Kabbalah
El Precepto
¿Qué es la kabbalah?
Sepher ha Zohar
Shimon Bar Yojai
Moisés de León
Santa María y Gea
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Gaia¿Y qué conclusión extraemos a lo largo del fluir de todo este manantial de literatura religiosa? Me refiero a los Evangelistas con sus narraciones ora coincidentes ora diferentes entre ellos, lo aportado por escritos de Santos y estudiosos de la Teología, el reiterado y para muchos, ultramodernista autor Kabaleb y una legión interminable de estudiosos que han deseado alcanzarnos su verdad, interpretación de la misma o testimonio…Al entender de quien escribe, nos legan la enorme responsabilidad de bucear en esta diversidad interpretativa de lo sagrado, el esforzarnos por extraer su contenido al máximo, el analizar si exceden al tiempo en que axiomas y reflexiones fueron desplegados, el extraer la sutil gama de tenor metafórico de tantos y tantos escritos y, por si ello no bastase, descubrir qué parábola y / o metáfora se nos grabó a fuego y por qué.

 

Concluido el recorrido y con la inestimable ayuda de la fe, el trabajo está acabado y sentimos que no somos simples repetidores de versículos ni recitadores de una historia o cultura impuesta, cualquiera que ellas sean. Muy por el contrario, se trata de algo sustancialmente "incorporado" en mente y alma que nos es tan propio como el respirar. Llegamos a la conclusión que nuestro esfuerzo no fue en vano y que merced a él, somos depositarios del "mensaje", cualquiera sea su índole, dado lo cual, nos será más fácil su transmisión a través de una cabal interpretación.

 

Pero regresemos al tan particular autor que hoy nos ocupa y algunas de las partes extraídas de su extenso libro. Es tarea de cíclopes lograr una discreta recensión del mismo, tal la riqueza y abundancia de su contenido. Ya casi al final de la obra, el intérprete de los evangelios reconocidos como oficiales por la iglesia católica y por él analizados a la luz del tercer milenio, nos dice:

 

"Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María la de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, dijo a la Madre: Mujer, he aquí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He aquí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa (Jn. 19, 25-27). Hemos visto que el único discípulo que siguió a Jesús hasta la cruz fue Juan, en cambio allí estuvieron tres mujeres, tres Marías representantes de la fecundidad en los tres mundos en que se desarrolla la acción de Cristo, los llamados mundos de la acción, de la formación y el de la creación.

 

La reflexión se impone: La naturaleza femenina acompaña a Jesús hasta el final para asegurar la fecundidad de su Obra... El carácter simbólico de las palabras de Jesús aparece claramente si tenemos en cuenta que en ningún momento se nos dice que el Maestro ejerciera una actividad lucrativa como para hacer vivir a una familia y, por otro lado, se nos habla de los siete hermanos de Jesús  (el termino semítico para hermano, sea en hebreo o en arameo, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, designa a cualquier familiar sanguíneo cercano colateral, sin adquirir el mismo sentido que en nuestra lengua donde hermano designa al hijo de un mismo padre o madre) a los que María podía recurrir, no necesitando por ende que Juan la recibiera en su casa.

 

¿Estaba Jesús encargando a Juan lo más sagrado que como Hijo de Dios y Hombre encarnado entendía que debía preservarse a toda costa? ¿Era el Maestro tan apegado a su familia terrenal?.. El autor entiende que aquello que el Maestro encargó al discípulo amado, colosal tarea si se quiere, al único de entre todos sus seguidores que lo siguió hasta el final, fue nada más ni nada menos que "la manutención y el cuidado de la Nueva Tierra Madre que el derramamiento de Su sangre iba a producir". Así, esta Nueva Tierra Madre en la cual florecería la nueva humanidad crística, fue al fin recibida en casa de Juan, del mismo modo que esa Tierra Virgen, esa María Purísima, vive en casa de Juan. Y quien escribe agregaría ¿Qué representa Juan entonces? Pues bien, acaso a la luz de todo lo expuesto sea muy simple discernirlo: Juan encarna el interior genuino de cada uno de los seres humanos, su recinto sagrado, su quintaesencia, lo intransferible de cada quién, aquello inmodificable con lo cual venimos al mundo, que por propio nos lo llevamos por encima de posesiones y ropajes, como nuestro intransferible sello al momento de partir. Ergo, estamos hablando del Alma.

 

Dando por descontado lo que Juan representa, ya no hay misterio en estas palabras. Juan, el revelador de los cambios a producirse en el mundo al instalarse el Reino de Cristo, mantendría, cuidaría y alimentaría la Nueva Tierra tal cuál le fuese encomendado por el Salvador. Un mundo nuevo debería despertar luego del derramamiento de Su sangre, como ya se ha comentado.

 

Al igual –nos acota el autor– que Juan lo hizo, debemos considerar que el ruego de Jesús ya clavado en la cruz se dirige a cada uno de nosotros y todos debemos ser cuidadosos de esta Nueva Tierra, de esa Madre Eterna que Cristo nos legó al final de su itinerario. Debemos ser los guardianes de esa especial María, los custodios de su pureza, los soldados celosos de la fertilidad del legado divino a fin que, de sus santas entrañas pueda nacer la Nueva Humanidad, la muy esperada humanidad portadora del Cambio.

 

En la Mitología vemos que cada personificación de la espiritualidad tiene su propia "tierra" o esposa. Así, la parte femenina de Urano, primer dios del Olimpo, se llama Gaia. La parte femenina de Kronos-Saturno, el segundo rey del Olimpo, se denomina Rea y la parte femenina de Zeus-Júpiter, el tercer rey del Olimpo, es conocida como Hera.

 

Las culturas aborígenes también nos hablan de la Pachamama o Madre Tierra a quien debemos salvaguardar. Contrariamente a los dioses enumerados más arriba, Cristo murió sin dejar esposa puesto que en el mundo unitario que vino a preconizar desaparece la dualidad, lo blanco-negro, el bien-mal, el día-noche, y, por consiguiente, desaparece también lo masculino-femenino. Cristo entonces nos lega el cuidado de su Madre, de la Tierra Fértil interior, y nos instituye como guardianes de lo intrínseco-sagrado de cada uno.

 

La Tierra que El deja no es la mujer-esposa, o sea la polaridad negativa de su propia personalidad, dado que lo positivo y lo negativo están fundidos en El, sino la Madre, la Esencia Primordial sin la cual nada puede existir. La Madre existió antes de que el mundo fuese mundo. Estaba y estará. En nuestro sistema solar, ya fuera de lo interior de nosotros mismos, la Madre es el Universo, todo lo creado y por crearse y en la Mitología, la Madre Primordial fue Gaia quien dio vida por sí sola a Urano. Breve, representa el antes, ahora y después de toda existencia imaginable por el hombre. Es, se podría argumentar, la creación más perfecta del Eterno, su máxima Expresión.

 

Al final, las inevitables preguntas surgen: ¿Es correcto todo lo expuesto por Kabaleb? ¿Ha divagado el autor español? ¿Podemos sacar en limpio algunas secciones de su extenso compendio y descartar otras?... La respuesta corresponde al lector y solamente a él. El mensaje de la Verdad no puede ser masificado y de esta manera, nuestra voluntad de discernimiento y aprobación sabrá qué parte de su interpretación le caló hondo o no.

 

Finalmente, quizá sea nuestro comportamiento futuro como resultas de la interpretación de la Divina Palabra, provenga ésta del autor o evangelista que provenga, el que abrirá el Arca de los Misterios en su justa medida. Al Uno se llega por uno mismo, eso es innegable.

 

 

Mary-Su Sarlat