia de la escala colosal de los edificios públicos romanos, la arquitectura paleocristiana tiene una escala humana. Las iglesias primitivas no impactan por su monumentalidad a la manera de las termas y basílicas romanas, su tamaño es meramente funcional.


Los edificios paleocristianos que mejor conservados han llagado hasta nuestros días son Santa Sabina (432), Santa María en Cosmedín (380), Santa Inés extramuros (324), San Clemente (S. IV, restaurada a fines del S. IX, luego de un incendio), San Esteban Rotondo (468), Santa María Mayor (432) (aunque sus fachadas y su decoración han sido cambiadas en el S. XVIII) y el mausoleo de Santa Constanza (350), todos ellos en Roma. En Ravena los más importantes son: San Apolinar en Classe (549), San Apolinar nuevo (525), San Francisco (560) y la tumba de Gala Placidia (420). No todos los edificios tuvieron la misma suerte: San Pedro (329) fue demolida en el siglo XV debido a que corría peligro de derrumbe, siendo reemplazada por la actual basílica renacentista; San Juan de Letrán (313) fue muy reformada con el correr del tiempo; San Pablo extramuros (385) sufrió un incendio en el siglo XIX, afortunadamente fue restaurada en su forma original; San Lorenzo extramuros (580), resultó dañada por un bombardeo en 1943 y fue restaurada. Las Basílicas de la Natividad (333) y del Santo Sepulcro (336), reconstruidas o reformadas, han perdido bastante de su aspecto original.


La vigencia de la arquitectura paleocristiana se desvaneció en el siglo IX, sin embargo, al sentar las bases de la arquitectura eclesiástica occidental, su influencia llegaría hasta nuestros días.



Augusto Rocca Arq.

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