Catarismo
Los Cátaros
El Mensaje Cátaro
Los cátaros y la Inquisición
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Los Perfectos

 

 

No se exigía ninguna condición precisa a los creyentes que solicitaban la iniciación, pero, la regla de vida de los perfectos era tan exigente que los cátaros preferían recibir en la orden a los creyentes que tuviesen una vida larga tras ellos. Por consiguiente, los postulantes tenían una cierta edad y habían probado una pureza en sus costumbres muy grande tras una vida de familia normal desde todo punto de vista.

 

Eran numerosas las parejas que, de común acuerdo, se destinaban tardíamente al ministerio. Entonces se separaban para prepararse cada uno por su parte. Normalmente, habían esperado que sus hijos fuesen adultos, o incluso, que hubiesen fundado un hogar. De todas formas, antes de su aceptación eran sometidos a una examen minucioso. La duración del período de iniciación permitía controlar los resultados.

 

Los perfectos eran muy a menudo de origen modesto. Hubo muchos artesanos y hombres salidos de medios rurales. Aun, si el catarismo fue bien acogido por los grandes señores y sobre todo, por los pequeños caballeros que formaban un buen número de creyentes notorios, hubo, relativamente, pocos perfectos entre ellos.

 

Puesto que el alma de los perfectos había recibido el Espíritu Santo estaba purificada, poseía más fuerza y voluntad y era normal pedirles más. Contrariamente a los clérigos católicos, los perfectos eran muy exigentes para con ellos mismos y trataban con mansedumbre a los creyentes.

 

Llevaban regla de pobreza -lo que no les impedía aceptar dones para mantener las comunidades y los pobres-, pero no eran mantenidos por nadie. Sus oficios eran de los más diversos, desde preceptor, mercader a artesano. Muchos fueron tejedores, hasta el punto de que a menudo se llamó a los cátaros los "tisserands" (los tejedores).

 

Hasta 1230, aproximadamente, los perfectos llevaban la barba y los cabellos largos, con diferencia de la gente de Lanquedoc que se afeitaban y se cortaban los cabellos. Se vestían de negro o de azul oscuro y llevaban en el cinturón un estuche de cuero que contenía un pergamino, manuscrito del Evangelio de Juan. En la cabeza, llevaban una especie de toca o boina. Cuando comenzó la Inquisición, evitaron ser conocidos por, su hábito y su pelo. El hábito que habían recibido en el momento del "consolament" fue reemplazado por un cordón simbólico alrededor del cuello para los hombres y para las mujeres, alrededor del talle, sobre sus vestidos.

 

Los buenos hombres vivían, en principio, en comunidad, excepto durante el tiempo de las predicaciones. En sus peregrinaciones vivían en casa de los creyentes o en las casas de la orden, manteniendo siempre su disciplina física y espiritual. Su oración era el "Pater", dicho por la noche, antes de dormirse, antes de comer y antes de toda empresa arriesgada.

 

Ni hombres ni mujeres podían tocar el cuerpo de un miembro del sexo opuesto. Se saludaban sin abrazos, excepto en el beso de paz de las ceremonias, pero, entonces, entre sexos diferentes, se inclinaban únicamente uno hacia otro.

 

La obligación del régimen vegetariano les hacía llevar con ellos su escudilla y su cuchara y una pequeña marmita, en la que se servían. La carne se servía a los creyentes pero no a  los perfectos. No debían comer nada que tuviera vida o que proviniese de la generación. Sólo el pescado escapaba a esta prohibición. En cuanto al vino, lo mezclaban con agua, pues solo lo aceptaban como simple cortesía hacia el que lo ofrecía. Practicaban el ayuno. Si el perfecto no tenía ocupación manual, tres días de ayuno, el lunes, miércoles y viernes. Y de cualquier manera, durante tres cuaresmas: antes de pascuas, después de Pentecostés y en Navidad. La primera semana de estas cuaresmas de cuarenta días era de extremo rigor, a pan y agua.

 

El juramento les estaba totalmente prohibido, como la simple verdad disfrazada y con más razón la mentira. Para evitar mentir, el perfecto utilizaba perífrasis, ponía sus frases en condicional. Multiplicaba los "Si Dios quiere" o "nosotros creemos ..."  precauciones oratorias que ponían la paciencia de los creyentes a prueba. Lo que predicaban en el acto lo llevaban a la practica, no apoyándose nunca en el razonamiento hipócrita de "haz lo que yo te digo, pero no lo que yo hago" tan común en muchos sacerdotes.

 

El perfecto no podía golpear ni matar, incluso un animal. No podían pues, defenderse contra un ladrón o carretero. No podían ni matar a un lobo ni a una serpiente. Si se encontraban un animal cogido en una trampa, debían librarlo y dejar en el lugar una suma equivalente al precio de la bestia. Por tanto no acudían a las guerras. Sólo las sufrían. Pero, obligados a no desanimar a los que defendían la religión por las armas, decían: "Es asunto de los creyentes".

 

Básicamente, el perfecto tenía el deber de no pecar. Si se dejaba llevar por una mínima falta, pero importante para él, recitaba el "Pater", ayunaba y se mortificaba, esperando el "servicium", confesión global que se hacía en público, al principio de todos los meses en presencia del obispo o del diácono, de perfectos y de creyentes. Su máxima era: El más mínimo mal se convertirá en el mal entero.

 

Al llevar una vida espiritual, menospreciaban o, mejor dicho, disciplinaban su cuerpo, oraban mucho, meditaban y se olvidaban de sí mismos en provecho de los demás: se sacrificaban por su prójimo.

 

Las perfectas, que residían generalmente en las "casas", cuidaban a los enfermos en los hospicios y se dedicaban poco a las predicaciones itinerantes. La predicación era la tarea principal del perfecto. Se mezclaba con el pueblo y, según las circunstancias, sin hacerse reconocer en principio, como buhonero o mercader, médico o adivino, y así iba, de feria en feria. En el curso de las reuniones y de las veladas, comentaba un pasaje del Nuevo Testamento y cumplía la tarea de hacer nuevos adeptos.

 

Mientras que pudieron, los perfectos predicaron todos los domingos y los días de fiesta. La prédica dominical era para el creyente semejante a la misa de los católicos. Hasta el último momento siguieron predicando de una ciudad a otra, como ovejas entre lobos, según les gustaba decir, llevando el mensaje de la Iglesia perseguida y pobre. En el tiempo de la persecución, continuaron su apostolado, poderosamente ayudados por los creyentes. Tenemos el caso de Jacques Autier, miembro de una familia devota por entero del catarismo, que predicó en la Iglesia del Convento de la Santa Cruz en Toulouse, protegido por los tolosanos. Era el año 1305, en la época en la que el Santo Oficio extendía el terror.

 

Además del apostolado por la predicación y los oficios, los perfectos, infatigables andadores, acudían,  en todo tiempo, a los lugares más perdidos, para administrar el "consolamentum" a los moribundos.

 

Los perfectos caminaban siempre de dos en dos, dos mujeres o dos hombres. El compañero del perfecto se llamaba el "socius", y este compañerismo permitía una vigilancia mutua y una ayuda en el camino de la salvación. Es posible que existiera una clase de pacto entre el perfecto y el "socius". De todas formas, su destino estaba ligado y, frecuentemente, se vio a los dos cátaros detenidos, juzgados, condenados y quemados como si sólo fueran uno.