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TEMPLE EN AMERICA - PUERTOS TEMPLARIOS


Cuando se me solicitó que me informara acerca de algunos aspectos que hacían al todo de aquello que los templarios denominamos “Temple en América”, (a fin de plasmarlos en este Retiro de igual manera que el resto de los hermanos con sus ponencias), no pude a menos que pensar: “¿Por qué justo a mí?”

Quizá la pregunta adecuada hubiese sido aquella de “¿Por qué no a mí?”

¿De donde provenía esta negación? Quizá del hecho que, sobre la posibilidad del Temple en América, existía, a mi criterio (erróneamente con seguridad), solo “La Posibilidad”. Nada más. Dicha “posibilidad” estaba dada por ciertos signos hallados en algunos puntos de nuestro país, que apuntan de más en más a reforzar esta teoría.

Si bien hoy en día se tiene la certeza de que otras civilizaciones precolombinas, vikingos por ejemplo, (también mongoles para otros) han puesto su pié en las Américas, es poco el rastro que de ellas nos ha quedado.

Pero vayamos a una introducción concreta para tocar más tarde el tema específico de los Puertos de Embarque Templarios.

Se dice que el Temple rezumaba plata, metal escasísimo por aquel entonces en Europa, del mismo modo que el sabio rey Salomón en su época rezumaba oro, oro que tampoco se extraía dentro de los confines de su reino.

Salomón hizo erigir un templo hermosísimo, ornado de exquisitas, ricas extravagancias, a fin de rendir culto al Señor. En el sagrado recinto, el oro abundaba junto a las maderas de cedro del Líbano, los mármoles y demás. Hiram Abiff supo realizar allí una tarea excelsa.

Los templarios por su parte, tras volverse adinerados, poderosos y prósperos a través de una trayectoria basada en el orden y el trabajo sistemático, donde las donaciones, la planificación y los negocios inteligentes no faltaron, también optaron por honrar a su puntal sagrado erigiéndole magníficos templos, mas en su caso no destinados a Dios sino a Nuestra Señora (Notre Dame), a la Santísima Madre, la Tierra Madre, Virgen Negra o a la Magdalena. Las interpretaciones al respecto son vastísimas.

Pero esto último no viene al caso ahora. A ella, a la Madre Eterna,  le dedicaron palacios góticos denominados catedrales, de un esplendor inusitado para su tiempo, templos éstos donde la sencillez y la robustez del románico fueron dejadas de lado para concebir muros altísimos y delgados, engalanados de vitrales, que fueron sostenidos mediante el empleo de arbotantes cuya gracia y fineza se dice tuvo cuna en el cálculo áureo o sagrado.

Pero todas estas construcciones, eran sumamente onerosas. El empleo de cientos de obreros canteros, artistas y demás gremios ligados al oficio de la construcción, exigía de una paga adecuada que compensase la sabia tarea de los trabajadores francos o libres.  Se dice que la plata extraída de Bolivia y Perú sufragó tales gastos sobradamente, entre otras inversiones de fuste llevadas a cabo por encargo del Temple, tal los puentes, castillos, etc.

Se cree que nuestro Río de La Plata toma su nombre del número de barcazas que surcaban sus aguas cargadas del aludido metal.

Signos rúnicos, cruces, tanto en Córdoba como en el famoso Fuerte Patagónico, nos hablan acerca de esta posibilidad de una ruta templaria con la mira puesta en Argentina.

Una gran cruz de piedra (entre otros vestigios) con una serpiente enroscada hallada por el ing. Fluguerto Martí, parece querer respaldar la teoría que nos ocupa. Sin embargo, suelo ser muy cauta al respecto y me digo que las poblaciones galesas que tuvieron a bien asentarse en Chubut y Trelew a partir de 1890 en adelante, (huyendo del despotismo británico que no les permitía el empleo de la lengua vernácula en su tierra originaria, dentro de otras discriminaciones hacia ellos sufridas bajo el Imperio) de indiscutible raigambre Celta, pueden haber dejado asimismo algunos rastros pétreos un poco aquí y allí, tal el caso de este importante signo que nos presenta su descubridor. Alguien pudo haberse traído consigo a través de los mares esta antigua cruz para ser colocada en su tumba, asimismo. Desconocemos demasiado acerca de las costumbres de estos pueblos allende los mares.