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Si el presunto Moisés histórico de quien se dice se crió en palacio como un príncipe más, hubiese tenido educación principesca, y por ende, mediante ése tipo de preparación, hubiese accedido asimismo a los secretos del Templo, sin lugar a dudas que la reacción de las autoridades de la época, (padres adoptivos incluidos) ante la firmeza en su deseo de emigrar, hubiese sido francamente furibunda.

 

Quien se formaba dentro de los cánones del Templo egipcio, era, de por sí, el Templo mismo y había con seguridad trascendido en tal carácter formativo, a instancias y planos muy superiores al resto de los comunes educandos, a esferas tan encumbradas de iluminación, que hacían de él un verdadero peligro fuera de las fronteras de su país natal, y ni qué decir si esos secretos que los egipcios guardaban con sumo celo bajo siete llaves, fueran hipotéticamente develados con el correr del tiempo a otros pueblos y culturas.

 

La Sabiduría que hizo de éste pueblo uno tan diferente si se lo compara con otros nómadas y pastoriles de la época, estaba a todas luces en peligro y su poderío innegable en camino de extinción.

 

Nótese que los hebreos eran pastores, alfareros a lo sumo y que hasta Salomón se vio impelido a llamar a extranjeros para construir su templo. El, el rey sabio que rezumaba oro, no contaba con constructores en el seno de su pueblo, con calculistas y artistas aptos para realizar, dirigir y embellecer la gran obra.

 

El Antiguo Testamento nos dice que Yahvé negó a David el privilegio de construir una morada para el Arca de la Alianza y su invalorable contenido, pues éste rey tenía las manos manchadas de sangre a lo largo de tantas campañas y conquistas emprendidas con la finalidad de agrandar los límites de su poderío. Por tanto, otorgó dicha facultad edilicia a su hijo Salomón, quien reinó desde el año 970 al 931 antes de nuestra era.

 

Charpentier nos dice que es probable que para la lectura de las Tablas de la Ley, fuesen necesarios los libros crípticos de Moisés en los que constaba la clave cabalística. Más tarde en los tiempos, vemos que fueron los cabalistas judíos quienes detentaron el arte de transcribir en cifras y fórmulas, los libros mosaicos.

 

El mismo autor nos manifiesta que las Tablas de la Ley constituyen una “fórmula del Universo” y que, apelando quizás a la teoría pues no existen constancias de ello, esas mismas tablas sacadas de Egipto, estaban en poder de los constructores de catedrales en su momento. O bien su esencia y contenido cosmogónico, a mi entender.

 

El ensayista-escritor traza un paralelo entre las pirámides como formulario de “ciencia cósmica” y la catedral de Chartres. Agrega, asimismo, que, si el Grial ha sido considerado siempre “la copa del saber”, ir a buscar las tablas de la Ley era precisamente, para los que se cree fueron los nueve primeros enviados de San Bernardo, ir a la conquista del Grial.

 

La huída de los judíos, conmemorada sistemáticamente durante más de tres mil años durante la Pascua judía, dejando ahora de lado al aludido Charpentier, es indudable que ha sido teñida de leyenda a través del tiempo, y del mismo modo así ha sucedido respecto de la vida de Moisés y “la entrega de la Ley” al pié del monte que la Biblia denomina Sinaí u Horeb. Dicha Biblia relata que Moisés, jefe del exilio de su pueblo, subió a la cúspide del Sinaí y allí habló cara a cara con su Dios Yahvé, mientras su pueblo hebreo en tránsito esperaba en el llano entre nubes relampagueantes, que ocultaban la cima del lugar geográfico al que su líder había ascendido. El desconcierto se hizo presa de la gente y en un anhelo de respaldo, buscaron apoyo en Aaraón, hermano de Moisés. Se dice que Moisés tenía dificultad para hablar y que se comunicaba por boca de Aaraón.