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Cruz de AlcántaraCon frecuencia se ha afirmado que las leyendas sobre la supervivencia y venganzas del Temple se crearon en los círculos masónicos de principios del XVIII. Sin embargo, lo cierto es que la maldición que al parecer Jacobo de Molay habría lanzado antes de morir contra sus verdugos, el rey Felipe IV y el papa Clemente V, comienza a hacerse efectiva en forma de venganzas contra reyes y papas, cuyas consecuencias llegan a nuestros días, lo cual nos adentra ya en el peligroso terreno de las evidencias históricas a menudo escamoteadas.

 

Asimismo, también son muchas las leyendas que hablan de la conexión de la Orden del Temple con la Masonería, especialmente en su rama escocesa: desde las que relatan el refugio de los templarios en Escocia hasta las que insinúan que Jacobo de Molay transmitió la gran maestría templaria a un noble escocés.

 

Y aunque parece ser que en la "Carta Larmenius" éste califica a los templarios escotos como "templi desertores", según cierta tradición masónica francesa los archivos y el tesoro de la Orden habrían sido transportados en nueve barcos hasta la isla de Mey, cerca de Rosslyn, donde se encuentra una capilla del siglo XV, centro espiritual de la masonería, que algunos consideran como la última de las catedrales templarias. Al menos así lo afirma el historiador Andrew Sinclair, descendiente del príncipe escocés Henry de Saint Clair, en su obra La Espada y el Grial.

 

Sinclair no sólo expone en su libro los pormenores de cómo la proscrita Orden de los Caballeros del Temple se convierten en la masonería escocesa, sino que aporta pruebas sorprendentes sobre la existencia de asentamientos precolombinos en América del Norte. En concreto, casi un siglo antes que Colón, el príncipe escocés Henry de Saint Clair habría llegado al continente americano en un navío templario con trescientos colonos. Una posibilidad que entronca con las investigaciones llevadas a cabo por Jacques de Mahieu, según el cual, tras huir de la persecución inquisitorial, la flota templaria habría arribado al continente americano huyendo de la persecución inquisitorial, a través de una ruta que los propios templarios ya habrían marcado desde mucho tiempo antes. Mahieu señala que la Orden del Temple "poseía en el Mediterráneo una gran flota naval, rival de la veneciana, con la que conquistó prácticamente el monopolio de los transportes entre Europa y Oriente Medio". Controlaba además diversos puertos franceses y españoles como en Mallorca, Colliure, San Rafael, Mónaco, Marsella, así como el de La Rochela, que era el principal, situado en el Atlántico. Si alguien estaba preparado para cruzar este océano en el siglo XIII sin duda eran los templarios...

 

Lo cierto es que aceptar los planteamientos de Mahieu implicaría resolver la incógnita sobre el origen de la plata con la que la Orden del Temple financió, en menos de cien años, setenta iglesias y ochenta catedrales góticas. Es innegable que durante los siglos XII y XIII los templarios amasaron una ingente fortuna en monedas de plata, mineral que, al parecer, habría resultado casi imposible encontrar en Europa...

 

Mahieu asegura que los templarios que huyeron de la persecución en Francia escaparon con los tesoros de la Orden hasta América, donde habrían sido asesorados por vikingos daneses que llegaron a México y Sudamérica ya en el siglo X. Allí habrían fundado el asentamiento de Tihuanaco, afirmaciones que podrían parecer delirantes, pero que lo son menos si observamos algunas sorprendentes estatuas en dicho santuario boliviano que parecen imitar otras de la catedral de Amiens. Para Mahieu, esto implica que los propios templarios habrían acometido la construcción del edificio más importante de Tihuanaco. Ello explicaría por qué cuando los conquistadores españoles llegaron a México fueron considerados como la personificación del dios Quetzalcóatl y sus "hombres blancos" y por qué encontraron similitudes entre la acción civilizadora de la "serpiente emplumada" y el cristianismo.

 

Cruz de CalatravaEstas hipótesis se ven reforzadas por la presencia de una virgen negra en las islas Canarias - cuyo primer conquistador fue el normando neotemplario Jean IV de Bethencourt, que para más señas salió del antiguo puerto templario de La Rochela -. Así la presencia templaria no se habría limitado a Canarias, sino que habrían utilizado las islas como escala en sus viajes transoceánicos hacia América y posiblemente como refugio cuando la Orden fue perseguida (los indígenas guanches de pelo rubio y ojos azules con que se toparon los conquistadores españoles tal vez sea una señal que nos induzca a pensar en ello). De esta forma, el santuario canario de Nuestra Señora de la Candelaria contendría las claves de los tesoros, materiales y espirituales, que habrían sido puestos a salvo antes de la abolición de la Orden.

 

En diversos aspectos de estas hipótesis trabajan investigadores españoles como Rafael Alarcón, Emiliano Bethencourt, Félix Rojas o José Antonio Hurtado, así como el famoso investigador noruego Thor Heyerdahl, quien afirma que Colón ya había viajado a América, varios años antes de su descubrimiento oficial, formando parte de una expedición danesa.

 

En este sentido, de entre las extrañas y oscuras vicisitudes previas a la aventura del Descubrimiento de América en 1492, dos detalles son profundamente significativos con respecto al tema que nos ocupa. Por un lado, las sorprendentes idas y venidas del Almirante, entre las que citaremos, por lo que ello implicaría, su visita al antiguo puerto secreto templario de La Rochela mientras la Junta de Salamanca estudiaba su proyecto; y por otro lado, su relación con descendientes del cartógrafo judío mallorquín Abraham Cresques, autor de un Atlas Catalán en 1375 que, según parece, contiene pistas sobre la ruta que habrían seguido los templarios hacia el Nuevo Mundo.

 

Los Cresques tenía su casa solariega en las islas Baleares, prácticamente adosada a los muros de la morada de los templarios de Ciutat (hoy Palma de Mallorca). Estos judíos españoles, que eran los mejores trazadores de cartas marinas de la época, estuvieron al servicio de la Escuela Náutica de Sagres, fundada por el Infante portugués Enrique I "el Navegante" bajo los auspicios de la Orden de Cristo, sucesora del Temple portugués y de la que, por cierto, llegó a ser Gran Maestre. De aquella escuela náutica salieron las cartas de navegación utilizadas por los primeros exploradores Atlánticos.

 

La epopeya del navegante Vasco de Gama en su búsqueda de la India (¿Y del mítico reino del Preste Juan?) o el descubrimiento de Brasil a cargo de Pedro Álvarez Cabral, son hazañas rodeadas de connotaciones políticas y hasta proféticas verdaderamente significativas, como lo denota las palabras del historiador Tito Livio Ferreira: "La primera bandera que ondeó en el actual Brasil no fue la de la Corona portuguesa, sino la de la Orden de Cristo"... Y la cruz roja que ostentaba dicha bandera de la Orden que acogería a templarios de toda Europa, se convirtió en el emblema universal de los descubridores, similar a las que llevaron en sus carabelas Cristóbal Colón y Pedro Álvarez Cabral.