Catarismo
Los Cátaros
El Mensaje Cátaro
Los cátaros y la Inquisición
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Dualismo y Filosofía

 

El dualismo, base doctrinal del catarismo, responde a la gran interrogante, simple pero eterna y fundamental: ¿De dónde viene el Mal y su cortejo de guerras, epidemias, sufrimientos diversos e injusticias? Hay dos principios  -afirman los dualistas-, el Bien y el Mal. El Mal, cuyo dominio está en el mundo material (la tierra, el cuerpo humano), no ha sido creado directamente por un Dios de bondad, de donde sólo emana el Bien, el mundo del espíritu.

 

El catarismo, por ello, se inscribe en la gran tradición dualista nacida con Zoroastro, continuada por gnósticos, maniqueos, paulicianos, bogomiles, etc. Se considera que el dualismo se fundamenta en la religión de Zoroastro (siglos VII-VI a.C.), quien había reformado y espiritualizado el mazdeísmo, religión bajo la cual había nacido este insigne Patriarca.

 

Zoroastro anunció que Arhimán, el poder del Mal, saldrá vencido del combate contra el Dios supremo quien acogerá en el Paraíso de Luz a quienes permanezcan, hasta el fin, fieles a Él. Este mundo no es sino el escenario de la Eterna Lucha entre los principios opuestos del Bien y del Mal. En esta lucha, ser martirizado por el demonio significa escapar del Mal, este martirio significa morir en lo temporal, morir en todos los elementos inhumanos y purificar el alma para triunfar en lo espiritual y poder exclamar como el Apóstol San Pablo: "Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte con victoria. ¿Dónde está, ¡oh muerte! tu aguijón? ¿Dónde, ¡oh sepulcro!, tu victoria?" . Esta fe es lo que dio a los cátaros su extraño valor ante la muerte y los tormentos de sus enemigos.

 

Algunos puntos básicos de su doctrina son: la creación, la caída y la salvación del hombre. Explican que este mundo con todas sus iniquidades no pudo ser creado por un Dios único y supremo, un Ser perfecto e incorruptible, y asentaron la existencia de dos principios: el Bien y el Mal. En el dios del Ben está el origen del alma y en el del dios del Mal la materia.

 

Una parte de las almas, engañadas por el dios del Mal, cayeron y se debatían en la materia, expiando sus faltas y errores. Sometidos a la reencarnación iban pasando de un cuerpo a otro hasta llegar, cumplida su expiación, a merecer nuevamente la vuelta al Padre, pues todas las almas, al ser de naturaleza divina, deben ser liberadas a la larga.

 

Afirmaban que Dios, quiso salvar al género humano de tanto sufrimiento y envió a su Hijo. Y a la manera de Pablo más que hablar de Jesús, el Cristo Histórico, los cátaros hablaban del Cristo Cósmico y del Cristo Íntimo que ha de nacer en el corazón del hombre. Por estas afirmaciones fueron calificados de blasfemos, herejes, malvados, sacrílegos...

 

Para comprender mejor sus enseñanzas, resumimos la historia que un perfecto, Guillaume Fabre, explicaba ante sus fieles cataros : “Al ver que su reino se empobrecía por la acción de los espíritus malos, dios preguntó a los que le rodeaban : "¿Quién de vosotros quiere ser mi hijo de manera que yo sea su padre?". Y como nadie contestaba, Jesucristo que era su ángel de confianza, le dijo: "Yo quiero ser tu hijo e iré donde quiera que me envíes". Y entonces Dios lo adoptó como hijo y lo mando al mundo para predicar el nombre de Dios".

 

Otras veces, ante los creyentes al hablar del Cristo Cósmico, los perfectos narraban el Mito del Pelícano, que dice: “El pelícano era un ave tan luminosa como el sol y seguía al sol en su carrera. Por lo tanto, a menudo dejaba solos a sus hijos en el nido. Fue durante su ausencia cuando intervino la bestia diabólica. Cuando el pelícano volvió, encontró a sus hijos despedazados. Enseguida los curó y resucitó.

 

Pero como los pelícanos habían sido muertos y resucitados varias veces, su padre decidió un día ocultar su luz y permanecer cerca de ellos en las tinieblas. Cuando llegó la bestia, la venció y la puso fuera de combate.”

