Qué es la Masonería
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Intento de definición
Catedrales. masones y secretos
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Para hablar de la situación de Escocia conviene hacer previamente una aclaración. Para la construcción de los edificios medievales se usaban dos tipos de piedras: la piedra dura, con la cual se construía la masa del edificio, y, una más blanda y fácil de esculpir, llamada piedra libre o franca, que era utilizada para la infinidad de piezas ornamentales -esculturas, molduras, gárgolas, pináculos- que decoran los edificios góticos. Los obreros que trabajaban esta piedra tenían una altísima calificación –de hecho eran escultores- y recibían el nombre de “francmasones”, que, equivale a decir albañiles de la piedra franca.



En Escocia, a diferencia de Inglaterra y Europa continental, la piedra franca era prácticamente inexistente. Consecuencia de ello era que los francmasones no pudieran demostrar su pericia en forma constante y muchas veces se emplearan “cowans” (tabiqueros) en lugar de ellos. Con el fin de evitar esta competencia indeseable, los maestros francmasones elaboraron un código de señales para reconocerse entre sí: el apretón de manos y una palabra clave, conocida como “la palabra masónica”. Estas señas de reconocimiento no existieron nunca en Inglaterra ni en Europa continental debido a que eran innecesarias. Un dato curioso es que hoy en día, los masones angloparlantes siguen llamando cowans a los no masones.



Pero había un secreto importante que se guardaba bajo siete llaves, y que era el secreto de los masones. Éste no tenía nada que ver con cuestiones políticas ni con las mañas del oficio. En la Edad Media, debido a que las medidas variaban de un lugar a otro, los planos se hacían sin cotas ni escalas. Ni siquiera se consignaban módulos en los mismos. Sólo se establecía en la obra un módulo base, materializado en una vara de madera cuya medida era determinada in situ por el arquitecto. Todo el edificio se construía a partir de proporciones partiendo de ese módulo. Éstas se basaban en formas geométricas abstractas cuyas propiedades era indispensable conocer para poder llevar a cabo la edificación. Los patrones para proporcionar los edificios estaban someramente señalados en los planos o eran transmitidos oralmente. Generalmente, las plantas estaban regidas por relaciones de cuadrados (ad quadratum) y las elevaciones por triángulos (ad triangulum). Las propiedades de estas figuras eran conocidas desde la antigüedad; de hecho, ya Platón hablaba de ellas. Éste era el verdadero secreto de la masonería medieval: el conocimiento del método que permitía decodificar los planos y esquemas geométricos para poder levantar la construcción. Gran parte de la belleza de las catedrales medievales la debemos a estas relaciones matemáticas que se ocultan tras las formas. Las elevaciones de las catedrales francesas están basadas en el triangulo equilátero, la de Milán en el triángulo pitagórico que es aquel cuyos lados tienen una proporción 3, 4, 5. La geometría aplicada a la construcción no sólo tenía un fin práctico, había otro simbólico. Los sabios medievales consideraban que las matemáticas eran el punto de encuentro entre el mundo terreno y Dios. De allí la importancia de regir la casa del Señor bajo un sistema de armoniosas proporciones geométricas.



Pero ¿de dónde sacaron los constructores medievales estos conocimientos de geometría? Se sabe que, después de la caída del Imperio Romano, muchos conocimientos de la antigüedad se perdieron. Sin embargo, en la Baja Edad Media, gran parte del saber antiguo volvió a Europa de la mano de las traducciones de los clásicos efectuadas por los árabes. La transmisión cultural se producía en la península ibérica -dominada en parte por los califas musulmanes- y luego se difundía en las universidades y escuelas europeas. Por otra parte, los constructores ya habían redescubierto empíricamente algunos de aquellos conocimientos.

 

El método para construir las elevaciones a partir del plano no fue siempre secreto. Fue recién en la Edad Media tardía, cuando los gremios, ya muy bien organizados, buscaron preservar los privilegios del conocimiento para evitar la competencia y para que sólo sus hijos o elegidos pudieran desempeñar el oficio. En 1459, año en que las logias de Viena, Estrasburgo, Salzburgo y otras ciudades unificaron sus estatutos, emitieron un documento que exhortaba a sus miembros a mantener el secreto: “Tampoco ningún obrero, ningún maestro, ningún conchabado, ningún jornalero, enseñará a nadie que no sea de nuestro gremio ni haya hecho nunca trabajo de albañil cómo proyectar los perfiles (a partir) del plano” El secreto masónico no concernía a los obreros menos calificados, para cuyo conocimiento no estaban ni lejanamente preparados. Era un secreto entre operarios altamente especializados -posibles contratistas- para con los de su misma condición. En 1486 el arquitecto alemán Matthäus Roriczer publicó, bajo el auspicio del obispo de Ratisbona, un pequeño tratado titulado “El libro de la construcción exacta de los pináculos”. Éste contiene varios dibujos a través de los cuales se devela el secreto. Posteriormente, ya en el Renacimiento, los arquitectos comenzaran a hacer los planos en escala con lo cual el secreto perderá su razón de ser.



En la baja Edad Media era frecuente que los gremios (no sólo el de la construcción) incorporaran a personas importantes, que eran ajenas a los mismos, con el fin de ganar prestigio. Entre ellos se encontraban burgueses, nobles y hasta reyes. Esta pertenencia era, a veces, simbólica, otras tantas, había algún interés particular debido a que los incorporados solían ser clientes del gremio en cuestión.



El gremio de la construcción -la masonería- se fue ampliando gradualmente. Primero fueron aceptados los hijos de los miembros, posteriormente los funcionarios reales que inspeccionaban las construcciones. Hasta que, al final, se aceptaba a casi cualquier persona de prestigio. Durante los siglos XVI y XVII las logias masónicas crecieron enormemente gracias la propagación de sus leyendas. En 1717, se unifican las cuatro principales logias inglesas. Se considera que este acontecimiento marcó el fin de la masonería operativa, dando comienzo a la masonería especulativa. Ésta ya no tendrá ninguna relación con la construcción y sus objetivos serán más bien sociales y, ocasionalmente, políticos.



Dentro de la variedad de ritos de la masonería especulativa, el que tendrá mayor difusión será el escocés. Éste establecerá las señales de reconocimiento de los francmasones medievales de Escocia que, por esta causa, se difundirán por todo el mundo.

 

 

Por Augusto Rocca Arq.