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Opiniones de los antiguos sobre Apolonio 



Apolonio de TyanaA pesar de que todos aquellos que se interesan, más o menos, por estudios de carácter esotérico hayan oído hablar mucho de Apolonio de Tyana, y de que algunos utilicen algunas de sus técnicas adivinatorias y por lo tanto sea un nombre familiar, desde un punto de vista histórico «oficial», es un personaje desconocido, un «menor que quizás perteneció» a alguna escuela «Pitagórica» y nada más. Existen poquísimos documentos y sobre todo -siempre a nivel de historiografía oficial -es mínima o insignificante.


Apolonio de Tyana, que vivió en el siglo I d. C., ha sido y sigue siendo un personaje misterioso ya que son escasísimas las fuentes que hablan de él. De sus obras, sólo permanecen fragmentos de alguna carta o lo narrado por otros escritores, más o menos contemporáneos suyos. Hoy, si uno quisiese ponerse a la búsqueda de informaciones sobre Apolonio, no encontraría nada, ni en los textos de filosofía ni en los compendios de historia de las religiones o de la antigüedad clásica. Quizás, se podría encontrar alguna cosa en alguna enciclopedia. Se puede encontrar algo con la voz de «Apolonio» junto a muchos otros como: A. Rodio, A. de Perga, A. de Alabanda, A. Molone, A. el Sofista, A. de Myndus, A. Discolo y el nuestro A. Tianeo a quien vienen concedidas algunas líneas...

 


A causa de esta falta de fuentes históricas precisas y definitivas sobre su vida y sobre su obra, es fundamental examinar con detalle las fuentes indirectas, es decir las obras de los escritores antiguos que hacen referencia a él y a su fama y comparar las informaciones.

 

Ante todo, es necesario decir que en la antigüedad, es decir, en los primeros siglos de nuestra era, Apolonio gozaba de una fama igual o incluso superior, a la de Jesucristo y era el filósofo más célebre del mundo greco-romano. Es suficiente pensar que en el siglo XIII, es decir, mas de 1.300 años después de su desaparición, en Bizancio, fueron fundidas unas puertas de bronce de un templo convertido en objeto de superstición según la Iglesia porque los cristianos de entonces las veneraban, considerándolas consagradas por Apolonio y cargadas con su poder milagroso, al cual aún se dirigían para curaciones y oraciones.

 

Las opiniones de los antiguos sobre él, a menudo son discordantes sobre todo por su vida retirada, con excepción de su enseñanza pública y a causa de sus larguísimos viajes, que le hacían perderse de vista por años enteros.

 

Las referencias más antiguas sobre él, las encontramos en Luciano, escritor griego nació alrededor de 120 d. C. en Siria, un crítico que en sus obras ironiza sobre un discípulo de Apolonio, como uno de aquellos que lo saben todo sobre la vida y la muerte. Apuleyo, en cambio, contemporáneo de Luciano, en su obra «De Magia», sitúa a Apolonio en el mismo nivel de Moisés, Zoroastro y de los célebres Magos de la antigüedad.



Dione Casio, entre el 211 y el 222 d.C., escribe que el emperador Caracalla levantó un templo en honor de Apolonio. Filóstrato escritor del siglo II d.C., es quien nos da mayor información en su «Vida de Apolonio», escrita hacia el año 216 a petición de Julia Domna, madre del Emperador romano Caracalla e hija de un sacerdote del Sol, en un templo de Éfeso, en Siria. Entre otras cosas Julia Domna -cuenta Filóstrato- guardaba un precioso manuscrito redactado por un compañero de viajes de Apolonio. Sobre este manuscrito se basará Filóstrato para componer su obra: obra de la que se puede extraer la información que aún hoy sirve de base a los estudios sobre Apolonio. De todas maneras su vida fue escrita alrededor de un siglo y medio después de su desaparición. A causa de ello, muchos son los detractores de Filóstrato y de su trabajo. 



Existen, sin embargo, -si bien en forma fragmentaria- decenas de testimonios indirectos, citaciones y referencias, informaciones derivadas de tradiciones orales y de obras que se perdieron con el tiempo, como la Vida de Apolonio escrita por su preceptor, por ejemplo, que confirman la importancia fundamental de este Maestro de la antigüedad y que la historiografía actual ni siquiera considera.

 

Lampride, escritor del siglo III, nos informa que el emperador Alejandro Severo (222-235) colocó en su lararium (lalario: altar de familia) la imagen de Apolonio junto a la de Cristo la de Orfeo y la de Abraham. 



Vopisco, otro escritor del imperio tardío, afirma que el emperador Aureliano (270-275) dedicó un templo a Apolonio porque se le apareció en sueños, mientras que asediaba Tyana. Vopisco afirma que Apolonio era un sabio «cuya autoridad y renombre son conocidos, es un verdadero amigo de los dioses y entre los hombres no es posible encontrar un ser más santo y más parecido a Dios. Dio la vida a los muertos y sus palabras superaron los poderes humanos». 



Vida de Apolonio 



Apolonio nació en los primeros años de nuestra era en Tyana, Capadocia, en el seno de una familia muy rica. A los catorce años ya había sido admitido por los sacerdotes del templo de Esculapio donde se realizaban curaciones y donde comenzó a profundizar en el estudio de la filosofía pitagórica. A los dieciséis años, dejó a su maestro Eusenio, para seguir a otro maestro aún más grande, como dice Filóstrato, y cambió completamente el tipo de vida: comenzó a alimentarse solo de frutas, semillas y vegetales evitando el alcohol, se vistió solo con lino y caminaba con los pies descalzos. Comenzó a vivir dentro de los templos con la admiración de los sacerdotes y la aprobación de Esculapio. 



En breve se hizo famoso por la profundidad y sencillez de sus discursos y por su vida retirada. Cuando tenía veinte años murió su padre, su madre había muerto algunos años antes. Tuvo que regresar a Tyana para atender sus asuntos familiares y la considerable herencia, que dividió con su hermano y con unos parientes pobres. En esta ocasión hizo voto de silencio por cinco años. Decidió someterse a esta saludable disciplina continuando, sin embargo, a viajar por Grecia y Cilicia. 



Filóstrato dice que en este periodo aún sin hablar, sólo con la majestuosidad de los gestos y la potencia de su mirada, provocó una revolución. Después de este hecho se pierden sus huellas durante 15 ó 20 años, para volverlo a encontrar en la narración de Damis, el autor del manuscrito de Julia Domna. Filóstrato dice que Apolonio visitó, en aquel período, varios lugares árabes, después Antioquía, a los Esenios y a los Terapeutas intentando llevar los cultos exteriores a la pureza de las antiguas tradiciones y sugiriendo mejoras en las prácticas secretas de las confraternidades. Era considerado un maestro de la vida oculta consagrado al progreso interior de los discípulos que habían elegido el «Camino».