 

La explicación que a este mito se le da en "El registro de inquisición del obispo Fournier" (tomo I, p. 358), es la siguiente: “El dios malo se encarnizaba en destruir las criaturas buenas que había hecho el verdadero dios. Y esto duró hasta que Cristo depuso o escondió su luz, es decir, hasta que se encarnó en la Virgen María. Entonces capturó al dios del mal y le relegó a las tinieblas del infierno. Y a partir de ese tiempo, el dios del mal no tuvo ya la posibilidad de destruir las criaturas del dios del bien.”

 

La idea de que el pelícano es un ave solar que sigue al sol en su carrera es una creación de los cátaros. Con ella expresaban que el Cristo Cósmico residía en la Luz inefable, en el Sol espiritual, y que para liberar a los suyos se sacrificaba, aceptando encarnarse en toda la manifestación cósmica.

 

Malentendidas estas explicaciones los católicos acusaban falsamente a los cátaros, como antes acusaron a los primitivos cristianos gnósticos, de decir: "Que el Cristo no tuvo verdadero cuerpo humano ni verdadera carne humana, como todos los otros hombres". Y, por tanto, que Jesús, una especie de eón o espíritu, no sufrió, ni murió, ni resucitó. Y que por eso los cátaros negaban la resurrección final en cuerpo de carne.

 

Respecto a su filosofía, básicamente, se reflejaba en un modo de vida. Como hemos comentado frente a la vida desarreglada de numerosos ministros católicos, el espíritu de caridad y la vida edificante de los buenos hombres les valieron la veneración y el prestigio del pueblo. Muy interesantes resultan los siguientes párrafos escritos por el inquisidor Gui:

 

Sería demasiado largo describir con lujo de detalles la manera en que estos mismos herejes maniqueos predican y enseñan a sus seguidores, pero hemos de considerarlo brevemente aquí.

 

En primer lugar, ellos generalmente dicen de sí mismos que son cristianos buenos, que no juran, ni mienten, ni hablan mal de otros; que no matan a hombre ni a animal, ni nada que tenga aliento de vida, y que tienen la fe del Señor Jesucristo y su evangelio tal como la enseñaron los apóstoles.

 

Ellos afirman que ocupan el lugar de los apóstoles, y, por motivo de las cosas antes mencionadas, es que la Iglesia Romana, a través de los prelados, los clérigos, y los monjes, y especialmente los inquisidores de la herejía, los persigue y les llama herejes, aunque son buenos hombres y buenos cristianos, y que son perseguidos así como lo fueron Cristo y sus apóstoles por los fariseos.

 

Además, ellos hablan al laicado acerca de la perversa vida de los clérigos y prelados de la Iglesia Romana, indicando y exponiendo el orgullo, codicia, avaricia e inmundicia de sus vidas, y otros tales males a su entender.

 

Ellos invocan con su propia interpretación y según sus habilidades la autoridad de los Evangelios y las Epístolas contra la condición de los prelados, eclesiásticos, y monjes, a quienes ellos denominan fariseos y falsos profetas, quienes dicen, pero no hacen.

 

Del bautismo, afirman que el agua es material y corruptible y es por lo tanto la creación del poder malo, y que no puede santificar el alma, pero que los eclesiásticos venden ésta por avaricia, tal como venden la tierra para enterrar a los muertos, y el aceite a los enfermos cuando los ungen, y tal como venden la confesión de pecados hecha a sacerdotes.

 

Por lo tanto ellos declaran que la confesión hecha a los sacerdotes de la Iglesia Romana es inútil, y que, puesto que los sacerdotes pueden ser pecadores, ellos no tienen potestad de soltar ni de atar, y, siendo impuros en sí mismos, no puede hacer limpios a otros.

 

Además ellos leen de los Evangelios y las Epístolas en la lengua vulgar, aplicándolas y exponiéndolas a su favor y contra la condición de la Iglesia Romana en una manera que lo tomaría demasiado tiempo describir con lujo de detalles.

 

Pero todo relacionado con este tema se puede leer de modo más completo en los libros que ellos han escrito e infectado, y pueden aprenderse de las confesiones hechas por aquellos de entre sus seguidores quienes se han convertido. (Del Manual del Inquisidor de Bernardo Gui, de principio del siglo XIV).