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Las basílicas romanas presentaban una nave central flanqueada por dos laterales más bajas. La diferencia de altura entre dichas naves permitía la apertura de ventanas en lo alto de los muros de la central, llamados parietales. Así, la nave central recibía la luz del exterior y la volcaba hacia las laterales que quedaban en semipenumbra. Cuando no había construcciones adyacentes, también se abrían pequeñas ventanas en las naves laterales. Las iglesias paleocristianas, siguiendo el esquema basilical típico, presentan por lo general, tres naves. Sin embargo, cuando se trata de templos de peregrinación, el esquema se amplía a cinco con la adición de dos naves laterales más. Este es el caso de San Pedro, de San Pablo extramuros, de San Juan de Letrán, de la basílica de la Natividad y de la del Santo Sepulcro.


En las iglesias paleocristianas, al final de la nave central hay un ábside semicircular en el cual se ubica la cátedra del obispo, a cuyos flancos, se extienden los bancos de los presbíteros. Esta disposición de asientos es análoga a la de las basílicas romanas, cuyo asiento central era ocupado por el pretor y, los laterales por sus asesores. El ábside va enmarcado por un arco triunfal, está más elevado que las naves y su cubierta es una semicúpula. En San Pedro y San Pablo extramuros, grandes iglesias de peregrinación, la planta se completaba con una nave transversal en la cabecera del edificio, entre las naves y el ábside. Esta nave cumplía la función de dar lugar a los peregrinos que visitaban las tumbas de los apóstoles y a las mesas en que se celebraban los ágapes funerarios. Con la incorporación de este espacio, las iglesias adquieren un aspecto tímidamente cruciforme, morfología que evoca el martirio de los santos a quienes estaban dedicadas. Este fue el primer antecedente de la planta cruciforme que, con distinta función y motivada por el simbolismo más general de la cruz, alcanzará su máximo desarrollo en la baja edad media.


El altar, centro espiritual de la iglesia, se ubicaba al final de la nave, delante del ábside. Esta disposición es análoga a la de los altares de las basílicas romanas, en los cuales se ofrecían a los dioses los sacrificios propiciatorios.


Una de las características más útiles del espacio basilical para la función litúrgica es que su forma longitudinal permite focalizar la mirada de los fieles hacia el altar. Esta particularidad confiere al espacio su carácter direccional o axial, el cual predominó siempre en las iglesias de Occidente en contraste con la centralidad que primó en de las de Oriente.


En las iglesias paleocristianas los fieles se ubicaban en la nave central, los hombres de un lado y las mujeres del otro. Entre los fieles y el altar, también en la nave central, se ubicaba el coro. Éste estaba rodeado por un cancel bajo que lo aislaba de los feligreses. A cada lado del coro había un púlpito, desde el derecho se leían las epístolas y desde el izquierdo los evangelios. En las iglesias con nave transversal, ésta estaba separada de las naves longitudinales mediante un muro bajo llamado septum. Por ello también se denomina transepto –transeptum- a la nave transversal.


Algunas iglesias presentan galerías sobre las naves laterales, tal es el caso de Santa Inés extramuros y de San Lorenzo extramuros. Dichas galerías se denominan matronium debido a que a veces se usaban como gineceo. A pesar de su nombre, su función más frecuente era la de ubicar a las autoridades políticas.


Las basílicas paleocristianas presentan un esquema organizativo análogo al de las casas romanas, resabio de las primitivas reuniones en dichos lugares. El acceso se produce a través de un vestibulum o pórtico de entrada, luego se pasa al atrium (atrio) que es un patio con galerías a los costados. Éste era el lugar en el cual los catecúmenos presenciaban la misa desde afuera, tal como sucedía cuando el rito era doméstico. También servía para recibir a los fieles que se reunían antes de entrar y al salir de la misa, función que siguen cumpliendo hasta el día de hoy. Entre el atrio y la iglesia hay un espacio de transición llamado nártex, éste es una galería, generalmente más alta que las que flanquean el atrio. Desde el nártex los catecúmenos podían seguir la misa a través de un cancel que separaba el interior del exterior. A partir del siglo V algunas iglesias presentan doble nártex: el exonártex que es exterior, como el descrito y el esonártex, que queda incorporado al interior. Este último, funcionando como un vestíbulo de acceso será el que se imponga en las iglesias de épocas posteriores.


Como los no bautizados no podían entrar a la iglesia, los baptisterios se encontraban fuera de la misma, generalmente a un costado. La planta de los baptisterios era centralizada y estaba basada en los ninfeos (nymphaeum). Éstos eran templetes que decoraban los jardines de los palacios de los romanos, estaban dedicados a las ninfas y en el interior tenían una piscina con estatuas y plantas. Muchos baptisterios paleocristianos no son más que ninfeos reconvertidos. La forma solía ser circular o -más frecuentemente- octagonal debido a que este polígono es un símbolo de la resurrección. En el interior de los mismos, rodeada por un deambulatorio, se hallaba una piscina bautismal, cuyo tamaño -que era el de las de los ninfeos- era mucho mayor que el de las pilas actuales debido a que el rito era de inmersión y no de aspersión como lo es en la actualidad. El baptisterio más famoso es el de San Juan de Letrán.


Además de ser utilizada para los baptisterios, la planta central también fue empleada -siguiendo la tradición funeraria de los romanos- para los mausoleos y cenotafios de los cristianos más importantes, genéricamente llamados martyrium. Éstos eran circulares, octagonales o en cruz griega, que es aquella cuyos brazos son iguales. Un ejemplo de planta circular de esta tipología es el mausoleo de Santa Constanza, hija de Constantino, que en realidad nunca fue santificada. Otro ejemplo, en planta de cruz griega, es la tumba de Gala Placidia en Ravena.


Constantino también mandó edificar iglesias de peregrinación en los Santos Lugares. Sobre la gruta donde naciera Jesús se erigió la basílica de la Natividad y, sobre su supuesta tumba, la del Santo Sepulcro. Estos santuarios debían conciliar la función litúrgica con la conmemorativa, para resolver la cuestión, presentaban una planta longitudinal típica que servía a los fines de la misa y, un espacio centralizado, al final de la nave, que indicaba el lugar de acceso a la cueva del nacimiento, en un caso, y al sepulcro, en otro.