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  • San Benito, precursor de monasterios.

  • San Bernardo, sus reformas, su ideal cenobítico.

  • Los caballeros templarios, primera orden de caballería cristiana.

  • El ocaso de la caballería de la mano de Isabel la Católica.



San Benito de NursiaCuando San Benito escribe y confecciona la regla que regirá sus monasterios, sabe positivamente que en ellos van a entrar más hombres de armas que hombres de campo, algunos ricos pero no demasiados y sobre todo muchos hijos de nobles y de guerreros; San Benito sabe que el monasterio es un “cenobio” más también es una “acies”, esto es una milicia.


Con ésta idea dentro suyo, el promotor monástico requiere del futuro monje la paciencia, la obediencia, la vigilancia sobre sí mismo, la disciplina, el espíritu de cuerpo y la voluntad de permanencia en el campo espiritual a pesar de las dificultades.


Los voluntarios que se presentaban ante el abad Benito, procedían todos de una sociedad cruel, despiadada con el débil, cuya norma era la violencia y que odiaba a los tiranos y a los poderosos por igual.


A todos esos aspirantes Benito les propone un lema, máxima aspiración suya para educar a su discipulado: Pax. La “pax romana” que se fundamenta no en la sumisión por las armas sino en la aceptación de la obediencia a los otros y fundamentalmente en la humilitas que Cristo enseñó a sus seguidores.


La obediencia y la humildad producen otra virtud, opuesta a la codicia y a la prepotencia, que es la paupertas Christi, que es la aceptación de una condición humana redimida y salvada por la gracia y no por el poder del dinero.


Todo esto muchos años más tarde lo va a resumir y exponer en forma admirable Bernardo de Claraval en su Alabanza de la nueva Milicia.


El ideal monástico fue admirablemente lanzado y le cupo luego a los iniciadores del Cister adecuar esta verdadera escuela de caridad y formación espiritual a los hombres rudos y labriegos cargados de buena voluntad pero a quienes era menester dotarlos de dosis mínimas de urbanidad para la convivencia en el cenobio y la labor a desempeñar en su conjunto.


Otra labor del monasterio, estaba dada en su función de escuela formadora y protectora de vástagos nobles, abreviando, lo monástico era un centro de atracción para ricos y pobres. Así el monasterio se hace rico y sus riquezas se transforman en que todos se sienten bendecidos y colmados en sus necesidades.


El ámbito vital de los monjes es la “Jerusalén celeste” que brilla por doquier en los monasterios preciosos, en sus códices, en sus capiteles ornamentados y en las reliquias de santos y mártires recubiertas de oro y plata.


Y surgen así los monjes del “nuevo monasterio” que se hacen “rústicos” dando si se quiere la espalda a la burguesía y a las intromisiones por parte de la nobleza, a los poderosos de la Iglesia y de la política, pero sin despreciarlos, simplemente marcándoles su lugar. Como? Veremos que los cistercienses transforman su rusticidad en una pobreza que encarnan en un fino humanismo.


Vemos que laicos, clérigos y otros, lanzan furibundas acusaciones a ese Cister que rompe todos los moldes. No se acepta que un noble medieval se entregue a tareas propias de la servidumbre, destinadas a los ignorantes de las masas incultas.

 

Pero los cistercienses demuestran que no es el tipo de trabajo lo que dignifica al hombre sino que es la calidad de la persona que dignifica al trabajo, como bien se cuidad de expresar Bernardo en una carta suya dirigida al abad inglés de su misma orden, Elredo de Rieval.