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Arnau de VilanovaFue llamado "el médico de Reyes y Papas" y se lo reconoce como uno de los más grandes alquimistas de todos los tiempos. Un personaje fascinante que sin duda se adelantó a su época.

 

Arnau de Vilanova se quería ciudadano de aquello que se llamó "la catolicidad" en un tiempo en el que la Nación, cualquiera que fuese, era completamente inexistente. Su drama consistió en que su figura, no solamente se adelantó a su tiempo, sino que también fue "testigo de la tradición" en un momento en la que ésta se empezaba a diluir.

 

Arnau, efectivamente, prefigura a los hombres del Renacimiento en su polifacetismo, en el interés que tuvo por todas las ramas del saber. Frecuentemente se le ha comparado a Paracelso, pero también pueden encontrarse sin dificultad similitudes con Giordano Bruno, Marsilio Ficino, Pico della Mirandola y otros muchos. Al mismo tiempo, Arnau es heredero de la gloriosa tradición esotérica anterior, personificada en figuras como San Alberto Magno, Roger Bacon, Joaquín de Fiore, Avicena o Galeno a quienes leyó y tradujo. Arnau es profundamente universal y, en tanto que tal, es decir, al no sentirse ligado a ninguna tierra, encarna los valores de lo que, con Evola, hemos dado en llamar "Luz del Norte".

 

Esta es pues la vida y la obra de un hombre excepcional, que percibiendo la proximidad del fin de los tiempos, propuso renovar la Cristiandad. La Inquisición y renovados representantes de la "Luz del Sur", del sacerdocio y del dogma incuestionable, lo procesó por ello y la quema de sus libros años después de su muerte creó un dramático vacío documental.

 

Se tienen pocos datos sobre la vida de este hombre que fue llamado en rigor "Médico de Reyes y Papas". El mismo nos dice en su "Espejo Médico" que nació en Vilanova de Filoca, cerca de Daroca, en 1240, cuando el territorio hacía poco que había sido conquistado por el "Buen Rey Jaime I". La zona había sido repoblada con cristianos venidos de las tierras de Lleida.

 

A los veinte años fue a estudiar a Montpellier y logró graduarse en la Escuela de Medicina célebre de esa ciudad. Quinientos años después, los médicos barceloneses, seguían viajando a esta ciudad del Mediodía francés a la vista de la decadencia de los estudios de medicina en los Estudios Generales de Barcelona, traspasados luego a Cervera. Los judíos establecidos en Avignon, Narbona y Montpellier, habían ejercido la ciencia médica mucho antes de establecer la escuela en 1201. Arnau permaneció hasta 1270 en Montpellier y tuvo como profesor a Antón Martí quien "sembró en su espíritu la semilla del hebreo", al decir de sus propias palabras.

 

Por esas fechas, Arnau había acumulado una notable biblioteca compuesta por libros de inspiración joaquinita, platónica y aristotélica sin que faltarán obras de Santo Tomas -imprescindibles en la época- textos de medicina y otras ciencias.

 

Pasó a ser médico de Pedro II de Aragón al que tratará de distintas dolencias hasta 1289, fecha en que vuelve a Montpellier donde residirá los diez años siguientes componiendo buena parte de su obra; en ese tiempo tradujo a Avicena y Galeno. También escribe obras de carácter profético que empiezan a ser miradas con desconfianza por los inquisidores que ven indicios del pensamiento de los begardos, fatricellis y otras herejías medievales.

 

En 1297 publicará su "Introducción a Joaquín de Fiore" y se hará portaestandarte del profetismo cristiano y del milenium apocalíptico que se originará con la llegada del anticristo que Arnau anuncia a fecha fija. El estudio de la cábala hebrea y su contacto con antiguos alumnos del Studium Hebraicum de Barcelona y Montpellier le induce a intentar la sistematización de una cábala cristiana a partir del análisis del nombre secreto de Dios, "Yhavhé".

 

Su actividad como médico de Jaime II le dará gran prestigio entre la corte catalano-aragonesa y, de médico de palacio, pasará a ser consejero del Rey. A finales del siglo XIII escribirá para Jaume II un "Tratado sobre la Prudencia de los Estudiantes Católicos" y otro para contribuir a la educación del hijo del Rey.

 

En 1298 Felipe el Hermoso, rey de Francia, lo envía en una embajada al Valle de Arán. Aprovecha su estancia en París para difundir sus ideas escatológicas sobre la llegada del anticristo. Esto le valdrá un primer proceso del que sólo le salvará su cargo de embajador y la inesperada influencia a su favor de Nogaret, el canciller del rey Felipe el Hermoso; este hombre, que ha pasado a la historia con el nombre de "el chacal" por haber expoliado y destruido a la Orden del Temple, preferirá alinearse con Arnau, y salvarle la vida. Gracias al apoyo de Nogaret, pudo apelar a Roma contra la sentencia de la Sorbona y ser recibido por el papa Bonifacio VIII al que sanará de sus enfermedades crónicas.

 

Lo vemos en el 1302 en Catalunya, polemizando con los dominicos de Girona. Al año siguiente se ve forzado a escribir varios opúsculos contra los dominicos de Marsella que también le acusan de herejía, impiedad y contactos excesivamente estrechos con el cabalismo hebreo y los sabios islámicos. Estos ataques le obligan a pedir la protección del nuevo papa Benedicto XI del que será su médico, pero no podrá evitar que muera al poco tiempo, según algunos rumores, envenenado por un "espiritual", Bernardo Delicieux.

 

Marcha a la corte de Federico III de Sicilia, al que la cristiandad tiene por gran protector de los franciscanos "espirituales". Los disidentes franciscanos, en su intento de predicar una vida pura y ascética, huyendo de oropeles y vanidades, no hacían si no mirar hacia el interior de sí mismos y rechazar lo que representaba la Roma papal: el sacerdocio, la mediación entre Dios y el Hombre, la imagen y el formalismo sobre lo real y auténtico. No en vano encontramos en la prédica de Francisco de Asís elementos tan absolutamente relacionados con una concepción del mundo antitética a la sostenida por la Iglesia que no podía sino terminar alineándose con las posiciones del Imperio.

 

La catolicidad está en esto cuando Arnau establece su programa de reforma de la cristiandad. Es significativo que el eje de su programa gravite en el aspecto guerrero y, en definitiva, Imperial y caballeresco: no será el sacerdote, sino el guerrero al servicio del Imperio, quien reconquiste los Santos Lugares en una nueva cruzada. Arnau considera que sólo la derrota del Islam puede crear un clima favorable para una vigorización y un fortalecimiento de la catolicidad. Sus escritos quieren ser el tambor que llama a la "Guerra Santa".

 

Clemente V, su amigo, será elegido papa poco tiempo después, cuando se ciernen sombras amenazadores sobre los templarios y las concepciones tradicionales de la humanidad medieval. Dos años después, en 1309, concluida la primera parte del drama templario, todos los reinos de Occidente han tomado medidas, más o menos duras, para disolver la orden en sus territorios; ese año, Arnau llega de nuevo a la corte de Sicilia con la esperanza de poder formular el paradigma de una nueva política cristiana para toda la catolicidad capaz de sustituir el plan templario.

Sus adversarios verterán sobre él las calumnias más abyectas, dirán que ha calumniado a Jaime II ante el Papa. El rey lo cita en Málaga y le retira su confianza; aquí se iniciará el principio del fin. Envejecido y enfermo decide desplazarse de nuevo a la corte de Sicilia en donde le soplan vientos más favorables, pero fallece en el navío que lo traslada ante los baluartes de Génova. Era el año del Señor del 1311.