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El Cuadrado Mágico
Carlos Castaneda
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SATOREl Cuadrado Mágico fue descubierto por el arqueólogo italiano Matheo Della Corte en 1936 entre las ruinas de Pompeya.


Escrito sobre una pared blanca con carbonilla estaba ese juego de palabras el “Cuadrado Mágico” a 1,40 metros bajo el suelo, debajo de la piedra pómez que cubría ese lugar. En el siglo I de nuestra era el volcán Vesubio aniquiló para siempre la ciudad, y sus habitantes resultaron calcinados.


Posteriormente ese cuadrado fue encontrando en otros lugares muy diversos: Francia, Italia, Alemania, Hungría... etc. En España, que sepamos, existe uno en Santiago de Compostela, sede también del llamado "Nudo de Salomón" o svástica del Miño, un símbolo entre el laberinto y la cruz. Una extraña inscripción fechada con certeza por la destrucción de la ciudad en el año 79 d.C., y que los arquitectos cristianos reprodujeron profusamente más tarde en diversos monumentos en Italia, Francia, en la iglesia de Pievi Iersagui, cerca de Cremona, en el castillo de Carnac, sobre la bahía de Quiberon (Morhiban, Bretaña), zona famosa por sus monumentos megalíticos, dólmenes y menhires extrañamente alineados, y en el templo de Saint-Laurent de Rochemaure.


Así también, la inscripción fue descubierta en unas ruinas romanas situadas en Cirencester, Inglaterra, a 55 kilómetros al Noreste de Bristol, y en Doura Europos, antigua ciudad siria sobre la margen derecha del Eúfrates, donde actualmente se eleva la localidad de Qalat en Salihiya, unos 440 kilómetros al Nor–noreste de Damasco, y en otros lugares.


Apodada el "cuadrado mágico" –o con más propiedad el cuadrado SATOR– la inscripción se presenta en la siguiente forma:

 

SATOR cuadrado


Este palíndromo latino es con toda seguridad una inscripción paleocristiana. En efecto, las veinticinco letras que lo forman permiten escribir –sin repeticiones– dos veces la palabra PATERNOSTER, y dos veces también las letras A y O, el alpha y el omega –el Principio y el Fin– que relata el Apocalipsis del apóstol Juan (IV-21-6), tal como se puede comprobar seguidamente:


 
 Paternoster



El vocablo SATOR, en la traducción que mejor responde al mensaje del palíndromo, significa creador; AREPO tiene distintas interpretaciones A REP(aratione) O(ptima) Del Griego Arrepoa que su traducción es Inmutabilidad debemos señalar que es la inversa de OPERA; TENET, en las aceptaciones que pueden interesar, distingue a mantener, ocupar, dirigir,gobernar; TENET que es la cruz y seguramente la mas importante también se puede leer De ROTAS se puede traducir en Ruta, o también relación con la rueda del Samsara o rueda de la vida. OPERA todos sabemos que es obrar, generar, manipulear, operar. Según el escritor Italiano Rino Cammilleri del libro “Il Cuadrato mágico” Dice que: –eliminando transitoriamente AREPO– el palíndromo debe interpretarse así: "El Creador gobierna los procesos cíclicos"…, o sea con trabajo, acto o proceso (OPERA).



De esta manera obtenemos provisionalmente el siguiente resultado parcial: "El Creador gobierna los procesos cíclicos con un trabajo inverso…" ("SATOR – AREPO – TENET – OPERA – ROTAS"). Pero todo palíndromo se caracteriza por leerse igual desde arriba hacia abajo que a la inversa, o de izquierda a derecha y recíprocamente.


En consecuencia, si el palíndromo SATOR se lee desde arriba hacia abajo, y de inmediato desde abajo hacia arriba, pero partiendo siempre desde la izquierda, tal como se escribe y se lee en latín, encontramos la clave y el mensaje del palíndromo, ya que si bien es cierto que SATOR – AREPO – TENET – OPERA – ROTAS significa "El Creador gobierna los procesos cíclicos con un trabajo inverso", no lo es menos que "ROTAS – OPERA – TENET – AREPO – SATOR" expresa sin la más leve duda que El Sol se ocupa de los trabajos inversos del Creador. Ambas lecturas son absoluta y necesariamente complementarias para desencriptar el mensaje puesto en el palíndromo, pero a la vez confirman el desconocimiento –todavía existente en los tiempos inmediatamente anteriores y posteriores a la Era Cristiana– de los descubrimientos de Aristarco de Samos (hacia 310-230 a.C.) referidos a la rotación de la Tierra sobre su eje polar y en torno al Sol (heliocentrismo), y los de Hiparco de Rodas (hacia 150 a.C.), relacionados con el fenómeno astronómico de la precesión de los equinoccios, que constituye una de las resultantes de los diversos movimientos simultáneos y combinados que, por los efectos gravitacionales conjuntos del Sol, la Luna, y otros cuerpos celestes, realizan nuestro planeta –y su órbita– en torno al Sol.



El desconocido autor del palíndromo SATOR –aferrado todavía al geocentrismo anterior a Aristarco de Samos, y desconociendo sin duda los descubrimientos de Hiparco de Rodas, atribuyó directamente al Sol la función de ejecutor de los "trabajos inversos del Creador", o sea de los efectos emergentes de la precesión de los equinoccios, los cuales regulan "Nolens Volens" el ritmo y la duración de los ciclos cósmicos de la humanidad. En efecto –y para el Hemisferio Norte– el equinoccio de primavera marca el punto en el que la Tierra, en su movimiento anual de traslación alrededor del Sol, pasa del semiplano eclíptico austral a su homólogo boreal, punto que es variable pues anualmente se desplaza en sentido retrógrado a lo largo de su órbita sobre la eclíptica. Esta retrogradación o precesión es de 50,27 segundos de arco por año trópico (365,242 días solares medios), lo que implica en forma poco menos que exacta una variación de 1º de arco en 72 años, 30º en 2160 años, y 360º en la cantidad de 25.920 años, lapso este último durante el cual una hipotética proyección del punto vernal (del latín ver: primavera) sobre la corona de constelaciones zodiacales efectuaría una vuelta completa para regresar aproximadamente al punto de partida.



Además, en dicho ciclo precesional de 25.920 años, las estrellas polares Norte y Sud se modifican varias veces, sin repetirse en el lapso indicado. El período cíclico–cósmico que con mayor frecuencia aparece en casi todas las grandes tradiciones, no es tanto el de la precesión de los equinoccios, cuanto su mitad.


Es este período el que corresponde notoriamente a aquel denominado gran año por los pueblos hiperbóreos, los caldeos, los persas preislámicos, los griegos y los atlantes, evaluado en 12.960 años. Fuentes de origen hindú y caldeo –entre otras– señalan en 5 (cinco), o sea el mismo número de los elementos del mundo sensible (éter, aire, fuego, agua, tierra), la cantidad de grandes años que incluye nuestro actual ciclo cósmico, lo que hace un total de 64.800 años a contar desde su ya lejano comienzo, hasta su culminación luego de un crepúsculo final, para reiniciarse un nuevo ciclo de la cadena de mundos.