Masonería
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Si del siglo XVIII pasamos a épocas más recientes observamos que la Masonería de obediencia inglesa mantuvo una estructura fiel a sus Constituciones. Sin embargo, algunos sectores de la francesa y de la alemana, en especial, derivaron a ciertos grupos más o menos heterodoxos que facilitaron la aparición de aventureros, como el famoso Cagliostro y su masonería egipciaca, de políticos como Weishaup, o de místicos como Maistre, Martínez de Pasqually, Sain-Martin, Willermoz, etc. En no pocos casos llevaron consigo la proliferación de obediencias, y la introducción de grados, con la consiguiente multiplicidad de ritos y ceremonias de iniciación.

 
Al sentimentalismo y la filantropía se iba a unir un gusto por lo misterioso, una mística de la Razón, que produciría toda esa serie de grados iniciáticos con nombres tan extraños como caballeros de Oriente, caballeros de la espada, caballeros Kadosch, caballeros del Temple, etc., etc., que dotaron a cierta Masonería de la Europa continental de un aire menos sólido y respetable del que mantuvo en el mundo anglosajón, y que explican el mito que a su alrededor se formaría, sobre todo, debido a la confusión surgida al proliferar las sociedades secretas, y al identificarse erróneamente a los masones con los iluminados bávaros, los jacobinos, carbonarios y otros por el estilo.

 
Hoy día resulta cada vez más anacrónico el hablar de masonería en un sentido unívoco, ya que existen muchas masonerías independientes unas de otras, y dentro de estas mismas se da una variedad extraordinaria de ritos. No obstante, entre los tratadistas de la masonería, ha habido una tendencia -no siempre bien aceptada o compartida- a establecer división entre una masonería anglosajona y otra latina.

 
La primera es calificada también de regular en el sentido de que es aquella que puede válidamente reivindicar este derecho de una Orden concebida en un momento de la Historia, fundándose en la fidelidad a los principios y a las reglas dictadas por los fundadores. Es decir, se trataría de una masonería que, entre otras cosas, sólo admite como miembros a varones que creen en Dios y en la inmortalidad del alma y de los que recibe fidelidad a los compromisos sobre el Libro Sagrado de una religión.

 
La masonería latina, es decir, la de los países latinos, a lo largo del siglo XIX, debido a las incidencias político-religiosas que afectaron a estos países, experimentó algunas variaciones ideológico-prácticas, que se manifestaron en un fuerte laicismo y anticlericalismo, que en algunos derivó hacia un sentimiento antirreligioso o hacia un profundo agnosticismo.

 

En algunas obediencias se llegó a la supresión de la antigua invocación masónica a la gloria del Gran Arquitecto del Universo borrando de sus estatutos la obligación, hasta entonces exigida para ser un verdadero masón, de la creencia en Dios, en la inmortalidad del alma, y el tomar el juramento sobre la Biblia, considerada como expresión de la palabra y de la voluntad de Dios.

 
Esta declaración ocasionó en algunos medios masónicos una manifestación de rechazo, sobre todo en Inglaterra y en EE.UU. Las obediencias de estos y otros países rompieron todas las relaciones con las obediencias masónicas que a su vez habían roto la tradición masónica. En adelante fueron consideradas irregulares.

 
Existen, pues, varias Masonerías en el mundo, totalmente independientes, pero, sin embargo, con distintos matices, el espíritu masónico es único.

 
Las Obediencias tienen distintas inspiraciones. Algunas, hemos visto, bajo la influencia de la Gran Logia de Inglaterra son teístas. Sólo admiten en su seno a los que, cristianos, musulmanes, judíos, hindúes... reconocen un Dios como principio creador, el Gran Arquitecto del Universo, y una fe en la verdad revelada, tal como se encuentra en la Biblia y otros libros sagrados, como el Corán, los Vedas, etc.

 
Otras Obediencias, en especial algunas de las llamadas masonerías latinas, son de inspiración racionalista o liberal, como algunos prefieren hoy calificarlas, y rechazan, como el Gran Oriente de Francia, la referencia al Gran Arquitecto del Universo y profesan un estricto laicismo, suprimiendo de sus rituales incluso la Biblia.

 
Entre ambos extremos hay posiciones intermedias, que, sin exigir la creencia en el Gran Arquitecto del Universo, sin embargo, lo admiten como un símbolo indeterminado, un poder tutelar y desconocido. La Biblia tampoco tiene el carácter de libro revelado, sino el de un libro sagrado entre los demás, que atestigua la sabiduría del hombre. Respetan la tradición sin tratar de saber lo que en realidad significa, lo que en ella se esconde.

 
Esta diversidad de Obediencias no impide, sin embargo, que el espíritu masónico tenga una profunda unidad. Todos los masones del mundo buscan la verdad, y exigen tolerancia, libertad y fraternidad, dentro de un marco de igualdad.

 
El masón en cualquier caso puede vivir en la logia la experiencia reconfortante de la solidaridad y del saberse escuchar mutuamente, y experimenta la importancia del ritual. Que el acento propiamente litúrgico, a veces esotérico, sea más marcado en unas obediencias, o que sea mitigado por un aspecto más simplemente cultural o social en otras, el hecho es que la Masonería no abandona sus signos, siglas, ritos y símbolos. A través de esta solidaridad, estos intercambios, estos rituales, un hombre nuevo nace o, tomando la terminología masónica, la piedra bruta accede a la dignidad de piedra tallada.

 
Para comprender de qué hombre se trata aquí es preciso evocar la visión del mundo que cada obediencia tiene. Según las diversas interpretaciones, ya apuntadas, es lógicamente natural que se formarán hombres bien diferentes. En cualquier caso siempre será requerido el esfuerzo moral, si bien en un sentido de perfeccionamiento de todas las virtudes del humanismo laico, en unos casos, y en un sentido de iniciación espiritual en otros.